
La vida corre tan rápido que ni siquiera tenemos tiempo para parar un momento y observar lo que nos rodea. Puede pasar por nuestros ojos una panorámica de una belleza insólita y, por mucho que miremos, somos incapaces de ver nada. Ni siquiera somos conscientes de las cosas pequeñas. Y cuando no vemos, tocamos, olemos, sentimos lo más nimio, quizás por parecernos insignificante, empezamos a olvidar.
Y volver a recordar lleva mucho tiempo. Yo he olvidado el penetrante olor de una rosa bañada por el rocío de la mañana, he olvidado a qué saben los besos, las agridulces despedidas, cerrar los ojos frente al mar y escuchar la rugiente serenata de las olas en calma, he olvidado el sonido de los zapatos sobre las piedras mojadas de la Plaza Mayor (de Salamanca) en una tarde de tormenta; he olvidado que no quiero olvidar.
He vuelto a recordar que en las cosas pequeñas está el don de los grandes prodigios de nuestra vida, los que han sido y los que están por llegar.
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