sábado, abril 21, 2007

Cuadernos de viaje IV: Córdoba (14 de abril, un buen día para nacer)

Fue un día especial. No es porque fuera el día de la República, o porque tal día como aquel hace unas décadas empezara a hundirse el Titanic, no. Este día, aparte de conocer y visitar una ciudad maravillosa y entablar conversaciones, a simple vista triviales, con los simpatiquísimos cordobeses, me caía un año más. Y no celebré mi cumpleaños en los sitios habituales, sino que estuve muy lejos de la rutina. Por eso y mucho más, no será tan fácil olvidar este día. Disfruté como hacía tiempo que no lo hacía.
Recuerdo, al final del día, cuando esperaba en la estación el tren de vuelta a Granada, que me emocioné; parecía que mis pies se habían pegado para siempre a aquella ciudad, y es que no me esperaba algo como lo que me encontré. Pero unas horas antes me había emocionado también, fue al despedirme de la Mezquita en la puerta de salida.

Aquella ciudad tan elegante era una especie de imán para mí. En ella todo desde sus bellos monumentos y floridos balcones hasta sus gentes irradian una alegría y una vitalidad inaudita, porque si algo tiene Córdoba es fuerza, una energía extraña que te hace sentir en tu propia casa, una tibieza que se deja sentir en el aire y un color inaudito que se siente a través de todas y cada una de sus piedras. El color de la vida, de una vida pasada que nos dejó un legado inmenso, de una vida presente que cuida de ese pasado y que se deja ver entre las macetas que lucen suntuosas bajo los rayos de sol y de una vida futura que recogerá el relevo para perpetuar esa belleza a través de los siglos.
Nunca imaginé que Córdoba me iba a impresionar y encandilar tanto. Me enamoré de aquello, quizás porque no me esperaba todo lo que iba a ver allí.
Hoy, varios días después, cuando rememoro todo lo que escribí entonces, me estremezco al revivir todos aquellos momentos que perdurarán para siempre en mi alma.
Sí, Córdoba me dejó huella, una huella profunda imposible de borrar con el paso del tiempo.

6 a.m. El teléfono suena y me levanta de la cama, aunque lo que no sabía mi hermano pequeño cuando me felicitaba a esa hora tan temprana era que me había hecho un favor.

6.50h. El tren salía en dirección a Madrid, aunque esta vez no llegaría a final de viaje puesto que me bajaría en Córdoba.

Describir Córdoba es describir la alegría de sus gentes, cariñosos todos, muy andaluces. Córdoba enamora. Me alegro por haber decidido viajar hasta allí. Recuerdo aquella Canción del Jinete del gran Federico que nos tuvimos que aprender en clase.
Córdoba.
Lejana y sola.

Jaca negra, luna grande,
y aceitunas en mi alforja.
Aunque sepa los caminos
yo nunca llegaré a Córdoba.

Por el llano, por el viento,
jaca negra, luna roja.
La muerte me está mirando
desde las torres de Córdoba.

¡Ay que camino tan largo!
¡Ay mi jaca valerosa!
¡Ay que la muerte me espera
antes de llegar a Córdoba!

Córdoba.
Lejana y sola.

Lorca pudo haber descrito algo más concreto de la ciudad.
Señorial, elegante, imponente, mágica...
Me decía un taxista al final de la tarde que los cordobeses no venden la ciudad sino que la ciudad se vende por sí sola. ¡Cuánta razón! Me ha encantado Córdoba... una ciudad para volver.

(*) El alma de Córdoba irradia de su casco antiguo, que rodea la Mezquita y se extiende junto a la ribera del Guadalquivir. Probablemente de origen cartaginés, su nombre puede derivar de Kartuba, que en fenicio significaba "ciudad rica y preciosa". Fue capital de la provincia romana y cuna del filósofo Séneca, pero no alcanzó su máximo apogeo hasta el siglo X, cuando Abderramán III creó el califato independiente de Córdoba. Su influencia se extendió al norte de África y las islas Baleares. La ciudad fue un emporio comercial y, en el terreno intelectual, los judíos trabajaban junto con cristianos y musulmanes. Una guerra civil acabó con el califato y la ciudad fue saqueada. Su decadencia fue progresiva tras caer en manos de Fernando III en 1236.

La estación de trenes es imponente, como todas aquellas por donde pasa el Ave. Un hombre me ha explicado dónde estaba la zona monumental y cómo llegar al centro. Eran las 9.30h cuando ponía pie en el parque de entrada del Alcázar de los Reyes Cristianos.
Dando una vuelta he encontrado un quiosco de información turística, donde me han entregado un mapa y me han señalado lo más importante para visitar en Córdoba.

Córdoba... Lejana y sola.
Cuando tuvimos que aprendernos ese poema éramos muy jóvenes, quizás teníamos 12 ó 13 años y, por supuesto, entonces era imposible que entendiéramos mucho del simbolismo que destilaba Federico García Lorca con sus palabras.
Lo recuerdo perfectamente, sobre todo porque dos gemelas tuvieron que repetir “Córdoba” varias veces al darse cuenta el profesor que decían “jdoba”. Vaya crueldad. ¿Qué más daba que pronunciaran la R como una J? Si fueran disléxicas, o más concretamente disfónicas, ya se habrían dado cuenta años atrás. Simplemente podría ser que se les hubiera pegado, por ejemplo, el acento madrileño.

Córdoba es especial. La entrada al Alcázar es sencilla, se ven los muros almenados entre un bosque de palmeras. Pero no abría hasta las 10h.
Así que he tenido que ir a una cafetería mientras abrían todo.

(*) Dicen las crónicas que el perímetro de las murallas de Córdoba (22 km) a comienzos del siglo XI era mayor que el espacio ocupado por la ciudad actual. El centro histórico se extiende en nuestros días por unas pocas hectáreas en torno al río, un espacio demasiado estrecho para tan importante pasado, la ciudad oriental más significativa del siglo X en Occidente.

1ª parada: Baños califales
Un vídeo nos ha explicado cómo se emperifollaban los árabes y, sobre todo, el Califa, personaje asiduo a estos baños subterráneos.
En la sala de agua caliente se cometieron dos asesinatos. ¿Por qué siempre lo que más llama la atención es lo morboso?
Los techos tienen lucernarias con forma de estrella (como todos los baños árabes), imitando así el firmamento.
Quedan en pie los arcos de herradura, los techos, columnas parecidas a las corintias.
La primera vez que se descubrieron estos baños fueron tapados de nuevo para ser desenterrados y mostrados al público en el siglo XX.

2ª parada: Alcázar de los Reyes Cristianos
(*) En las inmediaciones de la Mezquita y sobre restos romanos y árabes, Alfonso XI mandó construir en 1328 este Alcázar, llamado de los Reyes Cristianos para distinguirlo del que usaron los emires en las proximidades.
Durante la Reconquista, los Reyes Católicos lo utilizaron como alojamiento temporal.
Posteriormente fue sede de la Inquisición y, después, prisión hasta 1951.
Hoy en día, sus jardines y fuentes le confieren un aspecto mucho más agradable.


Un arco ojival en la entrada te enfrenta a una estatua de un caballero de piedra, semejante a las que puedes encontrarte en el puente del Cid en Burgos.
Entre techos bajos, paredes encaladas y antorchas (en la actualidad, eléctricas) en sus muros, arcos góticos, mosaicos verticales, salas reales, banderas y estandartes cristianos, arcones antiguos, estatuas y un sinfín de objetos que hoy en día son meramente decorativos terminas descubriendo un interior sencillo y elegante.
Una de las puertas te lleva por intrincadas escaleras de caracol a una azotea y a las torres, desde donde se pueden ver el antiguo minarete de la Mezquita (que se ve casi desde cualquier rincón de la ciudad) y la cúpula de la catedral, unido todo en el mismo conjunto arquitectónico, pues la catedral se construyó en el corazón de la Mezquita.

Un color: amarillo.
Un olor: azahar.

El Alcázar es un museo en su interior, donde cabe destacar su mosaicos en las paredes de una sala de trono. Uno de los que más llama la atención es el de Polifemo y Galatea.

Del patio se llega hasta los jardines, un vergel que imita los grandes jardines paradisíacos árabes. El constante olor a azahar nos acompaña todo el camino, es un olor penetrante y delicado a la vez.

Me he traído una flor de azahar; no he podido evitarlo.

Fuentes, naranjos, lirios, almendros, canales, geranios, estatuas, setos... todo perfectamente conjuntado, emulando casi a la perfección algo que podría considerarse el paraíso.

(*) El Alcázar de los Reyes Cristianos, construido a comienzos del siglo XIV, ocupa los espacios de anteriores residencias regias, donde vivió el mismísimo César (65 a. C.) así como emires y califas cordobeses. La mayoría de los reyes castellanos carecían de palacios propios y de residencia fija, quizás por eso los Trastámara lo ampliaron y acondicionaron hasta que los Reyes Católicos lo reformaron definitivamente para convertirlo en su cuartel general en los últimos años de guerra contra Granada. Aquí les nació la infanta María, futura reina de Portugal, y aquí retuvieron prisionero a Boabdil; también se celebraron aquí corridas de toros en honor al príncipe don Juan, cuando estaba en la corte Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.
En 1486 pasó por aquí Cristóbal Colón, mostrando por primera vez su proyecto a los Reyes, aunque tardara siete años en convencer a la reina Isabel.
Desde 1482 fue sede del tribunal de la Inquisición hasta su desaparición en 1821. Después fue cárcel y cuartel hasta mediados del siglo XX, momento en que fue acondicionado como museo y centro de eventos públicos, para lo que se restauró el patio mudéjar y los jardines, los más bellos de la ciudad, auténtico remanso de paz rodeado de figuras históricas.


Cuando sales del Alcázar, tus pasos te llevan irremediablemente hacia la torre que se ve casi desde todos los puntos de Córdoba, ese alminar desde donde se llamaba a la oración en tiempos de los omeyas. La entrada a la calle donde se perfila uno de los cuatro muros de esa fortaleza está presidida por un monolito, el monumento al Triunfo de San Rafael.

Imponen sus vastos muros de piedra, la Mezquita va decorada exteriormente con variadas puertas policromadas, donde los colores dominantes son el rojo y el oro, y todas esas puertas van coronadas con arcos de herradura sutilmente ornamentados.
Es la zona donde infinitas gitanas intentan hacer negocio con sus ramitas de romero y leyendo la mano de los turistas.

3ª parada: La Mezquita-Catedral de Córdoba

Huele a azahar también aquí. Los colores predominantes son el rojo, el blanco y el oro.




¿Qué tiene esta mezquita que impone tanto? Entras al Patio de los Naranjos que es inmenso y está lleno de palmeras, naranjos, fuentes y puertas de herradura, con un suelo empedrado y una arcada paralela al muro exterior. El suelo es empedrado.
Éste era el lugar donde los fieles practicaban el ritual de las abluciones antes de entrar a orar.
En principio estaba decorado con palmeras y olivos, después se plantaron los naranjos que dan nombre al patio.
Junto al minarete, torre desde donde el muecín llamaba a la oración, se saca la entrada para acceder al interior.
El suelo de la Mezquita estuvo cubierto de argamasa hecha con cal, grasa y arena.

"Entre todas las mezquitas musulmanas no tiene quien la iguale, tanto por la belleza de su arquitectura y grandeza de sus dimensiones como por sus adornos."

Mirar hacia arriba al entrar es un cúmulo de sensaciones variadas, que te hacen reflexionar sobre multitud de cosas. La belleza impera en todo el recinto.
El interior de la Mezquita es un bosque de arcos de herradura bícromos, paralelos en todos los sentidos. Quedan 856 columnas actualmente de las 1013 que tuvo antes de los derribos cristianos; los capiteles, todos diferentes, fueron traídos de otros edificios de tradición romana y visigoda. Las columnas son de mármol.

(*) La Mezquita fue construida a lo largo de más de 200 años, con varias ampliaciones, pero siempre siguiendo el proyecto inicial puesto que tenía los elementos técnicos y estéticos exclusivos de una obra perfecta. Así, Hishán I (788-796) concluyó las obras de su padre, Abderramán I, construyendo el primer minarete. Abderramán II (822-852) añadió a la primera sala ocho nuevos tramos, la mitad ocupada hoy por la catedral. En el año 951, el califa Abderramán III construyó el nuevo alminar de 48 metros de altura, del que sólo quedan los 22 metros de la actual torre. Este alminar influyó en todos los del Islam occidental. Al ampliar el patio, el califa tuvo que reformarlo y lo rodeó con el riwat, la galería porticada, alternando pilares y columnas. Fue su hijo Al-Hakám II quien volvió a ampliar la Mezquita, ya que era insuficiente por el aumento de población. Reestructuró el muro de la qibla, levantó la Maqsura y el Mihrab. En el año 987 Almanzor haría la última ampliación de ocho naves más.

Los arcos superpuestos de la Sala de Oración crean un espacio interior horizontal y elevado. La bicromía basada en la combinación de elementos constructivos, alternando las dovelas blancas y rojas, crea la ilusión de un espacio sin eje definido, estático y dinámico, que se abre en todas direcciones.
Los arcos lobulados de tradición abbasí, aun siendo fuertes sus elementos, confieren ligereza al entramado. A modo de tela de araña, hacen la función de elementos de descarga creando líneas de bellísimo efecto.

En el interior de la Mezquita, la Sala de Oración consigue altura mediante la doble arquería. En la Maqsura (oratorio del califa) fue necesario construir lucernarios más altos para reforzar la iluminación y acentuar el espacio en torno al Mihrab.
El Mihrab es una hornacina que señala la dirección hacia donde deben mirar los que oran. En este nicho se guardaba una copia dorada del Corán. Las baldosas desgastadas testimonian el paso de los peregrinos que daban siete vueltas a la estancia de rodillas.

El tejado estaba formado por armaduras de madera ocultas por un suntuoso techo decorado con motivos policromados, donde predominaba el color dorado.

(*) El Sahn o Patio de los Naranjos quedó delimitado por galerías cubiertas, exceptuando el lado que comunica con la Sala de Oración, donde 19 arcadas daban acceso a la misma. A través de ellas la luz penetraba difusa y rasante iluminando el extenso bosque de columnas. Con el transcurrir de los siglos, éstas han quedado cegadas por la construcción posterior de capillas, lo que ha alterado el espacio y la luminosidad originales.

Alminar significa "el lugar de la luz", "el lugar desde el que se extiende la Palabra, que ilumina el alma como la luz desvanece la sombra". Se ha especulado mucho sobre el segundo minarete. Unos dicen que estaba rematado por tres bolas, otros dicen que cinco. Hernán Ruiz II añadió al minarete un doble cuerpo para las campanas y el reloj en el siglo XVI, pero a causa de los terremotos se tuvo que añadir un forro, que es lo que se ve en la actualidad. Más tarde, se añadió un tercer cuerpo donde posa la estatua del protector de la ciudad, el arcángel San Rafael.

La catedral de Córdoba no llama mucho la atención, inmersa dentro de la Mezquita, porque la genial arquitectura árabe la eclipsa casi por completo.
La Capilla de Villaviciosa tiene como mérito ser la primera capilla cristiana construida en la Mezquita, en 1371, y está sustentada en arcos polilobulados.

La custodia dorada es uno de los tesoros mejor guardados.

Había aquel día una boda. Imaginé que tenía que ser genial casarse allí, en aquel lugar cuyas piedras tienen tantas historias y leyendas que contar.

Entre las callejuelas sinuosas he llegado a la calle de los Judíos, done se conserva una de las tres sinagogas que quedan en España (las otras dos están en Toledo). Es un recinto de planta rectangular con las paredes decoradas (sin dejar un hueco libre) con filigranas e inscripciones en hebreo, todo de mármol blanco.
Arcos de medio punto, de herradura y polilobulados cierran sus muros en la parte superior.
Se ve la Menorá de siete brazos, uno de los símbolos judíos.

(*) Se accede a la Sinagoga por un pequeño patio y un nártex contiguo situado bajo la tribuna de las mujeres.
Fue construida bajo el reinado de Alfonso XI en estilo mudéjar y está decorada con yeserías de clara influencia nazarí.

En el seno de esta comunidad se formó el teólogo judío más grande e influyente de todos los tiempos, Ben Maimún, conocido como Maimónides. A él se debe el dicho español "mantenerse en sus trece" por negarse a seguir resumiendo, como se le exigía, la Torá.

Sobre la entrada de la sinagoga hay una inscripción en hebreo que dice:

<<Bienaventurado el hombre que me oye para continuar aprendiendo sobre mis puertas de día en día para guardar los umbrales de mis entradas. Abrid las puertas, y entre la nación de los justos que guardan fidelidad.>>
Muy cerca de la sinagoga se alza la estatua en bronce de Maimónides, oriundo de la ciudad.

(*) Maimónides (1135-1204) fue médico y teólogo que recopiló la Torá y es considerado como la auténtica figura cumbre del pensamiento judío de todos los tiempos.
A los 23 años tuvo que huir por las persecuciones religiosas de Al-Andalus y se refugió en Fez. Murió en Fusat (Egipto).

Después llegó la ruta por las calles. Los patios cordobeses están muy bien cuidados, no me extraña que tengan tanta fama, las calles serpentean en los alrededores de la Mezquita, con casi todas las casas vestidas de blanco y amarillo.

(*) Desde tiempos remotos, la vida familiar y social andaluza se ha desarrollado en los patios. Las salas y los dormitorios giran en torno a este espacio que proporciona aire y luz a toda la casa. Arcos de ladrillo, azulejos de colores, hierro forjado, naranjos y limoneros y macetas cuajadas de flores se suman al encanto de estos espacios que proporcionan frescura y serenidad.
Córdoba se enorgullece de todos sus patios: de los palaciegos, de los señoriales y de los minúsculos de las casas humildes, compartidos entre los vecinos.

Las paredes del patio andaluz suelen estar encaladas y contrastan con el colorido de los geranios y claveles que crecen en las macetas de barro. El perfume de las flores embriaga el ambiente.
Los faroles, ahora adaptados a la luz eléctrica, iluminan los patios al atardecer.
Los azulejos, de raíces árabes, decoran la mayoría de los patios, aportando múltiples notas de color.
Las cancelas, de complejos diseños, son encajes de forja que permiten airear el patio y preservan la intimidad.
Las fuentes o pozos en el centro de los patios permiten disponer de agua y refrescan el ambiente.


A principios de mayo se celebra en Córdoba el tradicional concurso de patios y el ganador recibe un prestigioso premio.

En uno de los cruces de esas calles comí unas patatas al ali-oli tras junto a la Judería y, tras buscar sin éxito, el famoso Museo Taurino donde está una réplica yacente de Manolete y la cabeza del toro que le mató ("Islero" recuerdo que se llamaba). Estaban restaurándolo y, por tanto, no pude verlo.



La Calleja de las Flores es famosa por su estrechez y los blancos arcos que la cruzan, casi a la altura de las cabezas, además está llena de macetas y rejas.





Me tomé un café en un restaurante donde un mexicano cantaba rancheras entre las mesas con su guitarra. Era todo muy andaluz y la decoración acompañaba.



Y también allí entré en unos baños califales árabes, con arquerías pintadas en dos colores, alternando el rojo y el amarillo.


Caminando sin rumbo entre aquel enrejado de callejas, tropezándome con la estatua de Séneca en una plaza, llegué al centro, un lugar neurálgico donde la gente se sentaba al sol entre los parterres llenos de flores y junto a inmensas palmeras. Pasé por muchas iglesias, pero no me digné a entrar en ninguna.

Seguí mi camino a través de las calles típicas de Córdoba, siempre sin rumbo, intensificando aquel momento, llenando mis fosas nasales de aquel olor a azahar que tenía los mismos efectos que una droga.




De repente, en mi deambular, recorrí una calle que me dio al olfato (por decirlo de alguna manera). En las casas, todas abiertas de par en par, enseñando patios no tan cuidados como los que había visto, mulatas, orientales, negras, pálidas... alzaban su frente al sol. Sus ropas eran menudas, y tendederos desordenados se veían en alguna terraza. Enseguida caí que aquella calle, llamada Caldereros, era la calle de las putas.
Al salir de allí, me encontré frente al Guadalquivir, justo en el puente de Miraflores. Allí mismo, sobre las aguas, había un hombre, el Hombre Río, una escultura construida en el mismo material que se usa para los barcos, inmensa y colocada en el río en enero de este año, para disfrute del viajero.Seguí paralela al río en dirección al Puente Romano, también en obras. Así que la Torre de La Calahorra, en la otra orilla, justo donde termina este puente, tampoco pude verla.
Pero al menos sí que pude subir a la Puerta del Puente, situada en esta parte, junto al monumento del Triunfo de San Rafael, patrono de la ciudad, y junto al muro de la qibla de la Mezquita y, por encima, su alto minarete. Varios coches de la policía rondaban la zona y las gitanas de la mañana habían desaparecido.
La Mezquita estaba a punto de cerrar sus puertas y muchas tiendas empezaban a recogerse. Desde allí admiré las últimas horas en aquella ciudad: a mis espaldas rugía dulcemente el Guadalquivir, el aire cálido me acariciaba la cara, y frente a mí la Mezquita acechaba al tiempo entre sus piedras.


(*) El Triunfo de San Rafael, patrón de la ciudad, preside desde hace siglos los espacios públicos más relevantes, como expresión de devoción popular por el arcángel, sobre todo después de que en 1651 librara a Córdoba de la peste.
El más espectacular de estos monumentos se levantó entre la Mezquita y el puente romano. Fue realizado por Verdiguier en el siglo XVII con un pedestal figurativo de exaltado barroquismo, rematado por una esbelta columna, en cuya cima está el arcángel.


Cuando bajé de la azotea de la Puerta del Puente entré en un edificio antiguo, me senté en la cafetería del Patio y de fondo oía aplausos.
Era el Palacio de Congresos y Exposiciones y estaban dando una conferencia. Yo grabé aquel patio en mi retina, el atardecer de Córdoba entre una palmera milenaria, los puestos de cerámica y el empedrado convertido en tablao flamenco por las noches.

Y de repente me fui, con el corazón acongojado. No quería marcharme de allí.

2 comentarios:

K dijo...

No sé qué coño pasa con unas cuantas fotos que no se pueden ver. Ya lo miraré mañana que ahora no tengo ganas.

K dijo...

He conseguido poner todas las fotos con sólo cambiar el nombre. Ahora está completo, por fin :D