domingo, noviembre 11, 2007

La alquimia a rasgos generales

Se considera a la alquimia la predecesora de la química moderna. Se practicó durante miles de años y hoy en día sigue teniendo adeptos. Hay quien dice que hunde sus raíces en épocas muy lejanas y que personajes como Moisés la practicaron. Sin embargo, esto último es una exageración.
Sabemos a ciencia cierta que la alquimia tiene una antigüedad de dos mil años como mínimo, porque poseemos noticias del trabajo de los primeros alquimistas en la antigua China y en la ciudad de Alejandría. Sin embargo, la mayor parte de estas pruebas fueron destruidas por el obispo Teófilo a principios del siglo V, tras el incendio de la Biblioteca de Alejandría. Los chinos fueron alquimistas expertos y se dice que descubrieron la pólvora siglos antes de que fuera redescubierta en Europa por el gran filósofo del siglo XIII Roger Bacon. También se dice que llevaron a cabo experimentos alquímicos sobre criminales convictos para convertirlos en cerdos.
Los alquimistas estaban seguros de poder encontrar una materia mágica denominada la Piedra Filosofal, una sustancia que convertiría cualquier metal base en oro. En pos de este objetivo, muchos hombres y mujeres trabajaron durante años en laboratorios oscuros y sórdidos.
Los alquimistas creían en lo que hacían y algunos se obsesionaron con el arte que practicaban. El psicólogo Carl G. Jung se sintió atraído por la alquimia y aseguraba que los procedimientos que empleaban los alquimistas en sus laboratorios eran, en realidad, rituales relacionados con una especie de obsesión religiosa. Porque lo que en realidad intentaban transmutar los alquimistas era su psique, o "alma", de igual manera que intentaban cambiar los metales base en oro. Algo parecido a esos procedimientos religiosos en los que el adepto intenta conseguir la perfección o encontrar el "oro" que guarda en su interior. Los alquimistas solo eran conscientes en parte de este aspecto de sus esfuerzos, aunque sabían que estaban obligados a ser "puros de espíritu" para conseguir sus fines. Muchos de ellos se preparaban mentalmente durante años para esta labor.
Ciertos ocultistas modernos insisten, sin embargo, en que la alquimia es una ciencia propiamente dicha y se empeñan en encontrar paralelismos entre ésta y la mecánica cuántica moderna, la teoría científica que describe el mundo subatómico. Pero no existe relación alguna. La mecánica cuántica es una ciencia rigurosa que se apoya en los experimentos realizados durante el último siglo, mientras que la alquimia se fundamenta en la falsa idea de la transmutación gracias a la cual el preciado metal se puede obtener en un crisol. Y los que es más importante, la mecánica cuántica nos proporciona una tecnología real y tangible como los rayos láser, la televisión y la microelectrónica. La alquimia es subjetiva y no se fundamenta en la lógica.
Debido a la particularidad de su práctica, el estudio de la alquimia deviene muy confuso. Cada alquimista poseía sus métodos propios para encontrar la Piedra Filosofal. Los primeros documentos conocidos se guardaban en Alejandría. A partir de los manuscritos que sobrevivieron a la destrucción de su famosa biblioteca, los filósofos árabes de los siglos VII y VIII desarrollaron un conocimiento alquímico más avanzado que se importó a Europa durante el siglo XI, y la alquimia pronto se popularizó en todo el continente. Hacia el siglo XVI existían una pléyade de magos peripatéticos que encontraban empleo en hogares de comerciantes acomodados y nobles europeos ingenuos.
Muchos alquimistas escribieron libros acerca de la técnica que utilizaban, aunque oscurecieron deliberadamente sus significados con códigos y un lenguaje poético para que otros alquimistas no pudieran copiarlos. Otra de las razones por las cuales ocultaban sus hallazgos de este modo fue porque no consiguieron sus objetivos.
En 1404, el rey Enrique IV de Inglaterra hizo de la práctica de la alquimia un crimen capital, porque consideraba que si uno de los alquimistas tenía éxito, podría desbaratar el statu quo produciendo grandes cantidades de oro que desestabilizarían el sistema financiero del país. Más tarde, sin embargo, la reina Isabel I empleó a alquimistas en un intento de incrementar las arcas reales. Uno de sus favoritos fue John Dee, un filósofo muy notable así como también un gran ocultista.
Los alquimistas nunca hubiesen tenido éxito en la conversión de metales en oro porque intentaban la transformación de la estructura básica de la materia mediante la utilización tan solo de un horno y una mezcla de sustancias químicas simples. La transmutación solo es posible hoy en día en el corazón de reactores nucleares, donde los átomos se dividen en partículas más pequeñas durante un proceso denominado "fisión nuclear". Sin embargo, aunque ahora es posible teóricamente la producción de oro a partir de otros metales, la cantidad de energía que se necesitaría (y el coste que de ello derivaría) excede el valor de la materia producida al final del proceso.
