miércoles, enero 14, 2009

Recuerdos del ayer

Anoche estaba escribiendo un email cuando lo borré de un plumazo. Escribía a la hermana de F., con la que tengo buena relación, pero sólo con pensar que ella podría comentarle el hecho de que le he escrito unas palabras me pone frenética. Y él podría creer que la escribo por él, cuando no es así. Por lo tanto opté por borrarlo y olvidarme del tema.
Pienso menos en él y cuando mi mente se concentra en sus ojos, su boca, su nariz, su rostro o su pelo sonrío momentáneamente para dar paso, un instante después, a una ira ciega. De repente, no le veo a él sino el monstruo que lleva dentro. Es triste recordar a alguien a quien tanto has querido como una especie de monstruo que escupe fuego por la boca y tiene garras de acero. Lo único que se mantiene impasible, intacto en aquel rostro venerable que conocí algún día, es la mirada fija, contradictoria.
Si pudiera odiarle, lo haría. Sin embargo, no le odio, lo que me hace pensar en que todavía sigo queriendo a aquél que fue y ya no es. Siempre quedan esas cenizas de todo lo que fue en su día. Pero no hablamos de un ave fénix y por tanto no puede resucitar.
Todos los recuerdos son demasiado vívidos, no tan recientes aunque parezca que todo ocurrió ayer. Y la pérdida y el vacío dieron paso a la compasión. En el fondo de mí le compadezco por su crueldad y por su arrogancia, por esa perversidad tangible que me desmoronó una noche de verano. 
No sé de dónde saqué la fortaleza. Ahora sólo es un recuerdo entre brumas del pasado, un recuerdo que a veces imagino haber soñado, a pesar de que él exista. A veces me da la sensación de que fue una de las múltiples creaciones de mi mente y, como tal, puedo hacerlo desaparecer igual que lo hice nacer y crecer. 
Lo que mejor recuerdo es su voz, una voz profunda martilleando mis sienes sin cesar, pero también vuela hacia un horizonte que desconozco.
Quizás debajo de las escamas del monstruo aún quede un resquicio de la persona que yo conocí...

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