Cuando he llegado a casa de mis padres, he escuchado las vocecillas de mis sobrinas antes de verlas, algo inesperado, porque desconocía que fueran a venir a comer.
Me han contado cosas de Eurodisney y de París. Me han dado una muñeca calva que saben que no me gusta porque no tiene pelo y me han dicho que jugara con ellas. Han cogido el álbum de Zarautz y se lo llevado a su casita (hice dos iguales y el mío lo dejé en casa de mis padres, el de ellas seguía en la oficina). Se han sentado encima de mí y la mayor me ha puesto un botón que se había soltado.
Yo también las he echado de menos, pero lo de ellas... en cuanto me han visto no existía nadie más, no me dejaban ni a sol ni a sombra.
Claro que yo estoy encantada.
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