Hoy he ido a recoger las revistas de mi pueblo, encuadernadas con pasta dura. Las veinte últimas las he tenido que dejar de nuevo, porque se han equivocado y me han puesto un nombre que no era. Y eso que avisé, que dije que el nombre cambiaba en esa tercera parte. Y mis manos han ido a la segunda parte, allí donde hace unos años escribí mis primeros artículos respecto a nuestras experiencias en los campamentos. ¡Cómo han crecido aquellos niños...!
He vuelto a revivir momentos en el monte. El primer año, cuando subieron a visitarnos F. y sus amigos. Recuerdo aquel instante en la hoguera, él de frente y yo perdida en él. O cuando, el último día, vinieron a ayudarnos a recoger las tiendas de campaña, los restos de las risas y carcajadas de los niños que ya caminaban hacia casa, cuando sobre una esterilla escribía lo que sería un borrador para la revista y entonces levanté los ojos y le vi, a cien metros, mirándome fijamente.
El año siguiente cambiaron muchas cosas. Un niño había perdido a su madre, el sacerdote nos dejó en el monte, los huevos que se rompieron y el culpable que no apareció. Y varios días después nos cogimos el todo terreno para ir a visitar a los del pueblo de F. Por supuesto, nuestra visita fue inesperada. El cura tampoco estaba con ellos. Creo que, desde entonces, yo sentí dejadez ante la idea de ir al monte y quedarnos solas con niños que tenían dolor de estómago o que se sentían quizás más a disgusto que nosotras. Por nuestras cabezas pasó aquello de: "Si les pasara algo no tenemos ni móvil ni coche". Al año siguiente yo me negué ante la idea tan cursi que se le había ocurrido al cura: "Nada de ir al monte. Haremos el Camino de Santiago por La Rioja. Para ello, deben ir algunas madres". Mi respuesta fue la más lógica: "Si van las madres, ¿qué pintamos nosotras? Estamos de más, simplemente. Yo no voy". Después de expresar mi punto de vista, mis amigas, una a una, fueron negándose y no hubo más campamentos, ni se hizo aquella ruta peregrina por La Rioja.
Y los años fueron pasando. El sacerdote cogió a los del pueblo de al lado y se los llevó al Camino de Santiago. No osó preguntarnos si queríamos ir (con ellos). Yo se lo eché en cara, le dije que cómo les llevaba a los de al lado, cuando por su pueblo ni siquiera pasaba la Ruta de las Estrellas, y a nosotras, nacidas y viviendo en un pueblo jacobeo, no nos había ni preguntado. Lo más lógico hubiera sido que nos expusiera la excursión, a la que yo me hubiera apuntado, aunque mis amigas me dejaran sola con F. y sus amigos. Sí, hubiera ido por F., no por el hecho de ir caminando hasta Santiago de Compostela. Pero hubieran sido muchos días en su compañía.
Después siguieron pasando los años. F. y yo estamos tan distantes que no entiendo cómo hemos llegado a esta situación. Siento que él siente algo, que también se pierde en ese choque cruzado de floretes en que se han convertido nuestras miradas. Ni yo puedo apartar mis ojos de él, ni él puede hacerlo.
Tampoco ha pasado tanto tiempo desde aquellos lejanos campamentos, donde nos quedábamos ensimismados con la otra persona, olvidándonos de todo lo que había alrededor. Seguimos siendo los mismos, aunque más mayores. Y parece que fue ayer cuando nos mirábamos entre el fuego de una hoguera en el campo.
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