lunes, abril 23, 2007

La aventura del albañil

Había una vez en Granada un albañil muy piadoso que dedicaba más días a rezar que a trabajar y cuanto más rezaba más se empobrecía.
Una noche llamó a su puerta un viejo cura que le dijo que necesitaba un favor. El albañil, con tal de salir un poco de esa pobreza que se adueñaba de él y de su familia, siguió al sacerdote. Éste le vendó los ojos y le guió por las sinuosas calles del Albaicín hasta un patio. Allí le destapó los ojos y le pidió que le construyera una bóveda bajo una pila morisca.
Al no terminar la primera noche el trabajo tuvo que volver al día siguiente, nuevamente con los ojos tapados para no descubrir adónde iban. Esa noche, el viejo sacerdote le pidió que le ayudara a enterrar allí a sus muertos, y después que debía cerrar todo con un tabique, de manera que desde el exterior nada anormal se viera bajo esa pila morisca.
El albañil se aterrorizó al escuchar "muertos" pero se calló y descubrió que los supuestos muertos estaban en unas tinajas muy pesadas. Pronto se tranquilizó sabiendo que estaban llenas de monedas.
Cuando terminó su trabajo y el sacerdote le pagó volvió el albañil a su vida anterior, pues las monedas que le pagaron enseguida se esfumaron entre los suyos y volvió a empobrecerse.
Pasó el tiempo. Un día llamó a su puerta un señor. Este hombre sabía que el albañil estaba necesitado de trabajo y dinero así que le pidió que le arreglara y restaurara una casa que había recibido en herencia. Cuando los dos hombres llegaron a la casa, el albañil reconoció enseguida el patio y la pila morisca, así que le preguntó al caballero a quién había pertenecido aquella casa.
El actual dueño le explicó que aquella casa había pertenecido a un cura que tenía fama de avaro, y que por las noches se oía su espíritu deambular por los pasillos con el sonido de las monedas en el bolsillo. Por eso no podía alquilarla ya que la gente pensaba que estaba encantada.
Entonces el albañil le pidió que le dejara vivir allí con su familia, pues él no creía en historias de fantasmas, mientras la adecentaba. El dueño aceptó.
El albañil sabía el escondrijo de las monedas y con el paso del tiempo se fue enriqueciendo sin que nadie supiera cómo, pero lo que está claro es que su familia jamás volvió a pasar hambre.
Cuando en el lecho de muerte agonizaba confesó, por fin, el secreto de esa repentina riqueza a su primogénito y heredero.
Y así acaba la historia del albañil que nació pobre y murió rico.

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