Debo mencionar a Sir Titus y su recomendación sobre Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, pues él ha llegado a formar parte de la inspiración de estos momentos.
No puedo hablar de un libro que no me he leído, aunque me hago una idea. De lo que sí puedo hablar al respecto es de una ligera experiencia personal, un espíritu viajero ilimitado y esa necesidad vital que me arrastra a conocer otros lugares y otras gentes.
En cada ciudad que he visitado ha quedado un trozo de mí. Algunas con un deseo incondicional de regresar a ellas, otras con una actitud totalmente diferente. Y conocer una ciudad es como las múltiples interpretaciones de un cuadro, pues depende de las circunstancias y de las predisposiciones previas, así como del estado de ánimo. Un cuadro tendrá tantas interpretaciones como personas lo vean, un libro tendrá tantos puntos de vista diferentes como personas lo lean, e incluso al leerlo otra vez y otra... siempre habrá algo diferente y nunca se lee de la misma forma.
Cuando llegué a Salamanca era una ciudad que no me gustaba, me costó unos meses adaptarme. Con el paso del tiempo empezó a gustarme, y no sólo por el ambiente o estar rodeada de tanta piedra y polvo, sino porque realmente es una ciudad que te atrapa. Cuando me vaya sé que me costará mucho despegarme, sé que quedará una parte importante de mi vida aquí e irremediablemente tendré que volver a visitar su rana, su astronauta, los adoquines de sus calles, cruzar la Plaza Mayor como si fuera la última vez, y redescubrir los rincones escondidos, que hay muchos.
He viajado mucho y más que lo haré (espero), pues mi espíritu no se resiste a quedarse parado siempre en el mismo lugar. Me pide más, siempre me pide más. Si por mí fuera viajaría más a menudo y más lejos, pero tengo que frenarme.
He visitado varias veces Alemania. Esos viajes tuvieron un motivo: practicar el alemán. Alemania es un país que está ahí, colocado en un futuro inmediato, donde sé que volveré. Lo más impactante es el cambio de mentalidad. No se ve un alma a las 22.30 en las oscuras y silenciosas calles de Berlín. Es una capital bastante tranquila, moderna, con miles de huellas que, rebelándose al tiempo, siguen enclavadas recordándonos el ayer. Hamburg es exquisitamente bohemia, con su puerto sobre el Elba, y su vida en torno a la estación de tren, llamada Altona. Hay movimiento nocturno y mucho ambiente joven. Munich es idílica. A las 12.00 del mediodía la atracción del reloj del Ayuntamiento te trae a la mente imágenes de cuentos infantiles. La capital bávara es un contraste con Berlín. La gente es más abierta, supongo que por la cercanía de la frontera. Son muy futboleros, será porque cuenta con dos equipos de fútbol, y ese ambiente deportivo se respira por toda la ciudad, compuesta de espectaculares parques, tan espectaculares que he llegado a perderme en un jardín inglés, con sus sinuosos caminos y sus estrechos canales, junto a la universidad, aquello quedó grabado con el objetivo de mi cámara. Jóvenes, niños, mujeres, hombres, grandes y pequeños... todo el mundo en bolas en aquel parque, bien tomando el sol o refrescándose en aquella red de canales. Me sorprendió ese ambiente tan liberal, lleno de impudor... Jamás en España vi algo igual. No exagero, eran riadas de gente a lo largo del canal como Dios les trajo al mundo. Köln es mi ciudad favorita. No sé qué tenía aquel Rhin, ni la impresionante catedral, los espectáculos al aire libre, la gente en las inmediaciones del Ayuntamiento, la cantidad de bicicletas rodando por todos los recovecos de la ciudad. Me dejó aquella ciudad demasiado impresionada para desear no marcharme nunca. Y recuerdo, sobre todo, el mágico trayecto por el río al anochecer, con la catedral iluminando en el horizonte. Era una ciudad que tenía demasiada vida, una ciudad a la que di mi palabra de que volvería. Freiburg es de color verde, por algo está ubicada en la Selva Negra. Se respira naturaleza por todos sus poros, está llena de casitas de fantasía, canales en miniatura, un centro neurálgico donde siempre hay apostados jóvenes. Es fácil caminar entre sus callejuelas llenas de casas románticas y muy difícil perderse por ellas. También es una ciudad bohemia, aunque diferente de Hamburg. Stuttgart es un lugar industrializado, sobre todo por el mercado del automóvil. Se nota mucha riqueza económica, aunque no tanta como en Köln. El ambiente también está junto a la estación de tren (es así en muchas ciudades alemanas). De hecho, la vida se trasluce en una zona comercial que cruza el parque de los castillos y desemboca en la estación. Konstanz, finalmente, una ciudad a la que robé el nombre. No sé por qué ésta, quizás porque me gusta cómo suena. Konstanz da nombre al lago Bodensee, que une Alemania, Suiza, Austria y Liechtenstein. El clima dotaba a Konstanz de una especie de pesadumbre y quizás algo de tristeza. A lo lejos se veían las cumbres alpinas, detrás quedaba la Selva Negra. Es una ciudad de postal, con un paisaje sin igual. Hay otras ciudades más pequeñas como Baden-Baden, Villingen-Schwenningen, Offenburg... de todas tengo un recuerdo.
Londres, París, Praga, Roma, Viena, Budapest, Lisboa. En cada sitio he vivido momentos especiales y ahora revivo aquellos momentos que viví un poco a la deriva, dejándome llevar por el alma de cada ciudad. Y ya en España, la alegría de Sevilla, la siempre diferente Madrid, la bella Barcelona, Bilbao, Ávila, Toledo, Burgos, Zaragoza, Lérida, Vitoria, Pontevedra... me dejo tantos lugares...
Pero siempre, vaya donde vaya, esté donde esté, siempre quedará un lugar en mi corazón para mi tierra, La Rioja. Es mi cuna, y por muy lejos que esté siempre necesitaré regresar a mis raíces. No podría cortarlas repentinamente como si aquello no significara nada. Siempre descubro algo nuevo. Me di cuenta de que había lugares magníficos, que no necesitaba irme lejos para encontrarme algo nuevo.
Ver el pico del San Lorenzo de diferentes colores según la estación del año. Buscar las cepas escondidas entre los trigales que componen uno de los colores de la bandera de la región. Descubrir esa huerta riojana, llena de verduras de todo tipo. San Mateo y los halagos al dios Baco. No sé qué tiene. No sé si a todo el mundo le tiran tanto sus raíces, imagino que sí. Supongo que a mí me afecta mucho tras pasar largas temporadas fuera de casa.
Yo sólo quería decirle a Sir Titus que por muchos lugares que conozca siempre estará presente mi tierra, siempre la preferiré por encima de todo, aunque no tuviera San Millán, ni las huellas de los dinosaurios, ni fuera tierra de vinos, ni tuviera estación de esquí, aunque no tuviera los Cameros ni nada de lo que tiene, aunque tuviera al lado una central nuclear... siempre me quedaría con La Rioja.
El río Oja, río que da nombre a la comunidad, a su paso por Santo Domingo de la Calzada en verano. No está seco, en verano se vuelve subterráneo.
Tengo un pie ya en mi casa. Se notan las ganas de volver al hogar.
No puedo hablar de un libro que no me he leído, aunque me hago una idea. De lo que sí puedo hablar al respecto es de una ligera experiencia personal, un espíritu viajero ilimitado y esa necesidad vital que me arrastra a conocer otros lugares y otras gentes.
En cada ciudad que he visitado ha quedado un trozo de mí. Algunas con un deseo incondicional de regresar a ellas, otras con una actitud totalmente diferente. Y conocer una ciudad es como las múltiples interpretaciones de un cuadro, pues depende de las circunstancias y de las predisposiciones previas, así como del estado de ánimo. Un cuadro tendrá tantas interpretaciones como personas lo vean, un libro tendrá tantos puntos de vista diferentes como personas lo lean, e incluso al leerlo otra vez y otra... siempre habrá algo diferente y nunca se lee de la misma forma.
Cuando llegué a Salamanca era una ciudad que no me gustaba, me costó unos meses adaptarme. Con el paso del tiempo empezó a gustarme, y no sólo por el ambiente o estar rodeada de tanta piedra y polvo, sino porque realmente es una ciudad que te atrapa. Cuando me vaya sé que me costará mucho despegarme, sé que quedará una parte importante de mi vida aquí e irremediablemente tendré que volver a visitar su rana, su astronauta, los adoquines de sus calles, cruzar la Plaza Mayor como si fuera la última vez, y redescubrir los rincones escondidos, que hay muchos.
He viajado mucho y más que lo haré (espero), pues mi espíritu no se resiste a quedarse parado siempre en el mismo lugar. Me pide más, siempre me pide más. Si por mí fuera viajaría más a menudo y más lejos, pero tengo que frenarme.
