Piazza IV Novembre y tranvías, junto a la Estación Central de Milán
Cuando decidí marchar en vacaciones de Semana Santa a Milán,
tenía claro que quería visitar Italia, pero no quería pisar Roma. La capital
italiana ya la conocí en su momento, y no me apetecía estar en una ciudad
plagada de turismo, ante todo y sobre todo, de aspecto religioso, con toda la
bomba y expectación que había creado el nombramiento del nuevo Papa.
Como siempre que tengo unos días libres intento desconectar
marchándome por ahí. Y siempre regreso con las energías renovadas. Aunque
lloviera casi todos los días…
Llegué con un pegadizo “Scusi” y otro pegadizo “Grazie”,
chapurreando “Presto” y “Prego” a cada pocas palabras, pero sobre todo regresé
contenta. No sabría describir la sensación de llegar y encontrarme con el perro
saltando y llorando junto a mí, mirándome y mirando la maleta como si temiera
perderme de vista de nuevo. Y, de hecho, el perro no se separó de mí en ningún
momento desde que llegué. También le llevé de paseo durante un rato, mientras
en cada paso asimilaba todo lo que había visto en Italia los días pasados, y
antes de que estallara una criminal tormenta. De repente, el día oscureció
repentinamente y tuve que regresar a casa.
En ese momento no me apetecía recopilar toda la información
sobre el viaje, y en los días posteriores me han faltado ganas de ponerme a
escribir al llegar a casa. Hoy es una excepción, ya que perfectamente puedo
quedarme hasta más tarde al poder levantarme más tarde mañana.
Si elegí Milán no existe un motivo especial, sino que
simplemente sabía que esos cuatro/cinco días iban a ser insuficientes para
visitar Florencia, ciudad que tengo muchas ganas de visitar. Intuía que Milán
se podría ver en unos pocos días. Además, la proximidad a los lagos (Como,
Maggiore) me atraía.
Milán es la capital de la Lombardía, la región más rica y con más densidad de población de Italia. Sus más de 1.300.000 habitantes convierten a Milán en la segunda ciudad más poblada del país, después de Roma; esta cifra no incluye a las personas que viven en los barrios periféricos y que acuden a diario a la ciudad para trabajar o divertirse.
Milán se encuentra situada en el centro del valle del río Po
(Valle Padana) y desde tiempos remotos ha sido un punto clave para el comercio.
Aunque es una gran ciudad en muchos aspectos, Milán es una
ciudad “relativamente pequeña”, que se puede visitar en unos pocos días. Tiene
metro (esta información no es desdeñable, debido a que Roma, debido a las
catatumbas, sólo contaba con dos líneas de metro) que te acerca a cualquier
rincón de la ciudad. El centro se puede visitar caminando, como otras ciudades
italianas, sin necesidad de darse grandes palizas de andadura.
Piazza Santo Sepolcro y Bibliotheca Ambrosiana, Milán
Uno de los muchos tópicos sobre Milán es que se trata de una ciudad práctica y monótona, totalmente dedicada al trabajo. Sin embargo, además de ser una de las urbes más importantes de Europa desde el punto de vista financiero y en términos de productividad, es también rica en historia, cultura, arte y arquitectura. El centro histórico carece de un estilo arquitectónico dominante y los edificios son quizá más variados que en cualquier otro casco histórico italiano. Los museos y las galerías se cuentan entre las mejores del norte del país. Muchas de las figuras destacadas en los campos del arte, el diseño, la cultura y la política de Italia nacieron o alcanzaron el éxito en Milán, como fue el caso de Leonardo da Vinci, que vino a trabajar a la corte de Ludovico el Moro en Milán y permaneció en la ciudad durante 20 años; o de Benito Mussolini, ya que fundó el Fasci Nazionali di Combattimento en la Piazza San Sepolcro de Milán; o donde Alessandro Manzoni escribió una de las grandes novelas de la historia literaria italiana, Los novios; o donde vivió casi toda su vida y murió en el Grand Hotel de Milán el compositor Giuseppe Verdi.
Como motor de la industria, las finanzas y la moda, Milán
destaca por la cocina internacional más que cualquier otra ciudad italiana. Los
milaneses se adaptan enseguida a las nuevas tendencias culinarias; los
caprichos gastronómicos son efímeros. Sin embargo, también se aprecia un
arraigado interés en redescubrir la cocina típica de la región: la prosperidad
de la ciudad se refleja en la riqueza de sus platos tradicionales. Los risotti
milaneses se aderezan con mantequilla y parmesano, y hasta es probable que los
espárragos locales se presenten en la mesa cubiertos con huevo y queso
gratinado.
