miércoles, enero 07, 2009

Lo que nos trae la marea

Existen momentos imaginados o soñados y fugaces y recordados o vividos que son demasiado reales. Esto debería haberlo escrito anoche, pero me dio pereza levantarme de la cama para contarlo.

Su silueta se perfilaba de espaldas a mí, observando el mar a través de la ventana, una amplia ventana con el marco blanco. El silencio era abrumador, de vez en cuando interrumpido por una brusca ola que rompía la quietud. Me acerqué a él de puntillas y le abracé por la espalda. Noté la tensión en su cuerpo al sentir el roce de mis brazos rodeándole por la cintura. No volvió la cabeza, no lo necesitaba. Siguió mirando la espuma de las olas que desembocaban suavemente en la arena hasta casi chocar con la sombra de la casa que se alargaba hacia el mar. Mis manos buscaron su pecho, colmándolo de turgentes caricias bajo su camiseta. Él seguía de espaldas a mí, dejándose hacer, incluso cuando mis dedos buscaron con urgencia la cinturilla de su pantalón y empecé a despertar lo que hasta entonces había estado dormido. Poco a poco fuimos deshojando los minutos como si después del placer, el deseo y la ternura no hubiera nada más.
Cada momento era único.

Por las rendijas de la ventana se filtraban los tenues rayos dorados previos al amanecer. Volví el rostro hacia él y, entre las brumas de la oscuridad, observé y escuché su respiración pausada y tranquila. Acaricié su pelo y me aproximé a su boca para sentir sus besos de sal. Mis dedos dibujaban estrellas a través del vello incipiente de su faz.
Mis pies se dirigieron hacia el armario para sacar ropa para él y vestirle, aunque aún estuviera bajo los efectos oníricos del sueño. Se despertó en cuanto sintió la rigidez de la ropa sobre él.

El horizonte se dibujaba rosáceo mientras caminábamos con un nudo de dedos unidos, sintiendo la fina arena húmeda en los pies descalzos. No llevábamos un ritmo. A veces parábamos para disfrutar del alba que afloraba ante nuestras miradas. Sonreíamos como dos enamorados que están descubriendo el amanecer por primera vez. Inconscientemente habíamos pactado no pronunciar una sola palabra hasta que la magia de ese momento en que el sol empieza su andadura por el cielo no diera paso al día pleno. Así que sólo se oía cercano el oleaje que chocaba abruptamente contra el acantilado. Habíamos caminado a lo largo de toda la playa, las últimas sombras opacas de la noche se estaban difuminando. Al final sólo había unas rocas que emergían sobre la plateada arena. Nos resguardamos allí, protegiéndonos de miradas indiscretas en aquella solitaria playa. Y ese momento mágico dio lugar a los besos y a las caricias, al abandono de nuestros cuerpos buscándose mutuamente bajo los dorados rayos de un sol primaveral que bailaba salsa sobre nuestras cabezas. Su mirada de esmeralda brillaba más que la estrella protagonista de aquel amanecer de tintes rosas.

Las olas se llevaban el olor del sexo cada vez que bajaba la marea frente a la casita de ventanas con marcos encalados.

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