Te levantas temprano porque has visto encendida la luz del pasillo a las 7.30 a.m. y entonces recuerdas que tienes la puerta abierta porque Simoneta estuvo maullando en el pasillo durante un buen rato y que te levantaste una vez sobre la una para llevarla contigo, pero la gata no se conformó porque no la acariciaba y se volvió a marchar para seguir miando en el pasillo hasta que me levanté una segunda vez y la metí en la habitación de mi hermano pequeño, donde no se la volvió a escuchar.
Después he visto a Marina, que es una ex hospitalera del albergue de peregrinos, y le he preguntado sobre los cotilleos del albergue, donde hacen reuniones los que en su época fueron hospitaleros en mi pueblo y, en épocas como las navidades, los peregrinos tienen que dormir en el salón parroquial porque el albergue está lleno. Me parecen un grupo de cuentistas que no tienen ni dónde caerse muertos. Lo peor es que en mi pueblo en el albergue hay un cofre con dinero donde pone el siguiente cartel: "Coge lo que necesites y deja lo que te sobre". No me extraña que el párroco se haya enfadado con los ex hospitaleros, a algunos les haya echado y quiera cerrar el albergue durante los cinco meses invernales. A nosotras nos advirtió para que no se nos ocurriera subir solas.
En la estación casi me caigo en la cafetería porque me he resbalado con algo de agua que había en el suelo. Y para colmo, en el autobús, el chico que estaba detrás de mí se ha puesto a comer chorizo, dejando un rastro muy ibérico que me ha impedido seguir leyendo el libro y he optado por echar una cabezada. Cuando he despertado estábamos en Castellanos de Moriscos y con una niebla del copón. El del bocata podía haber esperado a llegar a Salamanca, que hace parada para comer. Eran las tres cuando ha terminado el viaje.
El viaje ha sido gris, no por el aroma a choricillo ni porque casi me pego una leche, sino porque durante todo el trayecto los paisajes eran muy grisáceos y tristones.
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