jueves, abril 18, 2013

Un niqab para el recuerdo

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Contaba con dieciocho años la primera vez que entré en contacto con la cultura del Islam. Lo que en ese momento me pareció algo hilarante, con ya cierta experiencia acumulada por el paso de los años y con muchas lecturas a mis espaldas, hoy no me parece que sea algo tan ingenuo.
Ahmad y Nazir venían de Kuwait, estudiaban español en la Facultad de Filología (Hispánicas) y sus estudios engrosarían sus currículos para ser diplomáticos en el futuro. En Salamanca vestían a la occidental, aunque estoy segura de que hoy en día visten túnicas blancas y el cordel rodeando sus cabezas. Intentaban comportarse como occidentales, y estaba claro que se guardaban mucho para sí.
Se dieron dos circunstancias que me empujaron a poner distancia con ellos. La primera fue porque salimos de fiesta con ellos, en una ciudad llena de ambiente jovial y fiestero, ellos no osaron probar ni una sola vez el alcohol, como manda su tradición. Pero el distanciamiento definitivo llegó porque en la primera Navidad fueron de visita a su país y nos trajeron un peculiar regalo.
En realidad, yo no me hubiera acercado a ellos si no hubiera sido porque una amiga estudiaba en su clase. Al igual que yo, la tercera amiga. De las tres, dos estudiábamos periodismo y la otra, Hispánicas. Entonces llegó la vuelta de las vacaciones y lo que nos habían traído de Kuwait: un niqab para cada una. Aún lo conservo: la tela es tosca, de color negro, con bordados en la parte que cae por la espalda. Nos enseñaron cómo se ponía... El niqab sólo permite ver los ojos.
Cuando hoy recuerdo ese momento, siento un nudo en el estómago. Los kuwaitíes me caían bien, pero con ese regalo se habían franqueado ciertos límites. Así que opté por centrarme en mi carrera y evitarlos en la medida de lo posible. 

La siguiente vez que tuve un contacto con el mundo musulmán fue cuando pasé un día entero en Qatar, con motivo de haber perdido el avión que me llevaría a Japón. Estaba en el Golfo Pérsico y en un país donde la mujer era poco menos que un cero a la izquierda. Porque aunque por su aspecto exterior parece ser que era un país muy occidentalizado, lo cierto es que yo pasé miedo. Como era casi verano, iba en tirantes, con la cabeza descubierta y recibí muchas miradas reprobatorias de desconocidos que parecían réplicas, vestidos como jeques árabes.

Ahora estoy leyendo un libro sobre la cultura musulmana y tengo un nudo en el estómago. La manera de pensar musulmana siempre ha causado atracción en mí, quizás porque intento comprender su razonamiento, pero es imposible. Hemos sido educados de una manera diferente y las injusticias, entre otras cosas, contra las mujeres allí no son plato de buen gusto.
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