He visitado varias veces Alemania. Esos viajes tuvieron un motivo: practicar el alemán. Alemania es un país que está ahí, colocado en un futuro inmediato, donde sé que volveré. Lo más impactante es el cambio de mentalidad. No se ve un alma a las 22.30 en las oscuras y silenciosas calles de Berlín. Es una capital bastante tranquila, moderna, con miles de huellas que, rebelándose al tiempo, siguen enclavadas recordándonos el ayer. Hamburg es exquisitamente bohemia, con su puerto sobre el Elba, y su vida en torno a la estación de tren, llamada Altona. Hay movimiento nocturno y mucho ambiente joven. Munich es idílica. A las 12.00 del mediodía la atracción del reloj del Ayuntamiento te trae a la mente imágenes de cuentos infantiles. La capital bávara es un contraste con Berlín. La gente es más abierta, supongo que por la cercanía de la frontera. Son muy futboleros, será porque cuenta con dos equipos de fútbol, y ese ambiente deportivo se respira por toda la ciudad, compuesta de espectaculares parques, tan espectaculares que he llegado a perderme en un jardín inglés, con sus sinuosos caminos y sus estrechos canales, junto a la universidad, aquello quedó grabado con el objetivo de mi cámara. Jóvenes, niños, mujeres, hombres, grandes y pequeños... todo el mundo en bolas en aquel parque, bien tomando el sol o refrescándose en aquella red de canales. Me sorprendió ese ambiente tan liberal, lleno de impudor... Jamás en España vi algo igual. No exagero, eran riadas de gente a lo largo del canal como Dios les trajo al mundo. Köln es mi ciudad favorita. No sé qué tenía aquel Rhin, ni la impresionante catedral, los espectáculos al aire libre, la gente en las inmediaciones del Ayuntamiento, la cantidad de bicicletas rodando por todos los recovecos de la ciudad. Me dejó aquella ciudad demasiado impresionada para desear no marcharme nunca. Y recuerdo, sobre todo, el mágico trayecto por el río al anochecer, con la catedral iluminando en el horizonte. Era una ciudad que tenía demasiada vida, una ciudad a la que di mi palabra de que volvería. Freiburg es de color verde, por algo está ubicada en la Selva Negra. Se respira naturaleza por todos sus poros, está llena de casitas de fantasía, canales en miniatura, un centro neurálgico donde siempre hay apostados jóvenes. Es fácil caminar entre sus callejuelas llenas de casas románticas y muy difícil perderse por ellas. También es una ciudad bohemia, aunque diferente de Hamburg. Stuttgart es un lugar industrializado, sobre todo por el mercado del automóvil. Se nota mucha riqueza económica, aunque no tanta como en Köln. El ambiente también está junto a la estación de tren (es así en muchas ciudades alemanas). De hecho, la vida se trasluce en una zona comercial que cruza el parque de los castillos y desemboca en la estación. Konstanz, finalmente, una ciudad a la que robé el nombre. No sé por qué ésta, quizás porque me gusta cómo suena. Konstanz da nombre al lago Bodensee, que une Alemania, Suiza, Austria y Liechtenstein. El clima dotaba a Konstanz de una especie de pesadumbre y quizás algo de tristeza. A lo lejos se veían las cumbres alpinas, detrás quedaba la Selva Negra. Es una ciudad de postal, con un paisaje sin igual. Hay otras ciudades más pequeñas como Baden-Baden, Villingen-Schwenningen, Offenburg... de todas tengo un recuerdo.
Londres, París, Praga, Roma, Viena, Budapest, Lisboa. En cada sitio he vivido momentos especiales y ahora revivo aquellos momentos que viví un poco a la deriva, dejándome llevar por el alma de cada ciudad. Y ya en España, la alegría de Sevilla, la siempre diferente Madrid, la bella Barcelona, Bilbao, Ávila, Toledo, Burgos, Zaragoza, Lérida, Vitoria, Pontevedra... me dejo tantos lugares...
Pero siempre, vaya donde vaya, esté donde esté, siempre quedará un lugar en mi corazón para mi tierra, La Rioja. Es mi cuna, y por muy lejos que esté siempre necesitaré regresar a mis raíces. No podría cortarlas repentinamente como si aquello no significara nada. Siempre descubro algo nuevo. Me di cuenta de que había lugares magníficos, que no necesitaba irme lejos para encontrarme algo nuevo.
Ver el pico del San Lorenzo de diferentes colores según la estación del año. Buscar las cepas escondidas entre los trigales que componen uno de los colores de la bandera de la región. Descubrir esa huerta riojana, llena de verduras de todo tipo. San Mateo y los halagos al dios Baco. No sé qué tiene. No sé si a todo el mundo le tiran tanto sus raíces, imagino que sí. Supongo que a mí me afecta mucho tras pasar largas temporadas fuera de casa.
Yo sólo quería decirle a Sir Titus que por muchos lugares que conozca siempre estará presente mi tierra, siempre la preferiré por encima de todo, aunque no tuviera San Millán, ni las huellas de los dinosaurios, ni fuera tierra de vinos, ni tuviera estación de esquí, aunque no tuviera los Cameros ni nada de lo que tiene, aunque tuviera al lado una central nuclear... siempre me quedaría con La Rioja.
Tengo un pie ya en mi casa. Se notan las ganas de volver al hogar.
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