
La tarde se me ha hecho bastante larga, en el sentido de que estar sola es mortal. Lo mejor es que, algo más tarde de las siete (y, por supuesto, fuera del horario de oficina), he quedado con I., sabiendo que tenía que volver a terminar un asuntillo.
Son más de las nueve y sigo aquí. Al menos el sol no me deslumbrará a la hora de ir a casa. Y espero que sean antes de las diez.
Las cañitas apetecían, aunque sólo fuera para despejarme. Las terrazas de Santo Domingo a veces me traen recuerdos de las Biergarten en Alemania, que a las ocho de la tarde estaban llenas de gente y a las doce no quedaba nadie. Aunque allí eran jarras de medio litro.
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