
A veces, hay momentos en que un segundo se puede convertir en toda una vida. Puedes ir caminando por una calle cualquiera de una ciudad y levantar la vista para encontrarte con unos ojos que conoces muy bien, un rostro que significó mucho en su momento y ahora sólo te parece indiferente. Sin embargo, no ha sido algo indiferente: esos ojos te miraban y, ante el reconocimiento mutuo, sólo recuerdas el dolor, la aspereza de ciertas palabras pronunciadas en su día, las lágrimas saladas de tantos intentos para razonar.
Y pruebas a mirar a otro lado, porque es una decisión tomada muchos meses ha: no querer saber NADA de esa persona. Y por mucho que intentes convertir ese momento en indiferencia, no es así.
Algo te sube por el estómago, sientes un sudor frío y niegas la evidencia. Consideras la majestuosidad de ese momento y optas por la creencia de que la fugacidad de ese pequeño encuentro jamás ha ocurrido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario