Siento cierta nostalgia. De otro tiempo, de otro lugar, de otras personas. A veces los recuerdos nos rebosan tanto que ni siquiera nos damos cuenta de que al final no nos hemos adaptado por completo. Hoy, más que nunca, me gustaría estar en otro lugar. Pese a que en ese lugar no me daban un Rioja por cada libro que compraba. Como es inviable que me vaya a ese otro lugar, tendré que mezclar mis recuerdos con la imaginación. Lo bueno de la imaginación es que puedo añadir al recuerdo melancólico una compañía tan dulce como angelical.
Una vez me dijo que nunca ha visitado Salamanca. Hoy sería uno de esos días en que me gustaría estar allí con él, bajo un sol cegador (pues hace mucho más calor), y envolviéndonos por la nostalgia bohemia de una ciudad de letras y gentes de todo tipo. Quiero ser su cicerone, y mostrarle el medallón de la mujer que enseña su pecho, el astronauta de piedra del pórtico de la catedral y contarle la historia de la rana de la fachada de la universidad, para finalmente terminar robándole besos entre los rosales del Huerto de Calisto y Melibea.
¡Ay Salamanca! ¡Cuánto me diste! ¡Cuánto de mí se quedó en ti! ¡Tanta huella después de que haya pasado el tiempo!
De momento, nos beberemos el vino que regalan en La Rioja por el Día del Libro.
De momento, nos beberemos el vino que regalan en La Rioja por el Día del Libro.
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