Era uno de los libros más vendidos en Granada, así que pensé que algo especial tendrían las páginas de Washington Irving. Y allí empecé a leérmelo, aunque ahora, tras haber pasado la última página, considero que mejor hubiera sido leérselo antes de visitar la Alhambra.
Washington Irving visitó la Alhambra en 1829 y escribió una serie de cuentos y leyendas que corrían de boca a boca entre las ingenuas gentes del siglo XIX y nos relata de un modo costumbrista cómo era España en aquella época y, más concretamente, Granada, además de narrarnos con todo detalle las costumbres y hábitos de los habitantes de la zona.
Junto a muchos de estos relatos, el escritor plasmó delicados dibujos sobre lugares de la Alhambra que tanto asombraban en su época tal y como en la actualidad lo siguen haciendo.
No estoy de acuerdo con la descripción general que el autor hace de España, que limita a unos simples "paisajes de vastas llanuras y pueblos en lo alto de colinas". El paisaje español es mucho más variado y heterogéneo que eso.
Irving emprende el viaje desde Sevilla hasta Granada junto al embajador de Rusia en Madrid, amigo suyo, y contratan a un joven vizcaíno para que les hiciera de guía a través de los peligrosos caminos y a la vez les surtiera las alforjas. Le llamaban "Sancho".
La descripción de los famosos bandoleros andaluces y de las filas de arrieros junto a la hospitalidad que encontraron en las posadas del camino es lo más característico del viaje.
El autor llega a la Alhambra y encuentra allí un guía muy especial, un personaje peculiar que alega ser un "hijo de la Alhambra".
Allí visitan los Palacios Nazaríes, que en aquel momento estaban siendo cuidados por una noble mujer, doña Antonia. Entonces comienzan a contarles las primeras leyendas.
Un soldado inválido vio cómo le llamaban los fantasmas de los Abencerrajes asesinados y salió huyendo despavorido. El siguiente hombre que vio los mismos fantasmas no huyó; sin embargo, salió de la Alhambra rico y se habla de que este inválido sí que hizo buen uso de la información que le dieron los espíritus de los moros.
Alrededor de la Alhambra corrían entonces numerosas leyendas, sobre todo aquellas que dicen que bajo sus cimientos los moros escondieron muchos tesoros.
Después de la obligada visita al palacio, el autor y su acompañante hacen la visita de rigor al Gobernador de Granada y le expresan su incredulidad acerca de que teniendo un palacio tan magnífico como la Alhambra viva en el centro de la ciudad.
Entonces el Gobernador les ofrece a los viajeros sus habitaciones de la Alhambra y les desea una feliz estancia. Los dos visitantes no creen su suerte pero pronto comienzan una vida semejante a la de reyes pasados. Más tarde las obligaciones llaman al embajador a Madrid y se tiene que ir, quedando sólo Irving como monarca absoluto de la Alhambra.
Dolores, la sobrina de doña Antonia y quien en la práctica se encarga del palacio, tiene dos palomos a los que mima. Un día abre la ventana y uno de ellos se marcha; no volverá hasta que tenga hambre, cosa que desespera a la joven. Después le cortará las alas. Es una anécdota con una buena moraleja.
Dice el proverbio: "La pena sufrida de noche es alegría por la mañana".
Su primo Manuel, que también vive allí, está enamorado de Dolores y quiere casarse con ella.
"Cuanto más opulentos han sido los habitantes de una mansión en los días de prosperidad, más humildes son los descendientes cuando llega la decadencia y, a menudo, el palacio del rey termina siendo el asilo de un mendigo".
La Alhambra en la época que la visitó Irving albergaba gente muy pobre, muchos eran inválidos de guerra cuyo servicio al rey y a la patria nunca se vieron recompensados, además de que su casta se convirtió en una clase decadente.
La viejecita Mª Antonia Sabonea, la "reina Coquina", de la que se dice que es bruja; un viejo con nariz de borracho, "Alonso de Aguilar", que dice ser descendiente del Gran Capitán; el guía del escritor, Mateo Jiménez, con una prole numerosa y más infinita todavía su sagacidad para contar historias sobre aquel lugar... son algunos de los habitantes de la Alhambra.
En las torres los habitantes de la Alhambra ponen sus cañas para pescar en el cielo, actividad que se reitera por las tardes para cazar a las aves que se resguardan en los recovecos del sinnúmero de grietas del palacio, torres y murallas.
"Existen dos clases de gentes para quienes la vida es una fiesta continua: los muy ricos y los muy pobres. Los primeros porque no necesitan hacer nada; los segundos, porque no tienen nada que hacer".
Un día nuestro autor llega al Salón de Embajadores, sala que utilizará como reposo y como fuente de inspiración. Desde el mirador descubre los contrastes de la Granada cristiana y la Granada musulmana. Asimismo hace un repaso a los ocho siglos de permanencia árabe en España, donde florecieron todas las ciencias, se construyeron innumerables y maravillosos edificios, hoy en ruinas, personas que aprendieron a convivir con sus gentes y que finalmente fueron echados al otro lado del estrecho. El legado que los musulmanes dejaron en España es inmenso. En ese mismo mirador Carlos V dijo en su día: "¡Fatal destino el del hombre que perdió todo esto!".
Otro día Irving encuentra una puerta cerrada con llave y en su mente fantástica empiezan a desarrollarse todo tipo de misterios sobre esas estancias vacías que hay detrás de la puerta.
La curiosidad le lleva a pedir la llave y en el interior se encuentra con el Mirador de Lindaraja, la Torre de Comares y el Tocador de la Reina.
Lindaraja era hija del alcaide de Granada en tiempos en que Mohammed V fue despojado del trono y el rey fue acogido en casa del alcaide. Cuando el monarca volvió a ocupar su trono recompensó al alcaide otorgando a su hija Lindaraja esas habitaciones y a uno de sus más fieles súbditos en matrimonio.
Las estancias están decoradas con adornos de la época de Felipe V (último rey que vivió en la Alhambra) y el mirador de la parte superior de la torre se convirtió en el Tocador de la Reina, pues fue el tocador de la esposa de Felipe V, Isabel de Farnesio.
Irving decide trasladarse con sus cosas a esas habitaciones. La primera noche allí la imaginación del autor le produce fantásticas visiones aterrorizadoras, y así durante varias noches, hasta que llegó la luna llena y por primera vez vio con otros ojos aquel lugar mágico, desaparenciendo el terror inicial.
La Torre de Comares es la que se eleva sobre los Palacios Nazaríes. En la actualidad no se puede subir hasta arriba, así que nos conformaremos con las magníficas vistas que nos describe Washington Irving en este fragmento.
Tras describir la panorámica que se ve desde los cuatro puntos cardinales, cuenta la anécdota que narra fielmente la generosidad del rey Ismael Ben Ferrag que, asomado en esta torre en 1319, vio un campamento cristiano a orillas de Granada. Esas tropas iban lideradas por los príncipes Don Juan y Don Pedro, que saqueaban Granada a diario, esperando que el rey moro saliera de su fortaleza para enfrentarse a ellos. Pero Ismael esperaba refuerzos, que llegaron cuando los infantes abandonaban la ciudad. El ejército del monarca árabe rápidamente les alcanzó y se produjo la batalla. Los dos príncipes perdieron la vida, así como todos los soldados cristianos. El cuerpo de Don Pedro fue llevado a sus familiares, pero el cuerpo de Don Juan se perdió en un barranco. El hijo de éste escribió a Ismael pidiéndole que buscara el cadáver de su padre y que no le deshonrara. Ismael así lo hizo y finalmente devolvió a los suyos el cadáver con grandes honores.
En la Sala de Embajadores hay un balcón desde donde se ven las callejuelas del Albaicín. Desde allí miraba el autor los quehaceres diarios de sus moradores y frecuentemente se imaginaba sus historias.
Vio la procesión de una novicia que iba a tomar el velo en un convento, y los amores furtivos de una granadina que esperaba fervientemente a su amante en el balcón y el galán siempre aparecía disfrazado. Su fiel escudero Mateo siempre le sacaba del ensimismamiento y le devolvía a la realidad contándole las verdaderas historias de la gente que había visto. Una tarde le señaló una casa del Albaicín y le contó la historia de un albañil muy pobre que se convirtió, de la noche a la mañana, en uno de los hombres más ricos de la ciudad.
Un día el autor vio, como si de un espejismo se tratara, apostado junto a la Fuente de los Leones, a un verdadero moro. Tras percatarse de que ese hombre era de carne y hueso, entabló una conversación con él, y el moro le dijo que era un mercader beréber y que siempre que visitaba Granada se acercaba a la Alhambra.
En la conversación surge el nombre de Boabdil, el Rey Chico, según el beréber, "el príncipe traidor que vendió la Alhambra y la ciudad a los reyes cristianos".
Irving cree que Boabdil ha sido durante toda la historia injustamente tratado, infinitamente calumniado y objeto de mofas constantes, por lo que investiga la historia del rey "Infortunado".
Las habitaciones por donde escapó Boabdil de la Alhambra para entregar las llaves de la ciudad se encuentran en la Torre de Comares. Desde entonces se encuentra tapiada la puerta por la que huyó.
El autor cabalga siguiendo la ruta que la familia de Boabdil debió seguir al dejar Granada atrás: la Torre de los Siete Suelos, la Puerta de los Molinos, la ermita de San Sebastián (donde entregó las llaves de la ciudad a Fernando el Católico), la Cuesta de las Lágrimas (donde el desposeído rey miró por última vez la ciudad) y el Último Suspiro del Moro, donde su madre Aixa al verle llorar le dijo la célebre frase que ha llegado hasta nuestros días: "Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre".
Quizás la fama que se le ha dado a Boabdil es cruelmente injusta, en el sentido de que sólo se habla de ese momento en que entrega y abandona Granada, sin tener en cuenta que mientras reinó fue un monarca bastante justo.
Es algo bastante común en España contar historias, reales o ficticias, y leyendas que enriquezcan la mente de quienes las escuchen.
Una de las leyendas que más se repite es acerca de la de la cantidad de tesoros escondidos que hay bajo los castillos y atalayas moriscas. Esto se debe a que en muchos casos se han encontrado ánforas y jarrones llenos de monedas, pero también la causa está en que durante las guerras entre moros y cristianos las fortalezas y castillos cambiaban tantas veces de dueño que escondían sus objetos más preciados pensando que la marcha era sólo temporal.
La Alhambra también es susceptible a este tipo de narraciones encantadas y muchas son las leyendas que circulan respecto al sinfín de tesoros ocultos bajo sus piedras.
A los tres meses de vevir en la Alhambra como verdadero soberano llegaron visitantes.
Se trataba de un viejo conde que, al terminar el verano, gozaba de unas vacaciones temporales en el palacio granadino, junto a su familia, comitiva y criados.
La persona más interesante de esta familia era Carmen, la hija del conde, de unos 16 años de edad, que como buena andaluza todo lo hacía bien y, aparente e inocentemente, sin esfuerzo.
El conde y el escritor se repartieron las dependencias cortésmente, de tal manera que el viejo conde y su gente ocuparon las habitaciones anexas al Patio de los Leones, mientras que Irving se replegaba a la zona de Lindaraja.
Una tarde, Carmen invita a sus amigas de Granada al palacio y todos deciden ir a pasear hasta los románticos jardines del Generalife, que albergaban entonces los retratos de todos los reyes y personajes ilustres que por allí habían pasado.
Estando en aquel vergel colmado de flores, suena desde la vega del Darro una guitarra, y comienzan a correr las leyendas sobre aquel lugar.
Otro día Irving se propone dar un paseo a su fiel escudero Mateo hasta la colina más alta de Granada: el Cerro del Sol. Así salen por la Puerta de la Justicia y pasan junto a la Torre de los Siete Suelos, atraviesan el Generalife, y Mateo cuenta sus fantásticas historias.
Habla del Velludo, una figura fantasmagórica que sale por las noches; se trata de un caballo sin cabeza perseguido por una jauría de perros que enseñan los colmillos y van mordiéndole las pezuñas. Se cuenta que es el espíritu de un rey que mató a sus seis hijos.
Cruzan unos aljibes moriscos donde por las noches también aparecen fantasmas los moros. Y Mateo cuenta la historia de la olla que aparecía en un agujero de esa montaña, que no se veía lo que contenía, pero cuando alguien iba a cogerla desaparecía repentinamente.
Y cuenta que el tío Nicolás se dedicaba a coger hielo por la noche, que llevaba a Granada al amanecer; pero era un hombre que tenía gran facilidad para quedarse dormido. Un día la acémila le llevó hasta un lugar desconocido y cuando despertó vio una ciudad morisca y una procesión de soldados moros, todos ataviados de negro. En una mula blanca iba el Padre Inquisidor, y él le saludó, pensando que si ese hombre estaba ahí no había de tener miedo. Entonces un moro le empujó hacia un barranco. Cuando despertó todo había pasado. La gente no le creyó pensando que era producto de algún sueño. Lo cierto es que el Inquisidor murió aquel mismo año.
Paseaba otro día Irving entre la Alhambra y el Generalife cuando encontró una torre que todavía no había visto: era la Torre de las Infantas. Y justo en ese momento salió a la ventana una hermosa joven, que resultaba ser recién casada con un hombre entrado en años.
La tradición oral cuenta que la torre se llama así porque un rey tirano de Granada encerró allí a sus tres hijas y ocultó su belleza a los ojos del resto de los mortales. Sólo las permitía salir por la noche, que montaban a caballo y recorrían las colinas cercanas. Nadie podía hablarles bajo pena de muerte.
Todavía hoy se oyen los cascos de sus caballos en las noches de luna llena y desaparecen si alguien se digna a hablarlas.
Había un viejo soldado inválido en la Alhambra que vivía en una modesta y cómoda habitación en la Torre del Vino. Tenía más cicatrices que años y sus méritos como soldado no se vieron nunca recompensados, así que se pasaba el día escribiendo extensas cartas al Gobierno para que le pagara por sus servicios pasados.
Tenía un libro de máximas filosóficas que aplicaba a su propia vida personal.
El autor gozaba con la compañía de este veterano de guerra.
Con motivo del día de su onomástica, el conde celebró una fiesta adonde llegaron todos aquellos familiares lejanos, los que le guardaban sus posesiones y muchos más criados, todos enriquecidos a su costa. Su hija demostró tener grandes cualidades para el teatro.
En un momento determinado fue con un grupo de jóvenes, al anochecer, en busca de los misterios que tanto abundaban en la Alhambra.
Y llegaron a la Puerta de Hierro, pero no se atrevieron a entrar en el oscuro túnel que seguía porque contaban las malas lenguas que aparecía por las noches una mano sin cuerpo. Regresaron corriendo y aterrorizadas porque, al volver, habían visto dos figuras blancas que supusieron que eran fantasmas, aunque sólo eran dos estatuas.
Manuel, el sobrino de doña Antonia y futuro marido de Dolores, debe ir a Málaga a hacer el examen que le brindará el título para poder ejercer como médico.
Un viejo soldado inválido, el tío Polo, le enjaeza la mula al joven. Este hombre le llama la atención a Irving porque siempre lleva un tomo del Padre Feijoo consigo.
A la vuelta de Manuel se celebra una fiesta porque el muchacho ya es médico y, en esa fiesta, Dolores presenta al tío Polo como uno de los residentes de la Alhambra que más historias conocen de ella.
Finalmente el autor nos regala las historias de dos reyes constructores de la Alhambra: el que la empezó y el que la acabó.
En el siglo XII hubo un rey moro en Granada que fue colocado en el trono por el pueblo. Se llamaba Mohamed Ibn Alahmar, y la tradición oral dice que era, además, alquimista y mago.
La verdad es que él construyó en Granada escuelas, hospitales; enriqueció a los pobres; trajo agua a la ciudad; evitó una guerra contra los cristianos, pues habiendo sitiado Fernando el Santo Jaén fue Mohamed a hablar con él y se convirtió en su vasallo.
A pesar de ser benevolente con su pueblo y de que se atormentaba por luchar contra sus hermanos de religión junto a las hordas cristianas, enriqueció a la ciudad de Granada. Y en una montaña comenzó a construir un palacio lleno de fuentes, jardines y le proveyó con salones bellísimos.
Su pueblo le adoraba.
Siendo anciano salió con su ejército de la ciudad y una lanza se quebró en una de las puertas. Era símbolo de mal augurio, pero sin embargo el rey quiso seguir su camino. De repente se vio aquejado por una terrible enfermedad y falleció poco después, lejos de su ciudad querida. Está enterrado en la Alhambra.
La Alhambra se terminó de construir en el siglo XIV por obra y gracia de otro carismático monarca, Yusuf Abul Hagig. Se caracterizó este rey por ser magnánimo hasta con sus enemigos, y muy pacífico a pesar de que en la época que le tocó vivir no paró de luchar contra Alfonso XI de Castilla. También construyó hospitales, escuelas, mezquitas... llegando a dotar a Granada de una gran prosperidad. Trajo a su reino riqueza, seguridad, educación y elegancia. Terminó el palacio de la Alhambra, empezado por sus antecedores, y su nombre aparece esculpido en las paredes.
El rey castellano sitió Gibraltar y cuando Yusuf llegó con sus tropas hasta allí se enteró de que Alfonso XI había fallecido. No se luchó aquel día y la comitiva fúnebre fue respetada en silencio por todos los moros.
Un día rezaba Yusuf en la Mezquita de la Alhambra cuando alguien entró y le apuñaló con una daga. Expiró poco después. Su asesino fue descuartizado y sus miembros expuestos públicamente. Al rey se le enterró bajo una lápida de mármol que llevaba una inscripción en la que se ensalzaban y alababan sus grandes cualidades, pero se perdió y no se sabe en qué lugar exacto de la Alhambra está enterrado.
Y como todos los sueños, también los bellos viajes llegan a su fin.
Unas cartas sacaron del ensueño a nuestro autor, pues sus asuntos le llamaban a su país. En ese adiós se hace llamar Rey Chico II pues, como Boabdil, paró a mirar Granada por última vez en el paraje donde siglos atrás parara el rey en su exilio, aquel paraje llamado "el Último Suspiro del Moro".
En su tartana y acompañado durante unas millas por unos cuantos amigos con los que había compartido grandes momentos Irving dice definitivamente adiós al sueño en el que estuvo inmerso en Granada.
[Faltan varias leyendas que he preferido sacar fuera.]
Washington Irving visitó la Alhambra en 1829 y escribió una serie de cuentos y leyendas que corrían de boca a boca entre las ingenuas gentes del siglo XIX y nos relata de un modo costumbrista cómo era España en aquella época y, más concretamente, Granada, además de narrarnos con todo detalle las costumbres y hábitos de los habitantes de la zona.
Junto a muchos de estos relatos, el escritor plasmó delicados dibujos sobre lugares de la Alhambra que tanto asombraban en su época tal y como en la actualidad lo siguen haciendo.
No estoy de acuerdo con la descripción general que el autor hace de España, que limita a unos simples "paisajes de vastas llanuras y pueblos en lo alto de colinas". El paisaje español es mucho más variado y heterogéneo que eso.
Irving emprende el viaje desde Sevilla hasta Granada junto al embajador de Rusia en Madrid, amigo suyo, y contratan a un joven vizcaíno para que les hiciera de guía a través de los peligrosos caminos y a la vez les surtiera las alforjas. Le llamaban "Sancho".
La descripción de los famosos bandoleros andaluces y de las filas de arrieros junto a la hospitalidad que encontraron en las posadas del camino es lo más característico del viaje.
El autor llega a la Alhambra y encuentra allí un guía muy especial, un personaje peculiar que alega ser un "hijo de la Alhambra".
Allí visitan los Palacios Nazaríes, que en aquel momento estaban siendo cuidados por una noble mujer, doña Antonia. Entonces comienzan a contarles las primeras leyendas.
Un soldado inválido vio cómo le llamaban los fantasmas de los Abencerrajes asesinados y salió huyendo despavorido. El siguiente hombre que vio los mismos fantasmas no huyó; sin embargo, salió de la Alhambra rico y se habla de que este inválido sí que hizo buen uso de la información que le dieron los espíritus de los moros.
Alrededor de la Alhambra corrían entonces numerosas leyendas, sobre todo aquellas que dicen que bajo sus cimientos los moros escondieron muchos tesoros.
Después de la obligada visita al palacio, el autor y su acompañante hacen la visita de rigor al Gobernador de Granada y le expresan su incredulidad acerca de que teniendo un palacio tan magnífico como la Alhambra viva en el centro de la ciudad.
Entonces el Gobernador les ofrece a los viajeros sus habitaciones de la Alhambra y les desea una feliz estancia. Los dos visitantes no creen su suerte pero pronto comienzan una vida semejante a la de reyes pasados. Más tarde las obligaciones llaman al embajador a Madrid y se tiene que ir, quedando sólo Irving como monarca absoluto de la Alhambra.
Dolores, la sobrina de doña Antonia y quien en la práctica se encarga del palacio, tiene dos palomos a los que mima. Un día abre la ventana y uno de ellos se marcha; no volverá hasta que tenga hambre, cosa que desespera a la joven. Después le cortará las alas. Es una anécdota con una buena moraleja.
Dice el proverbio: "La pena sufrida de noche es alegría por la mañana".
Su primo Manuel, que también vive allí, está enamorado de Dolores y quiere casarse con ella.
"Cuanto más opulentos han sido los habitantes de una mansión en los días de prosperidad, más humildes son los descendientes cuando llega la decadencia y, a menudo, el palacio del rey termina siendo el asilo de un mendigo".
La Alhambra en la época que la visitó Irving albergaba gente muy pobre, muchos eran inválidos de guerra cuyo servicio al rey y a la patria nunca se vieron recompensados, además de que su casta se convirtió en una clase decadente.
La viejecita Mª Antonia Sabonea, la "reina Coquina", de la que se dice que es bruja; un viejo con nariz de borracho, "Alonso de Aguilar", que dice ser descendiente del Gran Capitán; el guía del escritor, Mateo Jiménez, con una prole numerosa y más infinita todavía su sagacidad para contar historias sobre aquel lugar... son algunos de los habitantes de la Alhambra.
En las torres los habitantes de la Alhambra ponen sus cañas para pescar en el cielo, actividad que se reitera por las tardes para cazar a las aves que se resguardan en los recovecos del sinnúmero de grietas del palacio, torres y murallas.
"Existen dos clases de gentes para quienes la vida es una fiesta continua: los muy ricos y los muy pobres. Los primeros porque no necesitan hacer nada; los segundos, porque no tienen nada que hacer".
Un día nuestro autor llega al Salón de Embajadores, sala que utilizará como reposo y como fuente de inspiración. Desde el mirador descubre los contrastes de la Granada cristiana y la Granada musulmana. Asimismo hace un repaso a los ocho siglos de permanencia árabe en España, donde florecieron todas las ciencias, se construyeron innumerables y maravillosos edificios, hoy en ruinas, personas que aprendieron a convivir con sus gentes y que finalmente fueron echados al otro lado del estrecho. El legado que los musulmanes dejaron en España es inmenso. En ese mismo mirador Carlos V dijo en su día: "¡Fatal destino el del hombre que perdió todo esto!".
Otro día Irving encuentra una puerta cerrada con llave y en su mente fantástica empiezan a desarrollarse todo tipo de misterios sobre esas estancias vacías que hay detrás de la puerta.
La curiosidad le lleva a pedir la llave y en el interior se encuentra con el Mirador de Lindaraja, la Torre de Comares y el Tocador de la Reina.
Lindaraja era hija del alcaide de Granada en tiempos en que Mohammed V fue despojado del trono y el rey fue acogido en casa del alcaide. Cuando el monarca volvió a ocupar su trono recompensó al alcaide otorgando a su hija Lindaraja esas habitaciones y a uno de sus más fieles súbditos en matrimonio.
Las estancias están decoradas con adornos de la época de Felipe V (último rey que vivió en la Alhambra) y el mirador de la parte superior de la torre se convirtió en el Tocador de la Reina, pues fue el tocador de la esposa de Felipe V, Isabel de Farnesio.
Irving decide trasladarse con sus cosas a esas habitaciones. La primera noche allí la imaginación del autor le produce fantásticas visiones aterrorizadoras, y así durante varias noches, hasta que llegó la luna llena y por primera vez vio con otros ojos aquel lugar mágico, desaparenciendo el terror inicial.
La Torre de Comares es la que se eleva sobre los Palacios Nazaríes. En la actualidad no se puede subir hasta arriba, así que nos conformaremos con las magníficas vistas que nos describe Washington Irving en este fragmento.
Tras describir la panorámica que se ve desde los cuatro puntos cardinales, cuenta la anécdota que narra fielmente la generosidad del rey Ismael Ben Ferrag que, asomado en esta torre en 1319, vio un campamento cristiano a orillas de Granada. Esas tropas iban lideradas por los príncipes Don Juan y Don Pedro, que saqueaban Granada a diario, esperando que el rey moro saliera de su fortaleza para enfrentarse a ellos. Pero Ismael esperaba refuerzos, que llegaron cuando los infantes abandonaban la ciudad. El ejército del monarca árabe rápidamente les alcanzó y se produjo la batalla. Los dos príncipes perdieron la vida, así como todos los soldados cristianos. El cuerpo de Don Pedro fue llevado a sus familiares, pero el cuerpo de Don Juan se perdió en un barranco. El hijo de éste escribió a Ismael pidiéndole que buscara el cadáver de su padre y que no le deshonrara. Ismael así lo hizo y finalmente devolvió a los suyos el cadáver con grandes honores.
En la Sala de Embajadores hay un balcón desde donde se ven las callejuelas del Albaicín. Desde allí miraba el autor los quehaceres diarios de sus moradores y frecuentemente se imaginaba sus historias.
Vio la procesión de una novicia que iba a tomar el velo en un convento, y los amores furtivos de una granadina que esperaba fervientemente a su amante en el balcón y el galán siempre aparecía disfrazado. Su fiel escudero Mateo siempre le sacaba del ensimismamiento y le devolvía a la realidad contándole las verdaderas historias de la gente que había visto. Una tarde le señaló una casa del Albaicín y le contó la historia de un albañil muy pobre que se convirtió, de la noche a la mañana, en uno de los hombres más ricos de la ciudad.
Un día el autor vio, como si de un espejismo se tratara, apostado junto a la Fuente de los Leones, a un verdadero moro. Tras percatarse de que ese hombre era de carne y hueso, entabló una conversación con él, y el moro le dijo que era un mercader beréber y que siempre que visitaba Granada se acercaba a la Alhambra.
En la conversación surge el nombre de Boabdil, el Rey Chico, según el beréber, "el príncipe traidor que vendió la Alhambra y la ciudad a los reyes cristianos".
Irving cree que Boabdil ha sido durante toda la historia injustamente tratado, infinitamente calumniado y objeto de mofas constantes, por lo que investiga la historia del rey "Infortunado".
Las habitaciones por donde escapó Boabdil de la Alhambra para entregar las llaves de la ciudad se encuentran en la Torre de Comares. Desde entonces se encuentra tapiada la puerta por la que huyó.
El autor cabalga siguiendo la ruta que la familia de Boabdil debió seguir al dejar Granada atrás: la Torre de los Siete Suelos, la Puerta de los Molinos, la ermita de San Sebastián (donde entregó las llaves de la ciudad a Fernando el Católico), la Cuesta de las Lágrimas (donde el desposeído rey miró por última vez la ciudad) y el Último Suspiro del Moro, donde su madre Aixa al verle llorar le dijo la célebre frase que ha llegado hasta nuestros días: "Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre".
Quizás la fama que se le ha dado a Boabdil es cruelmente injusta, en el sentido de que sólo se habla de ese momento en que entrega y abandona Granada, sin tener en cuenta que mientras reinó fue un monarca bastante justo.
Es algo bastante común en España contar historias, reales o ficticias, y leyendas que enriquezcan la mente de quienes las escuchen.
Una de las leyendas que más se repite es acerca de la de la cantidad de tesoros escondidos que hay bajo los castillos y atalayas moriscas. Esto se debe a que en muchos casos se han encontrado ánforas y jarrones llenos de monedas, pero también la causa está en que durante las guerras entre moros y cristianos las fortalezas y castillos cambiaban tantas veces de dueño que escondían sus objetos más preciados pensando que la marcha era sólo temporal.
La Alhambra también es susceptible a este tipo de narraciones encantadas y muchas son las leyendas que circulan respecto al sinfín de tesoros ocultos bajo sus piedras.
A los tres meses de vevir en la Alhambra como verdadero soberano llegaron visitantes.
Se trataba de un viejo conde que, al terminar el verano, gozaba de unas vacaciones temporales en el palacio granadino, junto a su familia, comitiva y criados.
La persona más interesante de esta familia era Carmen, la hija del conde, de unos 16 años de edad, que como buena andaluza todo lo hacía bien y, aparente e inocentemente, sin esfuerzo.
El conde y el escritor se repartieron las dependencias cortésmente, de tal manera que el viejo conde y su gente ocuparon las habitaciones anexas al Patio de los Leones, mientras que Irving se replegaba a la zona de Lindaraja.
Una tarde, Carmen invita a sus amigas de Granada al palacio y todos deciden ir a pasear hasta los románticos jardines del Generalife, que albergaban entonces los retratos de todos los reyes y personajes ilustres que por allí habían pasado.
Estando en aquel vergel colmado de flores, suena desde la vega del Darro una guitarra, y comienzan a correr las leyendas sobre aquel lugar.
Otro día Irving se propone dar un paseo a su fiel escudero Mateo hasta la colina más alta de Granada: el Cerro del Sol. Así salen por la Puerta de la Justicia y pasan junto a la Torre de los Siete Suelos, atraviesan el Generalife, y Mateo cuenta sus fantásticas historias.
Habla del Velludo, una figura fantasmagórica que sale por las noches; se trata de un caballo sin cabeza perseguido por una jauría de perros que enseñan los colmillos y van mordiéndole las pezuñas. Se cuenta que es el espíritu de un rey que mató a sus seis hijos.
Cruzan unos aljibes moriscos donde por las noches también aparecen fantasmas los moros. Y Mateo cuenta la historia de la olla que aparecía en un agujero de esa montaña, que no se veía lo que contenía, pero cuando alguien iba a cogerla desaparecía repentinamente.
Y cuenta que el tío Nicolás se dedicaba a coger hielo por la noche, que llevaba a Granada al amanecer; pero era un hombre que tenía gran facilidad para quedarse dormido. Un día la acémila le llevó hasta un lugar desconocido y cuando despertó vio una ciudad morisca y una procesión de soldados moros, todos ataviados de negro. En una mula blanca iba el Padre Inquisidor, y él le saludó, pensando que si ese hombre estaba ahí no había de tener miedo. Entonces un moro le empujó hacia un barranco. Cuando despertó todo había pasado. La gente no le creyó pensando que era producto de algún sueño. Lo cierto es que el Inquisidor murió aquel mismo año.
Paseaba otro día Irving entre la Alhambra y el Generalife cuando encontró una torre que todavía no había visto: era la Torre de las Infantas. Y justo en ese momento salió a la ventana una hermosa joven, que resultaba ser recién casada con un hombre entrado en años.
La tradición oral cuenta que la torre se llama así porque un rey tirano de Granada encerró allí a sus tres hijas y ocultó su belleza a los ojos del resto de los mortales. Sólo las permitía salir por la noche, que montaban a caballo y recorrían las colinas cercanas. Nadie podía hablarles bajo pena de muerte.
Todavía hoy se oyen los cascos de sus caballos en las noches de luna llena y desaparecen si alguien se digna a hablarlas.
Había un viejo soldado inválido en la Alhambra que vivía en una modesta y cómoda habitación en la Torre del Vino. Tenía más cicatrices que años y sus méritos como soldado no se vieron nunca recompensados, así que se pasaba el día escribiendo extensas cartas al Gobierno para que le pagara por sus servicios pasados.
