Hasta el año pasado, el mes de septiembre siempre había sido para mí la continuación del verano, con el paréntesis de exámenes de por medio. Para mí la época estival siempre terminaba con las multitudinarias fiestas de Logroño, los sanmateos. A medida que fueron pasando los años y mi residencia charra se iba acercando más al centro, comencé a vivir la fiesta en la calle, eso de salir de casa y encontrarme con las casetas que los bares y restaurantes de Salamanca ponen por la ciudad para celebrar las Ferias, dedicadas a la Virgen de la Vega (8 de septiembre).
Con septiembre llega la vendimia y también el otoño.
Un año después, para mí septiembre es un recordatorio a una persona a la que quedaron muchas cosas por hacer en este mundo. Septiembre fue el mes en que su luz se apagó definitivamente, septiembre fue el mes en que emprendió ese viaje hacia la eternidad. El 12 de septiembre es el primer aniversario del fallecimiento de mi tío, al que he recordado y añorado incansablemente a lo largo de los pasados doce meses, por quien he escrito y suspirado, a quien he hablado en voz alta como si formara parte del aire que respiro y pudiera escucharme, a quien sigo escuchando en las noches en vela...
Septiembre ya no es un mes de continuación del verano, ya no es el mes de la fiesta de la vendimia, ya no empieza el otoño ni me llaman la atención las ferias de Salamanca. Septiembre se ha convertido en el mes donde una flor se deshojó y sus pétalos se los terminó llevando el viento.
Un año después, habiendo revivido todos aquellos momentos e instantes de celebración sin mi tío, me doy cuenta de que todavía sigo (seguimos) echándole mucho de menos, que mi corazón sigue de luto por él.
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