viernes, noviembre 23, 2007

Cortejo fúnebre

Cuando llegamos detrás del féretro un silencio sepulcral rodeaba todo, una calma interrumpida por el tañer de las campanas. La multitud de gente se agolpaba a nuestro alrededor dándonos el pésame. Creo que todos nosotros estábamos en trance, como si solo se tratara de un mal sueño. Sin embargo, estuve allí. La gente me hablaba, me abrazaba, me daba besos... Ocultaba mis lágrimas con unas gafas oscuras que no me dejaban ver más que los vivos colores de las flores de las coronas. No importaba. No conocía a aquella gente que me daba sus ánimos, su calor.
La iglesia estaba llena cuando llegamos, tan llena que no pudieron cerrar las puertas. Solo los bancos de delante estaban vacíos...
No recuerdo las palabras del sacerdote. Siempre que voy a una misa estoy pendiente de la hora, pero aquella tarde de septiembre no quería que su oratoria terminara. Miraba el féretro, borroso desde mis ojos agrietados. No podía creer que allí yaciera mi tío, dormido para siempre, frío como un témpano de hielo, inerte como la roca de una caverna. Hoy sigo sin creerlo. Parecía que la persona a quien rezábamos aquel día era alguien que no tenía nada que ver con nosotros. Pero luego le escuchaba hablar en mis oídos, una voz sonora, vibrante, que mermó cuando le operaron de la garganta, pero que volvió a recuperar. Ya no sonaba igual. Le veía sonreír, le sentía demasiado cerca, sabía que en algún sitio no muy lejano él nos observaba. A pesar de esto sabía que jamás volvería a mirarle a los ojos, a hablar con él, a reírnos juntos... más que en mi memoria.
A mi derecha, mi padre estaba contrito, al igual que yo... como si aquello no fuera con él. Le ponía de vez en cuando mi mano sobre sus hombros, sabiendo que él necesitaba un mayor consuelo, intentaba ser fuerte por él. Le agarraba del brazo. Le susurraba palabras de ánimo. Yo sé que mi padre no estaba allí. Tenía su mirada clavada en el ataúd -no desvió los ojos una sola vez-, pero él se encontraba muy lejos de allí. Yo lo sabía perfectamente.
Quizás ninguno estuvimos allí mentalmente. Nuestros recuerdos vagaban a épocas mejores y en todas esas escenas del pasado aparecía mi tío.

Estaba en la cama. Antes de dormir siempre me acuerdo de ese día, y concretamente de este momento. Me he visto obligada a sacarlo fuera. Me duele contarlo, pero lo necesitaba. Últimamente vuelven a atormentarme los recuerdos, aunque intento ser fuerte y sonreír al evocarle. Dos meses son poco tiempo para haberlo superado -me doy cuenta-, intento no hablar del tema porque casi siempre termino llorando sin darme cuenta, pero a veces lo necesito. Todo está aún demasiado fresco. Acaso es que no quiero que se me olvide ese instante y, por eso, a pesar del cansancio, me he levantado de la cama para inmortalizarlo para siempre.