viernes, noviembre 30, 2007

El ciego

Éste es uno de los cuentos que he leído miles de veces y que nunca me deja indiferente. Aunque demasiado escuchado en diferentes situaciones, me parece oportuno dejarlo aquí.
Quizás es que, a veces, los ciegos son los únicos que pueden ver. Y a veces son ellos un farol que ilumina nuestro sendero. En ciertas leyendas ellos son los guías, el símbolo de la ceguera que ve más allá que el resto, los que ven dentro del corazón.
En concreto, este cuento trata de un ciego que da lo que no tiene. Se imagina un mundo exterior que no puede ver, pero con sus descripciones hace más felices a quienes le escuchan. Y finalmente te deja con una sensación de inmensa paz.

Dos hombres muy enfermos eran compañeros de habitación en un hospital. Uno de ellos tenía la cama junto a la ventana y a veces le permitían levantarse. El otro enfermo tenía que estar a todas horas tumbado boca arriba, sin poder moverse. Los dos charlaban durante horas: sobre sus familias, sobre su vida, sobre su trabajo, sobre sus sueños e ilusiones, sobre sus amigos, sobre los lugares que conocían, sobre sus esperanzas...
Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana se sentaba, describía a su compañero lo que veía desde allí. El otro enfermo empezó a desear que llegaran esos momentos, que en su mundo se ampliaban y cobraban vida.
La ventana daba a un parque con un precioso lago. Patos y cisnes jugaban en el agua, mientras que en la orilla los niños lo hacían con sus cometas. Los jóvenes enamorados paseaban de la mano, entre las flores de todos los colores del arco iris. Grandes árboles adornaban el paisaje, mientras, en el horizonte, se veía una perfecta línea del perfil de la ciudad. El hombre de la ventana describía todo esto con un detalle exquisito; el otro enfermo cerraba los ojos y se imaginaba la idílica escena. Una calurosa tarde, el hombre de la ventana describió un desfile que estaba pasando. Aunque el otro hombre no podía oír a la banda, podía verlo con los ojos de su mente, exactamente como lo describía el hombre de la ventana con sus mágicas palabras.
Las semanas fueron pasando.
Una mañana, la enfermera entró con el agua para bañarles y se encontró con el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había muerto plácidamente mientras dormía. Cuando se llevaron el cuerpo, el otro hombre pidió ser trasladado a la cama del lado de la ventana. Lentamente y con mucho esfuerzo, el hombre intentó incorporarse. Por fin iba a ver el mundo exterior con sus propios ojos. Se esforzó por girarse despacio y mirar por la ventana. Lo único que vio fue una pared blanca.
Cuando la enfermera volvió, el hombre le preguntó qué motivación habría tenido su compañero muerto para describir aquellas cosas tan hermosas a través de la ventana. La enfermera le dijo que aquel hombre era ciego y ni siquiera podía ver la pared blanca. "Quizás solo quería animarle a Usted".

"Lo que tenemos hay que darlo porque si nos lo quedamos se termina perdiendo. Siempre hay otros que pueden necesitar y aprovechar aquello que les podemos regalar".

1 comentario:

Anónimo dijo...

es precioso :$

voyme a dormir, y a ver mi pared blanca.

espero que siga todo bien, un beso