Los métodos de los alquimistas eran muy elementales. Empezaban mezclando en un mortero tres sustancias: un metal mineral, normalmente hierro impuro, otro metal (a menudo plomo o mercurio), y un ácido de origen orgánico, generalmente ácido cítrico procedente de frutas u hortalizas. Los trituraban juntos y los guardaban durante más de seis meses para asegurar una mezcla completa. Luego la calentaban cuidadosamente en un crisol. Entonces elevaban la temperatura lentamente hasta alcanzar el grado óptimo, que se mantendría durante diez días. Se trataba de un proceso peligroso que producía humos tóxicos, y como muchos alquimistas trabajaban en habitaciones cerradas y sin ventilación, sucumbieron al veneno de los vapores de mercurio. Otros cayeron lentamente en la locura provocada por el veneno del plomo o del mercurio.
Una vez se completaba el proceso de calentamiento, se retiraba la materia del interior del crisol y se disolvía en un ácido. Varias generaciones de alquimistas experimentaron con diferentes tipos de disolventes; fue así como descubrieron el ácido nítrico, el sulfúrico y el etanoico.
Una vez disuelto con éxito el material del crisol, el paso siguiente consistía en evaporar y reconstituir el material para destilarlo. Este proceso de destilación o sublimación era el más delicado y laborioso, y a menudo el alquimista tardaba años en completarlo a su satisfacción. También se trataba de un estadio peligroso, porque no se daba salida al fuego que se encendía en el laboratorio, lo que provocaba frecuentes accidentes.
Si las llamas no consumían al experimentador y no se perdía el material debido a una técnica deficiente, entonces el alquimista podía pasar al estadio siguiente, un paso que estaba más relacionado con el misticismo que con el acto científico. Según la mayoría de los textos alquímicos, una "señal" determinaba el momento en el que debía detenerse la sublimación. No existen dos manuales de alquimia que coincidan en cuándo o cómo debe suceder, y el pobre alquimista debía esperar hasta que estimaba que había llegado el momento propicio para detener la destilación.
Entonces se retiraba el material del alambique y se añadía un agente oxidante, generalmente nitrato de potasio, una sustancia conocida en la antigua China y posiblemente también por los alejandrinos. Sin embargo, al combinar el sulfuro del metal mineral y el carbono del ácido orgánico, el alquimista obtenía una mezcla ciertamente explosiva: la pólvora.
Muchos alquimistas que sobrevivieron al envenenamiento y al fuego, acabaron sus días saltando por los aires con su laboratorio.
Los que sobrevivían a todas estas etapas podían llegar al final, cuando la mezcla se sellaba en un recipiente especial y se calentaba cuidadosamente. Luego, tras enfriar el material, en ocasiones se observaba un sólido blanco, conocido como Piedra Blanca, capaz, aseguraban, de transmutar metales base en plata. La etapa más ambiciosa producía un sólido rojo llamado Rosa Roja por calentamiento, enfriamiento y purificación de la destilación, que se suponía que conducía a la producción de la Piedra Filosofal propiamente dicha.
Los estadios de este proceso se describían con alegorías, envueltas con un lenguaje místico y secreto de significado esotérico. Por ejemplo, la mezcla de los ingredientes originales y la licuefacción a través de la utilización del calor se describía como "poner en pie de guerra a los dos dragones, el uno contra el otro". De esta manera, los elementos femeninos y masculinos de las sustancias, simbolizados por un rey y una reina, se liberaban y luego volvían a combinarse o "casarse". Éste era el concepto que se recogía en el más famoso de todos los libros de alquimia, la novela alegórica The Chemical Wedding, que ha sido interpretada como la descripción del proceso de transmutación.
La alquimia era una fantasía, pero quienes la practicaron obtuvieron logros concretos. Los alquimistas inventaron y mejoraron nuevas técnicas, entre ellas métodos de calentamiento, de decantación, de recristalización y evaporación. Además, fueron los primeros que utilizaron una amplia gama de utensilios, entre ellos utensilios para calentar y recipientes de cristal de diferentes formas.
Las sucesivas generaciones de alquimistas perfeccionaron la técnica de la destilación que los magos de Alejandría desarrollaron hace casi dos mil años. Hoy en día, ningún laboratorio de química que se precie no estaría completo sin los instrumentos para la destilación. Y el mismo tipo de equipamiento, aunque a una escala mucho mayor, es el que se utiliza para separar los componentes del petróleo y refinarlo.

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