Lo cierto es que desconectar cuatro días es bueno para volver a empezar, para recargar pilas, para coger todo con más fuerzas, para llegar con las energías renovadas. Siempre he pensado que cambiar de gentes, de aire y de ciudad es algo que debería hacer todo el mundo a menudo. Aunque sólo sea por olvidarse del momento presente durante unos días...
No hace falta cambiar de país, sino que el hecho de hacer un trayecto de media hora ya ha cambiado una centésima el mundo habitual, ese mundo que nos rodea.
La perspectiva ha cambiado y eso es necesario.
Si lo pienso, cuando pienso en que podía haberme quedado, más segura estoy de que viajar es una vía de escape. Para mí es vital cambiar de lugar. Ya no sólo por el hecho de que adoro viajar, sino porque incluso de fiesta la gente me pregunta cosas del trabajo. No mis amigos, no la gente que conozco. Gente que me conoce de la oficina, que no comprenden que hay unos horarios y que es preferible que para hacerme algunas preguntas es preferible que lo hagan en oficina y no cuando yo estoy tomándome una cerveza con mis amigos.
Vengo con las pilas cambiadas. Vengo con el disco duro en blanco. Y lo cierto es que se agradece. Aunque pensándolo bien, tuve que cogerme una semana de vacaciones en abril que desconozco lo que haré. Justo después de mi cumpleaños me va a resultar extraño estar en casa. Estoy pensando en marcharme a una casa rural a la montaña con el portátil y escribir frente a la Sierra de la Demanda.
Es tarde. No he sabido nada de mi amor durante estos días. Incluso de él también necesito alejarme. Y ahora, cuando vuelvo, es cuando vuelve a aparecer su recuerdo en toda su intensidad. A veces me pregunto qué me da él para quitarme el sueño a veces.

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