sábado, enero 17, 2009

Habitantes del bosque

Veo el cielo, azul, con alguna nube que vuela mientras forma figuras extrañas, enmarcado por las más altas ramas de frondosas y altas encinas. A veces percibo la lejana estela de un avión que hace horas que pasó y me pregunto hacia dónde se dirigía. Por un momento me hubiera gustado estar en ese avión.
Bajo mi cabeza, bajo mi espalda, siento la mullida alfombra de hierba salvaje que crece sobre la tierra blanca de la que tanto disfruté en mi juventud.
Se oyen los susurrantes ruidos de las hojas cuando las acarician rápidas brisas y los sonidos de unos grillos cercanos, un cucú lejano y los aleteos de todo tipo de aves que no se dejan ver. Un rato después aparecerán enormes bancos de mosquitos que perturbarán esa tranquilidad.
Llegan los dulces aromas de las moras que aún no están maduras, del verdín de las plantas del bosque que crecen en la zona más húmeda. Ese olor a naturaleza es gloria para los sentidos.
De vez en cuando se escucha un coche que se dirige hacia la pequeña ermita. Pero el murmullo del motor desaparece con él.

Una de las cosas que más echo de menos de mi tierra son aquellos instantes únicos. Por las tardes cogíamos las bicicletas y nos dirigíamos al bosque, si acaso llegábamos y peleábamos por los columpios de la ermita. Cogíamos moras, cerezas y cualquier fruta que nos brindara la estación. Cada primavera nos perdíamos por los bordes de aquel bosque al que nunca llegamos a entrar. Y aquellos momentos, tumbados entre árboles desperdigados son especiales. Un vínculo total con la naturaleza.
Sólo tengo que cerrar los ojos para sentir todo aquello.

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