miércoles, septiembre 10, 2008

El sueño eterno

Hace un año, tal día como hoy, mi tío cerró los ojos por última vez. Durante dos intensos días ni siquiera parpadeó. Se mantuvo en el umbral de la muerte, luchando contra algo para lo que no tenía suficientes fuerzas. Sus sueños eran inquietos, respiraba entrecortadamente, movía las extremidades, pero los párpados no se volvieron a abrir.
Recuerdo, como si no hubiera pasado aún un año, aquellas descripciones como si fueran hoy. Ya más serena, pero reviviéndolo todo. Recuerdo que tal día como hoy, hace un año, saqué el monstruo del dolor hacia fuera. Mis ojos se fueron enrojeciendo con el paso de los minutos, mi corazón se iba minimizando a medida que el sol se iba poniendo en el horizonte, el dolor hizo acto de presencia porque sabía que quedaban horas, minutos, quizás un día más... quedaba lo peor. Cuando por la noche salí a dar una vuelta era una sombra de mi ser, físicamente estaba aquí, intentaba inmiscuirme en ese ambiente festivo charro que se digna de disfrazar las calles de colores; mentalmente estaba allí, temiendo la llamada fatal, que sucedería dos días después. En mí se había apagado la luz. Mi rostro era el reflejo de la pesadumbre, de la impotencia, de la fugacidad de la vida.

Se acerca el primer aniversario del terrible desenlace. Hoy sigo viéndole en mis sueños, a mi lado, susurrándome palabras de ánimo y consuelo al oído, sigo escuchándole reír y hacer bromas. Hoy sé que las personas nunca mueren del todo, sólo físicamente. Nosotros seguimos sintiendo su presencia, porque de alguna manera sigue vivo cerca, muy cerca...

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