
Tenía doce años cuando se empezó a evidenciar que el trece no me daba buena suerte, y si caía en martes... El caso es que una tontería de niñas me salpicó de tal manera que obtuve un castigo que no merecía. Y fue en martes y trece.
Todo había ocurrido años antes. Mi familia se mudó de casa y llegué a una nueva escuela, hice amistades nuevas y, poco a poco, me fui haciendo hueco es una pequeña gruta donde no había una sola luz que me guiara. Rocío tenía mi edad, Silvia un año más. Se llevaban bien hasta que un día discutieron y dejaron de hablarse para siempre. No recuerdo el motivo de aquella discusión, pero es cierto que todas tomamos partido por Rocío. Silvia se hubiera quedado sola si mis padres no me hubieran insistido en que no se podía abandonar a una persona a su suerte. Pero los momentos que yo pasaba con Silvia eran tediosos, aparte de que ella no podía soportar que hablara con Rocío. Es curioso, porque los padres de ellas dos eran buenos amigos... Yo veía que Silvia intentaba pisar todo lo que hacía. Por ejemplo, cuando íbamos a clases de inglés en verano (todos íbamos incluso antes de aprender el idioma en el colegio) y yo hacía dibujos similares al libro junto a las palabras de vocabulario y la profesora me alababa, Silvia intentaba tirar por la borda mis esfuerzos, alegando que la profesora no lo había mandado. El resultado fue que mi memoria recordaba mejor los dibujos y en un año mi progreso en vocabulario era muy superior. Cada detalle fue dando lugar a un grano de arena que fue creando, con el paso de los años, una montaña.
Rocío y yo casi nos habíamos dejado de hablar cuando llegamos a ser compañeras de clase y de mesa en el comedor. Es obvio que el roce hace el cariño y en unos meses nos volvíamos a llevar bien. Y esa relación no ha cesado jamás. Rocío siempre ha sido más sana, cuando en Silvia hay un hilo de cierta maldad que saca al exterior y que la convierte en una persona vil, petulante y envidiosa.
Un martes y trece me senté en el autobús con Rocío. Charlamos y nos reímos. Silvia miraba de reojo, pero yo no imaginaba que me la iba a preparar tal y como lo hizo. Después de la primera hora su tutora hablaba con la mía para decirle que Silvia había entrado llorando en clase y me había acusado de haberme reído de ella, cuando simplemente la había ignorado. No la odié por eso, pero tampoco la perdoné. Con dieciocho años y a propósito de algo que había ocurrido en la autoescuela, la mandé al carajo. Fue el punto final y me sentí libre en cuanto ella se dio cuenta de que yo no me iba a dignar a hablarle y cayó en la cuenta de lo que había hecho. Pidió perdón, pero era tarde. Y ésa fue la excusa para que mi familia no osara jamás pedirme más veces que tuviera amistades con unas u otras personas, porque al final a los amigos los elegimos nosotros.
En la actualidad, con Silvia hablo de hola y adiós, con Rocío me paso horas eternas charlando (y con su novio, con su hermana, etc.). Con el paso de los años te das cuenta de que si una persona está sola es porque ella se lo ha buscado, y ése fue el error de Silvia: siempre quiso imponerse y llevar la razón (o la voz cantante) en todo, si no podía de una forma, tenía que ser a la fuerza.
Un martes y trece yo me comí un castigo ejemplar por su real gana. Y mucha gente me dijo: "Es martes y trece, mañana todo habrá pasado".
Todavía hoy, Rocío y Silvia siguen sin hablarse y ya no creo que lo hagan nunca.
Con el paso de los años he aprendido a elegir a mis amistades. Nadie puede decirnos con quién queremos estar o no, con quiénes nos sentimos a gusto, con quienes conectamos o las personas que no merecen la pena. Aunque ahora no tengo tanta paciencia como cuando era una niña.
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