domingo, julio 26, 2009

Casi como en el paraíso

Me he dejado llevar por la parsimonia del sofá al terminar el día, por el vaivén de la somnolencia que aparece justo después de ponerse el sol, por las tertulias familiares con la familia o los idílicos momentos de reflexión en el jardín...
Estoy preparada de nuevo para reanudar aquello que más me gusta. Y para hacerlo a diario.

Hace un viento de mil demonios, pero estoy con el portátil en el jardín. A lo lejos se escucha el constante ulular de un ave desconocida, pueden ser patos; es un sonido reconfortante. A veces se escucha el motor de algún coche que pasa por el otro lado de la calle. Lo más molesto es el viento, pero saber que desde el jardín conecto a internet es relajante, porque éste es uno de los mejores lugares para plasmar las ideas que tengo en mente.
Antes escribía aquí. Lo hacía en viejos cuadernos con páginas de colores, sentada en la yerba, mirando el horizonte infinito que se extiende detrás de mi casa. El cementerio lejano, con sus grises y melancólicas piedras que alojan los recuerdos de los que nos dejaron en el camino, con los cipreses que proyectan sus altas sombras en las últimas horas del atardecer. Los campos de mil colores: ocres, amarillos, verdes... Los oscuros montes en la lejanía...

Estoy descansada. Ayer por la noche no salí más que a tomar el café en mi pueblo. No era tanto el bajón físico como el moral. Mi estado de ánimo estaba desparramado por los suelos. Sólo quería abrazarme al sueño que me brinda Morfeo y no pensar en nada. Hoy estoy, simplemente estoy, y quizás es por ese estado anímico por lo que me propongo escribir de nuevo, hoy que tengo tiempo y los días que vendrán.
Escuchando el ulular de las diminutas palomas (acabo de preguntar qué tipo de ave es), los pájaros que no cesan en su eterno trino y el maullido de Simoneta iniciando el ritual de su enésimo cortejo.

Y esto es casi como estar en el paraíso. ¿Por qué decía yo antes que odiaba los domingos?

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