La ciudad está rodeada de vastas llanuras agrícolas que
abastecen de productos como carnes, cereales, quesos y verduras. A los
milaneses les gusta mucho la carne: la carne, la ternera y la caza son muy
populares. Los suculentos guisos, típicos de la región, constituían
antiguamente la base de la dieta rural, donde se combinaba cualquier tipo de
carne, grano o verdura que se tuviese al alcance. De esta tradición
procede la consistente menestra de arroz
o pasta. Por otro lado, en la corte de las familias Visconti y Sforza se forjó
una cocina más elaborada, cuyas recetas aún preparan los cocineros milaneses. El
dominio español en el siglo XVI propició el cultivo del arroz y otras cosechas
a lo largo del valle del Po. El primero se utilizó para la elaboración del
risotto, un descendiente directo de la paella, al que se le añadió azafrán
cultivado en la zona para conferirle su característico aroma y tono
amarillento. El grano se cocinaba con cualquier ingrediente disponible en la
temporada para crear consistentes platos de verdura, pescado de agua dulce,
carne y caza. Los risotti milaneses todavía suelen reflejar la temporada; en
otoño se añade con frecuencia calabaza de la zona, y en verano, fresas
silvestres.
Durante el siglo XVIII se fue introduciendo el maíz en la
región y la polenta –elaborada con harina de maíz y agua- no tardó en
convertirse en alimento imprescindible.
El dominio austríaco a finales del siglo XVIII dejó también
su impronta en la dieta milanesa. La popular costoletta milanese, ternera
empanada, es una variante del Wiener schnitzel, y el panettone debe su origen a
los bizcochos de levadura centroeuropeos.
Muchos bares y cafeterías de Milán ofrecen el happy hour (de
18.30h. a 21.30h), donde se venden algunas bebidas a mitad de precio, por lo
que suelen llenarse de gente. En estos bares, la música suele ser
ensordecedora, por lo que si se requiere tranquilidad, es preferible evitar la happy
hour.
Milán es célebre por la moda, y aunque sólo sea por mirar
escaparates, merece la pena visitar estas zonas. Además de las tiendas de los
grandes diseñadores nacionales e internacionales (situadas en el llamado
Quadrilatero, formado por las calles Via Manzoni, Via Montenapoleone, Via della
Spiga y Via Sant’Andrea), pueden encontrarse otros establecimientos y grandes
almacenes por toda la ciudad. Los comercios son elegantes, sobre todo en el
centro, ya que el diseño es muy importante en Italia y Milán es una de las
ciudades más ricas del país.
Hotel Best Western Madison, Milán
El hotel estaba muy cerca de la Estación Central, por lo que todo me pillaba a mano. Una de las cosas que me sorprendió fue la ingente cantidad de inmigrantes que se concentraban en cualquier estación de tren o de metro y en las zonas turísticas. Siempre he pensado que una ciudad que tiene tanta riqueza también tiene mucha gente mendiga o “sin techo”, y además las diferencias entre unos y otros son mucho más pronunciadas que en otros lugares. Milán es una ciudad donde los contrastes entre ricos y pobres se pueden observar a pie de calle.
Lo que peor recuerdo es el embotellamiento del tráfico cada
vez que llovía, y llovió mucho durante la mayoría de los días. Según me dijo un
taxista, cuando llueve los embotellamientos del tráfico son frecuentes.
Al tener tan cerca la Estación Central y dado que llegó un
momento en que consideraba que Milán ya la tenía vista, que había suplido con
creces ver al menos un templo religioso y un museo como mínimo (requisito que
siempre cumplo cuando marcho de viaje a un lugar nuevo), decidí que podía ir a
cualquier otro lugar del norte de Italia. En principio, había pensado en los
lagos que se encuentran a media hora al norte de Milán, pero finalmente me
decanté, a última hora, por Turín.
Y como suele ocurrir, cuando elegimos algo sin pensarlo, por
pura intuición, el resultado suele ser muy bueno, quizás sorprendente. Porque
Turín es una ciudad monumental, pero sobre todo es una ciudad para pasear. No
tenía referencias de la ciudad, únicamente sé que es el lugar donde se guarda y
se protege la Sábana Santa, que como la muestran públicamente una vez cada
cierta cantidad de años, tampoco iba allí con la intención de verla.
Trayecto en tren desde Milán a Turín, con los Alpes nevados al fondo
Turín se encuentra a una hora de Milán en tren. Es una travesía magnífica, sobre todo si el día está despejado, como me ocurrió a mí, porque a un lado se ven las cumbres nevadas de la cordillera de los Alpes.
Turín es la capital de la región de Piamonte. Es una ciudad
que tiene un conglomerado de negocios concentrados en unas pocas calles
alrededor de los monumentos históricos. Y lo cierto es que el paseo es muy
agradable desde la estación Porta Nova hasta la Mole Antonelliana, pasando por
dos plazas, un castillo, un palacio real y un ambiente bohemio que despierta el
recuerdo de otras ciudades centroeuropeas. Curiosamente me recordó a plazas
centrales alemanas, con sus turistas tomando unas cervezas en las terrazas,
mientras no muy lejos suena el violín de algún músico callejero, o los mimos
posan cada pocos metros haciendo señas a la gente que les echa unas monedas.
Librería en Turín
Turín estaba plagado de pastelerías y licorerías especialmente dedicadas al chocolate, tanto en sólido como en líquido, y es que en esta ciudad se produce una chocolatina de cacao y avellana llamada gianduiotto.
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