
A lo largo de las páginas de este libro, he recordado muy a
menudo una imagen, una imagen que pensaba que encontraría entre los cientos de
fotos, pero al final el único registro quedó guardado en mi memoria, para
volverlo a poner hoy sobre la palestra. Fue un momento en que me encontraba en
un país extraño, donde se hablaba un idioma desconocido, y entonces reparé en
los destinos próximos a despegar en el aeropuerto de Doha (Qatar). Fue entonces
cuando leí Kabul y sentí miedo. Pensé que bien me podía equivocar de avión y
acabar en un país donde la personalidad de una mujer estaba totalmente anulada.
Pensé en que quizás hubiera cerca talibanes…
Llevaba mucho tiempo con este libro aparcado en la
estantería y si es verdad que se lee muy rápido, desde mi punto de vista no
está muy bien redactado, como si faltara pulirse un poco. Pero la historia
atrapa, porque es real.
Un burka por amor cuenta la historia de María Galera, una
mujer de Mallorca, que decidió demostrar a su familia que podía ingeniárselas
sin ella, y se marchó a Londres a trabajar, donde conoció a Nasrad, un joven de
origen afgano, del que se enamoró irremediablemente.


Kabul, Afganistán
En estas tres líneas he resumido básicamente lo que
representa la imagen de María, pues es una persona independiente al principio,
pero muy egoísta, o esa es la sensación que da. Un poco cabeza rota, que rompe
con todo y realmente hace una locura de amor. Se casará con Nasrad, sin
compartir esa boda con su familia. Visita una aldea afgana cuando está
embarazada de su primer hijo y da a luz en una situación muy precaria. Cuando vuelven
a Londres, ella comprende que tiene que ponerse en contacto con su familia.
Antes de nada, he de decir que el marido de María es un
hombre completamente occidentalizado, que está completamente enamorado de ella
y que no se rige por las normas de los talibanes. Porque este será uno de los
asuntos clave, ya que los afganos suelen golpear a sus mujeres, cuya
personalidad es anulada por completo.
María y Nasrad volverán más tarde a Afganistán, porque el padre del afgano está enfermo y quizás vaya a morir. Nasrad necesita estar con él, y es María la que decide acompañarle, con el pequeño Abdulah. Les roban el equipaje y la documentación en la frontera.
La suegra de Nasrad no la puede ni ver y la trata fatal, tanto que su situación es insostenible. Tendrá otra hija en condiciones infrahumanas, Nuria. Y cuando Nasrad comprende lo que está ocurriendo en casa de sus padres, decide que ya ha llegado el momento de ir a Kabul a conseguir documentación para regresar a Europa. María pasará cuatro años en Afganistán hasta que decida ponerse en contacto con su hermana Rosie para pedir ayuda. Su padre ha muerto y ella comprende lo egoísta que ha sido en todo momento, y ahora más que nunca desea marcharse.
Gracias a un guardia civil que trabaja en la embajada española, consigue unos pasaportes para ella y sus hijos, pero no para Nasrad. Después del tiempo y dinero que le ha costado a Rosie traer a su hermana a España, María hace otra de sus locuras y tras dos meses de separación vuelve a Afganistán con su marido.
Será gracias a la mediación de una mujer de una ONG que la convence que tiene que salir cuanto antes de Afganistán con sus hijos, ya que será más fácil para su marido salir después solo sin la carga de su familia, y gracias a que Rosie filtra la situación a los medios de comunicación, ya que un empresario mallorquín decidirá pagar los billetes de María y sus hijos cuando lo escuche en la radio, lo que haga que María regrese definitivamente a España.
Un tiempo después también se reunirá su marido con ella.

Será gracias a la mediación de una mujer de una ONG que la convence que tiene que salir cuanto antes de Afganistán con sus hijos, ya que será más fácil para su marido salir después solo sin la carga de su familia, y gracias a que Rosie filtra la situación a los medios de comunicación, ya que un empresario mallorquín decidirá pagar los billetes de María y sus hijos cuando lo escuche en la radio, lo que haga que María regrese definitivamente a España.
Un tiempo después también se reunirá su marido con ella.

“Cuando llegaron al poder los talibanes, en 1996, a las
mujeres se les negó cualquier tipo de libertad para moverse libremente: se las
obligó a permanecer escondidas en sus casas, recluidas en el hogar al servicio
del hombre. Sólo podían salir de casa bajo la tutela, el permiso y la compañía
de un varón de su familia. Se les negó el derecho a trabajar, a estudiar, a
reunirse. Se les obligó a mantener silencio ante los hombres y se les advirtió
de la necesidad de no emitir ningún tipo de sonido que pudiera molestar a los
varones: incluso les llegaron a exigir que controlaran el sonido de su
respiración y les conminaron a calzar zapatos que no hicieran ruido al caminar
para que bajo ningún concepto se molestara a los hombres o se sintieran
obligados a mirarlas por entenderlo como mera y burda provocación”.
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