Mole Antonelliana, símbolo de Turín
El único día que en Italia hizo sol, decidí coger un tren y
marchar a otra de las ciudades del norte de Italia. No sabía si ir al lago
Como, a Verona (la ciudad de Romeo y Julieta) o a cualquier sitio con tal de
salir de Milán. Así que me acerqué a la Estación Central y estuve mirando los
horarios y el tiempo que me llevaría un trayecto en tren, siempre buscando
poder regresar antes de que anocheciera.
El destino que elegí por su cercanía fue Turín, ciudad que
me gustó muchísimo, quizás por el ambiente bohemio, quizás porque el día
acompañaba, pero sobre todo porque la visité caminando, sin coger un autobús ni
otro medio de transporte, porque en Turín está todo junto y a mí me gusta mucho
callejear.
Así que en Turín me encontraba, sin guía, sin mapa, sin
saber qué dirección tomar. Así que únicamente me quedé con que la estación era
Turín Porta Nuova y allí había de regresar para coger el tren de vuelta.
Hacía un magnífico día. Es decir, que por fin había dejado
de llover y había salido el sol, lo que se agradecía, y además invitaba a
caminar. Lo primero que hice fue comprar un mapa de la ciudad, al menos para
saber en qué dirección hacerlo.
Nada más tener el mapa en mis manos, comprendí que el centro
estaba en línea recta frente a la salida de la estación de tren, por Via Roma,
y no había pérdida. Así que me encaminé por debajo de unos soportales con
negocios de madera y rótulos con letras doradas. Resquicios de la vieja Europa,
pues en cualquier ciudad tanto española, como centroeuropea como italiana se
pueden encontrar negocios así. De hecho, me remito a Salamanca, que a mí
siempre me llamaban la atención los que hay en la Plaza Mayor, muchos de los
cuales aún siguen abiertos en nuestros días, pero también recuerdo la tristeza
que me producen aquellos que se encuentran cerrados y con tanta señal de
desamparo. Pero en Turín estos negocios seguían ejerciendo sus antiguas
profesiones: chocolates, libros, boutiques, etc. Y es que lo cierto es que en
Via Roma se concentraban una infinidad de las marcas internacionales más prestigiosas.
Incluso estaba la enorme filial de la tienda de ropa creada por Amancio Ortega:
Zara. Menos mal que era domingo y estaba todo cerrado, sino no me hubiera dado
tiempo para ver el centro histórico de la ciudad, ya que me hubiera dedicado a
las compras.
La Via Roma me condujo inmediatamente a la Piazza San Carlo,
una enorme plaza que me recordó a aquellas plazas alemanas llenas de terrazas y
donde te sentabas a admirar la magnificencia de los edificios que conformaban
la plaza. Como era la hora de comer, se me ocurrió mirar los precios desorbitantes
de varios de los restaurantes que se encontraban en esta plaza. Desde luego que
eran carísimos, así que decidí seguir caminando, porque ante mí se veían las
cúpulas de los edificios, y mucha gente, pues todos los turistas se
concentraban entre esta plaza y la siguiente, que estaban casi unidas.
La Piazza San Carlo fue diseñada por el arquitecto Carlo di
Castellamonte en el siglo XVII. En el centro de la plaza se encuentra la figura
ecuestre de Carlo Filiberto, obra realizada un siglo después por el escultor
Marocchetti. El aspecto actual de la plaza es el que debía tener en el siglo
XVII. Al fondo de la plaza se encuentran las iglesias dedicadas a Santa
Cristina y San Carlos.
Esta plaza ha sido siempre el centro de la vida política de
Turín, en cuyos famosos cafés se daban cita los nobles, escritores y personajes
de la familia real. La plaza fue también escenario de célebres espectáculos
históricos, como una memorable batalla naval.
La Piazza Castello concentra varios edificios aristócratas,
como el Palazzo Reale al fondo, el Palazzo Madama a un lado y una de las calles
que más vida tiene de la ciudad, Via Garibaldi, frente al Palazzo Madama.
Construido entre los años 1846 y 1860, el Palazzo Reale fue
residencia real de los Saboya hasta 1865. El edificio ofrece en sus variadas salas
un fastuoso ejemplo de mobiliario y decoración de los siglos XVII al XIX. En el
siglo XVIII, el arquitecto Juvarra diseñó la Escalera de las Tijeras y el
Gabinete Chino, revestido de piezas originales chinas recortadas por marcos
dorados. Detrás del Palacio Real, que alberga la Armería Real, una hermosa
colección de armas y armaduras de siglos pasados, se encuentran los palacios
reales, construidos a finales del siglo XVII.
Llegué a entrar en el Palacio Real pero había tal cantidad
de gente esperando que opté por volver sobre mis pasos y buscar la Mole
Antonelliana, que para encontrarla, algo que no implica dificultad debido a su
peculiar torre, tuve que caminar por una segunda calle que, al igual que Via
Roma, se encontraba llena del mismo tipo de negocios e infinitas tiendas,
algunas abiertas pese a ser domingo.
La Mole Antonelliana fue construida a mitad del siglo XIX
por el arquitecto Antonelli, que le dio el nombre, y se ha convertido en el
símbolo de Turín. La Mole es un edificio hecho enteramente de obra, incluida la
cúpula. La aguja, derribada por un huracán en 1953, fue reconstruida con una
estructura de metal revestida en piedra. En la parte superior hay un mirador.
La Mole Antonelliana alberga el Museo Nacional del Cine, y
allí se encuentran los objetos procedentes de los escenarios de las primeras
películas italianas.
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