Mi madre siempre se ha visto obligada a celebrar su cumpleaños coincidiendo con una de las comidas más espectaculares de la época navideña, por no decir la que más. Y es que haber nacido tal día como hoy no es moco de pavo, porque todo el mundo lo recuerda.
En mi infancia y juventud, unas treinta o cuarenta personas -entre familiares y amigos- se reunían tal día como hoy para celebrar el cumpleaños de mi madre. Unos traían el roscón, cuyo premio solía tocarle casi siempre a mi abuela; otros venían cargados con diversos y costosos objetos decorativos; nosotros nos encargábamos de llevar y traer el cordero asado del horno... pero el día se alargaba hasta casi la hora de cenar. La sobremesa de café, copa y puros hablando de todo un poco se hacía larga y mi madre a duras penas solía disfrutar de este día. Sólo recuerdo una vez que mi abuelo nos pagó la comida a un gran número de comensales en la ermita, recién convertida en albergue y restaurante gracias a enormes sumas de dinero subvencionadas por el Gobierno de La Rioja.
Un año, mi madre se cansó de estas comidas en las que la gente que aparecía en mi casa el día 6 se hacía la remolona alrededor de la mesa, mientras mi madre recogía y regresaba con más bandejas llenas de suculentos manjares. Y entonces cortó con todo esto y comenzaron las comidas en restaurantes, donde sólo íbamos nosotros. Ni que decir tiene que a mi madre le agradaba mucho más esto último, que no es lo mismo servir a ir a un restaurante a plato puesto.
Por lo menos ahora disfruta del Día de Reyes. Sólo que yo llevo tres años sin estar en este día, así que sólo puedo felicitarla por teléfono, aunque mi regalo llegó con la Navidad, por supuesto.
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