viernes, septiembre 12, 2008

Un año sin mi tío

Son las 5.15 a. m. del 12 de septiembre. Sobre esta hora, hace un año, mi tío nos dejó para siempre. Sabíamos que ocurriría en cualquier momento. Una asistenta se quedaba con él por las noches y una enfermera, amiga de mi hermano, fue la primera en avisar de tan terrible noticia.
Revivir los intensos momentos por los que pasé (pasamos) hace un año, desde el momento fatídico hasta el último adiós en el cementerio, es muy doloroso. Pero no puedo dejar de pensar en aquellos días.
El tiempo ha pasado muy rápidamente. Y parece que fue ayer. Curiosamente, las imágenes de mi tío no se han difuminado, más bien, se han reforzado.
Lo peor de todo es la ausencia, lo que cuesta seguir sin una persona querida, mantenerlo siempre en el recuerdo.
Mi madre estuvo ayer en el cementerio. Le llevó un ramo de rosas, las más hermosas de nuestro jardín. Se emocionó. Yo no he estado allí desde el 1 de noviembre del año pasado. No he visto la lápida, no quiero verla.
Dicen que tiene que pasar un año y un día para empezar a asimilar que una persona ya no está con nosotros, revivir todos los momentos importantes con su vacío, con esa presencia ausente, con el dolor y el recuerdo. Yo opino que nunca se empieza a asimilar que alguien nos ha dejado para siempre. Sí, lo aceptamos porque no queda más remedio, pero nunca lo asimilaremos. El flujo de recuerdos es constante: en un libro, en la televisión, en un rincón, en una calle, en un vehículo, en una ciudad.
Cada vez que vaya a Madrid recordaré a mi tío, porque allí estuve en varias ocasiones con él. Cada vez que pase por el Monumento a la Constitución, aquí en Salamanca, pensaré en él, porque vi una foto donde salía junto al icono de acero y le comenté que vivía cerca. Cada vez que vea su coche su imagen me volverá a la cabeza. Cada vez que vaya a la huerta, que vea a las gallinas -sus gallinas-, le recordaré de nuevo. Cada vez que me asome a una ventana de casa o que esté en el jardín, mi mirada se perderá en el horizonte, entre los altos cipreses del cementerio. Allí descansa en paz.
Pero le veo cada noche en cada estrella, cada día en cada nube, en cada flor, en cada piedra, en cada árbol, en cada aroma, en cada textura, en los colores, en la luz... Mi tío se me presenta en cada objeto con el que entro en contacto, por lo general, todo aquello que proviene de la naturaleza. Y sé que, de alguna forma, él está ahí, dejándose sentir.

Un año sin él... Ha sido demasiado duro... Lo que daría por volver a abrazarle una vez más...
He releído lo que escribí hace un año: Se ha ido... y me he desmoronado.

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