miércoles, julio 22, 2009

El llanto de las cicatrices

Cuando contemplo mi cuerpo, me encuentro con variadas cicatrices de diversos tamaños que ya hace tiempo se cerraron. La última es de mayo y todavía llama la atención el resplandor rojizo. Siete puntos en la ingle, que consiguieron que evitara la piscina pública los primeros días de verano.
Tengo otra en el ombligo, de una hernia que me quitaron hace cuatro años en Ávila. Realmente no se nota nada, el trabajo fue tan perfecto que hay que observar fijamente, pero las miradas ajenas se desvían unos centímetros para observar de cerca el tatuaje del pegaso que sigue implacable en mi tripa.
Unos años antes me hice un buen tajo bajo la rodilla izquierda y ahí queda una blanquecina cicatriz. Cuando la miro recuerdo las lejanas risas de mi tío, aquellas risas que ya no podré escuchar, cuando vio los chorretones de sangre caer por la pierna.
Todas traen recuerdos, valiosos recuerdos. Volvería a pasar por el terrible dolor de los puntos sin anestesia de esa rodilla sólo para poder escuchar a mi tío reírse, en aquellos momentos donde aún no había aparecido aún aquella enfermedad que se lo llevó para siempre.
Últimamente me acuerdo mucho de él, pero son recuerdos que me guardo para mí, recuerdos que conforman un álbum de fotos en mi memoria, alentados por el calor del cariño, por la falta de una persona que aportaba tanto, que reía tanto.
Siento el temblor de los dedos al escribir sobre él. Le siento cerca, más cerca que nunca.

Sin embargo, las peores cicatrices son las que no se ven.

No hay comentarios: