viernes, enero 02, 2009

Sobre la violencia de género

-Dios mío -gimió, mirándose las manos-. Dios mío.
Levantó la vista y ella advirtió, sorprendida, que tenía el rostro bañado en lágrimas.
-Lo siento, no imaginas cuánto lo siento. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, de hecho, lo único bueno. Perdóname. Por lo que más quieras, di que me perdonarás. Te juro que no volverá a ocurrir. No sé cómo ha podido pasar. Cada vez tengo más estrés en el trabajo, pero mira que desquitarme justamente contigo...
Estalló en un oportuno y violento llanto.
-¿Qué clase de bestia soy? -sollozó.
-Tranquilo. -Ella le acarició con dedos vacilantes. No soportaba verlo tan abatido.
-¡Oh, gracias! ¡Gracias, Señor! -La atrajo hacia sí y la besó con vehemencia, y ella, aunque el labio partido aún le dolía, le dejó hacer.

Intentó soltarse pero él era mucho más fuerte.
-No quiero hacerlo. -Tenía los pantalones del pijama bajados hasta las rodillas, los muslos erizados por el frío. Él estaba abriéndose paso dentro de ella, empujando, ajeno a su seca resistencia. Le dolía. Embestidas cortas y brutales, cada una acompañada de un gruñido.
-Te lo ruego...
-Cierra la boca -resopló él entre dientes.
En ese instante abandonó la lucha y se dejó penetrar, con el borde del lavamanos clavándose dolorosamente en su espalda.
Los gruñidos se hicieron más fuertes, las embestidas parecían ahora puñaladas, luego se puso a temblar, a gemir. De repente se relajó y cayó desplomado sobre ella, aplastándole la cara contra el pecho. Apenas podía respirar, pero no se quejó. Esperó a que él hiciera lo que necesitara hacer. Al rato salió de ella y le sonrió con ternura.
-Vamos, te devolveré a la cama -dijo.

-Si se lo cuentas a alguien te mato -dijo él-. ¿Entendido? ¿Entendido? -repitió, más fuerte esta vez.
Ella se estaba limpiando la sangre de la cara, sorprendida de la cantidad y el rojo intenso.
-Entendido.

-Eres una zorra inútil y todo esto es culpa tuya. -Estaba de pie, resoplando por el esfuerzo. Ella en el suelo, hecha un ovillo-. Dilo. Eres una zorra inútil y todo esto es culpa tuya.
Estaba echando la pierna hacia atrás. Ella no creyó que pudiera aguantar otra embestida. La punta de la bota le aplastó el estómago contra las vértebras. Tuvo varias arcadas, pero ya sólo echaba bilis.
-¡Dilo!
-Soy una zorra inútil -susurró mientras las lágrimas rodaban por su rostro- y todo esto es culpa mía.
-Exacto, culpa tuya. ¿Es que no puedes hacer nada bien?

Le sacó la bolsa del coche y, solícito, le ayudó a entrar.
-¿Qué te apetece hacer? -preguntó.
-Me gustaría acostarme.
-Estupendo -sonrió él-. ¿Te importa si me uno a ti?
-Mmm... -A lo mejor no le había entendido-. Quiero dormir.
-Seguro que puedes aguantar despierta veinte minutos. -La estaba conduciendo al dormitorio. Se estaba desabrochando los tejanos. La intención era clara-. Quítate las bragas.
-¡No! Acabo de abortar.
-Excusas, excusas. -La arrojó contra la cama, la inmovilizó con una rodilla mientras le arrancaba las medias y las bragas.
-Para, por favor, para. Podría coger una infección. No puedo tener relaciones sexuales en tres semanas.
-Cierra el pico. -Estaba encima de ella, empujando dentro de ella, en medio de la sangre y la pérdida, desollándola con la violencia de sus roces. En un momento dado se apoyó sobre las dos manos, como si estuviera haciendo flexiones, y la abofeteó-. Maldita sea, como mínimo podrías fingir que te gusta.

Oyó su propio aullido. Apartó bruscamente la mano, sin saber por qué. Un cigarrillo. Él le había apagado un cigarrillo en la palma de la mano. Le había cogido la mano con tanta fuerza que los huesos le crujieron, y le había aplastado el cigarrillo justo en el centro.
Una neblina rojiza flotaba delante de sus ojos. No podía ver.
Él miró fijamente la palma, la herida encarnada y redonda, todavía manchada de ceniza. Había un olor extraño. De la herida salía un hilo de humo.
-¿Por... por qué has hecho eso? -Los dientes le castañeaban.
-Ha sido sin querer. -Parecía desconcertado-. Pensaba que era el cenicero.
-¿Qué? -El dolor era insoportable, no podía quedarse quieta-. Agua fría. -Se levantó y la cabeza le dio vueltas.
-Tengo vendas y antiséptico -dijo él-. Hay que impedir que la herida se infecte.
Le vendó la herida, le dio codeína, le llevó la cena a la cama y se la dio en pequeñas cucharadas. Nunca había estado tan cariñoso.

3 comentarios:

Unknown dijo...

Mierda. Me has puesto un mal cuerpo terrible.

K dijo...

Sí, lo sé. Es horrible. Creo que cuando no se ha pasado por algo así (Dios no lo quiera) no estamos completamente mentalizados del infierno en que viven muchas de estas mujeres.
Lo he sacado de un libro que me estoy leyendo. Y aunque en la página 200 aún no se ha hablado del tema (sólo pone estos párrafos sueltos para separar capítulos) se intuye que una de las mujeres ha sufrido malos tratos. El libro tiene 650 páginas y es ficción.

Y hablando de libros. Pérez-Reverte saca nuevo libro en enero. Creo que el título es Ojos azules. Aunque el sábado aún no estaba en las librerías, que fui a buscarlo :(

K dijo...

Te lo digo porque sé que le admiras (yo también, aunque alguna de sus novelas... puffff), aunque seguro que ya lo sabías :P