A las 9.00h. repiqueteaban los zapatos sobre los adoquines del casco viejo. Ir al Ayuntamiento me abruma en el sentido de que no basta con ir una vez, sino que siempre falta algo, siempre tengo que volver.
Las calles estaban casi vacías. Ni siquiera había peregrinos en la plaza de la Catedral.
La ciudad empezaba a despertar, bajo el sol matutino de la actividad en ciernes de un día que está a punto de comenzar su ajetreo maquinal (otros ya habíamos iniciado ese ritmo febril).
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