Cuenta una leyenda antiquísima que, en el principio de todos los tiempos, el mundo estuvo habitado sólo por cuatro criaturas: los gnomos, los silfos, las salamandras y las nereidas. Era un mundo elemental, puro, sin conflictos, donde estos primeros seres vivían en paz: los gnomos trabajaban la tierra; los silfos gobernaban los vientos; las salamandras administraban el fuego subterráneo y las nereidas regían las aguas del mar.
Quiso entonces el Gran Creador que construyeran un mundo habitable, y les ordenó que de la unión de la tierra, el aire, el fuego y el agua hicieran a todas las criaturas del planeta. Y así surgieron los animales y las plantas, pero también los dioses, las hadas, los enanos y el resto de los seres que pueblan la tierra. Pero cuando terminaron de trabajar, el Gran Creador les mandó dar forma a una última criatura, a la que llamarían hombre.
Al principio, las salamandras, los silfos y los gnomos protestaron, porque no querían trabajar más, pero al final se sometieron porque a sus hermanas, las nereidas, les había parecido muy buena idea. Entonces, de mala gana, los gnomos modelaron un poco de barro, al que los silfos llenaron de aire y las salamandras dieron calor, pero aquella criatura era tan tosca y poco agraciada que las nereidas tuvieron que hacer la mayor parte del trabajo. Las nereidas mezclaron con agua aquellos escasos materiales, barro, aire y fuego, y trabajaron día y noche la solución hasta completar la última obra.
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