En Madeira hay varios sitios que es preciso visitar, y uno de ellos es Santana, en el norte de la isla, lugar donde se conservan en bastante buen estado algunas de las casas tradicionales de la isla, conocidas como Palhoças.
Santana, que recibe su nombre de Santa Ana, tiene más de cien casas triangulares con techos de paja; varias de ellas, restauradas y pintadas, están abiertas al público. Lo cierto es que yo no vi más que seis casas tradicionales. Si el pueblo tiene registradas 120 habría que ir a buscarlas.
Construidas sobre una base de dos vigas en forma triangular, con el interior de madera y el tejado de paja, estas casas son únicas en la isla. Se mencionan por primera vez en el siglo XVI, pero la mayoría de los ejemplos actuales no sobrepasan los cien años de antigüedad. Hoy, las puertas y ventanas se pintan de un alegre color rojo, amarillo o azul. El clima suave de Madeira permite que se cocine y se coma al aire libre durante todo el año. Estas casas triangulares, por tanto, sirven sobre todo para dormir y como abrigo cuando llueve. Los servicios están separados de la vivienda y el interior es engañosamente espacioso, con una sala de estar en el piso bajo y las habitaciones en el superior.
Las casas tradicionales de Santana y la riqueza paisajística hacen que la localidad sea una de las más pintorescas y encantadoras de Madeira. La localidad nos ofrece unas vistas panorámicas excepcionales, ya que está situada a 312 metros de altitud.
En Santana pasé frío, porque cuando llegué estaba nublado. En el interior de las casas había productos tradicionales y souvenirs. Lo cierto es que me llamó más la atención la panorámica que se veía desde allí, una especie de mirador desde donde se vislumbraba un valle que era como una huerta inmensa, lleno de plantas y flores de todos los colores, hasta desembocar en el océano, al fondo.
Las colinas del valle en el que se sitúa Santana aparecen salpicadas de establos triangulares donde se ata a las vacas para evitar que vagabundeen por los estrechos bancales, dañándose a sí mismas y a los cultivos.
El valle es agrícola, y produce frutas y verduras, además de mimbre, materia prima de los artesanos de Camacha (es otra localidad de Madeira).
Es necesario que hable de las levadas de Madeira, que en Santana se pueden ver en el pueblo. Madeira posee un sistema único de regadío que permite la distribución de la abundante lluvia del norte por el seco y soleado sur. El agua se recoge en depósitos y lagos, o se canaliza desde los manantiales naturales que alimentan la red de levadas (acequias) que recorre la isla. A través de largas distancias, estos estrechos canales conducen el agua hasta los platanales, viñedos y huertos. Hay 2.150 km de canales, algunos de los cuales datan del año 1500. Los caminos corren paralelos a las levadas, permitiendo el paso a lugares de la isla de otro modo inaccesibles.
Recorrí el pueblo, pero no tenía mucho que ver. Casi no había tiendas, las cafeterías eran algo cutres, pasé por el hospital, cuya fachada era de color rosa, vi una levada, una iglesia, parques... y pensaba que si seguía bajando la colina y luego tenía que subir... Y es que todas las calles iban hacia abajo, hacia el mar.
Tenía razón mi amigo el taxista cuando me dijo que en dos horas lo tendría todo visto. Al menos me he traído unas fotos magníficas de las casas. Regresé a Machico antes de comer, y es que no imagino haber encontrado un restaurante -ni siquiera una bocatería- donde comer en Santana.
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