Tenía un libro de máximas filosóficas que aplicaba a su propia vida personal.
El autor gozaba con la compañía de este veterano de guerra.
Con motivo del día de su onomástica, el conde celebró una fiesta adonde llegaron todos aquellos familiares lejanos, los que le guardaban sus posesiones y muchos más criados, todos enriquecidos a su costa. Su hija demostró tener grandes cualidades para el teatro.
En un momento determinado fue con un grupo de jóvenes, al anochecer, en busca de los misterios que tanto abundaban en la Alhambra.
Y llegaron a la Puerta de Hierro, pero no se atrevieron a entrar en el oscuro túnel que seguía porque contaban las malas lenguas que aparecía por las noches una mano sin cuerpo. Regresaron corriendo y aterrorizadas porque, al volver, habían visto dos figuras blancas que supusieron que eran fantasmas, aunque sólo eran dos estatuas.
Manuel, el sobrino de doña Antonia y futuro marido de Dolores, debe ir a Málaga a hacer el examen que le brindará el título para poder ejercer como médico.
Un viejo soldado inválido, el tío Polo, le enjaeza la mula al joven. Este hombre le llama la atención a Irving porque siempre lleva un tomo del Padre Feijoo consigo.
A la vuelta de Manuel se celebra una fiesta porque el muchacho ya es médico y, en esa fiesta, Dolores presenta al tío Polo como uno de los residentes de la Alhambra que más historias conocen de ella.
Finalmente el autor nos regala las historias de dos reyes constructores de la Alhambra: el que la empezó y el que la acabó.
En el siglo XII hubo un rey moro en Granada que fue colocado en el trono por el pueblo. Se llamaba Mohamed Ibn Alahmar, y la tradición oral dice que era, además, alquimista y mago.
La verdad es que él construyó en Granada escuelas, hospitales; enriqueció a los pobres; trajo agua a la ciudad; evitó una guerra contra los cristianos, pues habiendo sitiado Fernando el Santo Jaén fue Mohamed a hablar con él y se convirtió en su vasallo.
A pesar de ser benevolente con su pueblo y de que se atormentaba por luchar contra sus hermanos de religión junto a las hordas cristianas, enriqueció a la ciudad de Granada. Y en una montaña comenzó a construir un palacio lleno de fuentes, jardines y le proveyó con salones bellísimos.
Su pueblo le adoraba.
Siendo anciano salió con su ejército de la ciudad y una lanza se quebró en una de las puertas. Era símbolo de mal augurio, pero sin embargo el rey quiso seguir su camino. De repente se vio aquejado por una terrible enfermedad y falleció poco después, lejos de su ciudad querida. Está enterrado en la Alhambra.
La Alhambra se terminó de construir en el siglo XIV por obra y gracia de otro carismático monarca, Yusuf Abul Hagig. Se caracterizó este rey por ser magnánimo hasta con sus enemigos, y muy pacífico a pesar de que en la época que le tocó vivir no paró de luchar contra Alfonso XI de Castilla. También construyó hospitales, escuelas, mezquitas... llegando a dotar a Granada de una gran prosperidad. Trajo a su reino riqueza, seguridad, educación y elegancia. Terminó el palacio de la Alhambra, empezado por sus antecedores, y su nombre aparece esculpido en las paredes.
El rey castellano sitió Gibraltar y cuando Yusuf llegó con sus tropas hasta allí se enteró de que Alfonso XI había fallecido. No se luchó aquel día y la comitiva fúnebre fue respetada en silencio por todos los moros.
Un día rezaba Yusuf en la Mezquita de la Alhambra cuando alguien entró y le apuñaló con una daga. Expiró poco después. Su asesino fue descuartizado y sus miembros expuestos públicamente. Al rey se le enterró bajo una lápida de mármol que llevaba una inscripción en la que se ensalzaban y alababan sus grandes cualidades, pero se perdió y no se sabe en qué lugar exacto de la Alhambra está enterrado.
Y como todos los sueños, también los bellos viajes llegan a su fin.
Unas cartas sacaron del ensueño a nuestro autor, pues sus asuntos le llamaban a su país. En ese adiós se hace llamar Rey Chico II pues, como Boabdil, paró a mirar Granada por última vez en el paraje donde siglos atrás parara el rey en su exilio, aquel paraje llamado "el Último Suspiro del Moro".
En su tartana y acompañado durante unas millas por unos cuantos amigos con los que había compartido grandes momentos Irving dice definitivamente adiós al sueño en el que estuvo inmerso en Granada.
[Faltan varias leyendas que he preferido sacar fuera.]
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