Hace muchos... muchos años, hubo un rey moro en Granada que sólo tenía un hijo, Ahmed, al que le llamaban Al Kamel (El Perfecto) porque todo lo hacía bien.
En el momento de su nacimiento, el rey llamó a la Corte a los mejores magos para que leyeran en las estrellas y auguraran el futuro de su hijo. Todos los sabios le dijeron que sería un noble soberano y su reinado sería próspero, que sería una gran persona, pero las buenas cualidades siempre van acompañadas de algo que las ensombrece. Así que a pesar de todo, este buen hacer del futuro príncipe podía desviarse del camino, puesto que si Ahmed caía bajo los designios del amor éste podía destruirle y toda su vida se tornaría desgraciada.
Así que su padre el rey mandó construir un bello palacio fortificado, que se viera por encima de las torres de la Alhambra, que estuviera suficientemente aislado del mundo. Allí envió a su hijo, al cuidado de un severo filósofo y rígido profesor que había venido y aprendido todo su saber en Egipto. Su nombre era Eben Bonabben. El rey le dio carta blanca para darle toda la educación a su hijo y de la manera que mejor creyera, pero debía privarle de las enseñanzas del Amor.
Ese palacio aislado del mundo era el Generalife.
A medida que fue pasando el tiempo, el joven que poseía una gran docilidad para acatar todo lo que le ordenaba su maestro, había aprendido todas las materias que su viejo profesor le iba enseñando. Había dos cosas que le llamaban expresamente la atención: la poesía y la música. Y así empezó a componer rimas y melodías a los elementos de la naturaleza, tanto animados como inanimados; sus letras cantaban a los pájaros y a las flores, a los árboles, al agua, al sol y a las piedras.
El profesor se alarmó ante estos deseos implícitos de adoración a la naturaleza y esos devaneos locos innatos e inevitables en todos los seres vivos, y encerró al joven príncipe en la más alta torre. Allí le enseñó un nuevo entretenimiento: el lenguaje de los pájaros. Ahmed lo aprendió rápidamente. Ya no se sentía tan solo allí arriba puesto que empezó a hablar con sus nuevos compañeros voladores: un gavilán, un búho, un murciélago, una golondrina que siempre habían tenido un lugar en aquella torre.
Al llegar la primavera y escuchar el trino de los ruiseñores a lo lejos y los demás cantos del resto de los pájaros, oyó por primera vez algo llamado "amor". Preguntó a sus compañeros voladores, aquellas aves que compartían aquella torre con él, pero ninguno supo o quiso explicarle "aquella tontería". Entonces el príncipe preguntó a su viejo profesor. Bonabben le aconsejó que era mejor olvidarse de aquella pesadilla pues altera los sentidos y vuelve locos a todos los que caían bajo sus efectos.
Pero el príncipe no estaba conforme ya que había observado en la naturaleza que donde había amor había alegría, que todos los que estaban bajo los efectos sedantes de aquella "cosa" gozaban de una inmensa felicidad y no conocían penas ni tristezas.
Un día entró por una ventana de la torre un palomo y el príncipe Ahmed le encerró en una jaula. El pájaro empezó a lamentarse de su mala suerte. Aunque el joven le daba toda una serie de caprichos, el palomo no probaba la comida y se quejaba de su desdicha. En sus quejas hablaba del Amor. Y esto interesó al príncipe.
Fue el palomo el que le explicó a Ahmed lo que era el Amor. Entonces el príncipe le dejó en libertad.
Mucho tiempo después, una tarde que estaba el príncipe paseando por el jardín, el palomo regresó y le dijo a Ahmed que había encontrado una princesa digna de él, más bella que todas las flores de su jardín. Le hizo una descripción tan cautivadora que Ahmed escribió a la joven unos versos de amor y el palomo se encargó de llevar la misiva a la cautiva.
Pasó el tiempo. Ahmed perdió toda esperanza. Ya creía que el palomo jamás regresaría y que se la había jugado cuando una noche el ave entró herida de muerte por una flecha, y le entregó al príncipe un collar de perlas y un retrato en miniatura de la muchacha.
Desde entonces, el príncipe deseó fervientemente conocer eso que llaman Amor, y conocer sobre todo a esa joven y su paradero, pues el palomo no había tenido ocasión de decírselo. Y un buen día decidió escaparse de esa prisión por cuyos barrotes se le estaba escapando la juventud. Pidió ayuda a sus compañeros, pero sólo pudo convencer al búho filósofo.
Así salieron de Granada en dirección a Sevilla. En esa ciudad el búho tenía como amigo a un viejo cuervo que sabía todos los secretos del mundo y no se le escapaba nada. Cuando llegaron a la ciudad, el cuervo, que se alojaba en la Giralda, no había visto ni oído hablar de la joven del retrato.
Tras escuchar la historia de Ahmed le aconsejó que fuera a ver a su amigo viajero, un personaje que había estado en muchos palacios y conocía a muchas princesas. A aquel viajero se le podía encontrar en el árbol más anciano de la Mezquita de Córdoba; era el Patio de los Naranjos su lugar preferido para contar historias de sus viajes. Hasta allí se dirigieron entonces el príncipe y el búho.
Cuando llegaron a la Mezquita, el viajero resultó ser un papagayo charlatán que contaba historias y congregaba a mucha gente a su alrededor.
Ahmed pidió hablar con él en privado. Y al enseñarle el retrato, el papagayo le dijo que era la princesa Aldegunda, hija de un rey cristiano de Toledo, pero que sería difícil verla, porque su padre la había encerrado para que nadie viera su belleza y porque iba a desposarla cuando cumpliera los 17 años.
El papagayo decidió acompañar a Ahmed y al búho. Y llegaron a Toledo. Desde la lejanía divisaron el palacio donde estaba encerrada la princesa. El papagayo se acercó y habló con Aldegunda, que estaba triste de amor. Al día siguiente la princesa cumpliría 17 años y su padre había convocado un torneo: quien lo ganara recibiría como trofeo la mano de su hija.
Debido a la fama de su belleza oculta, muchos eran los caballeros cristianos que habían venido de lejanas tierras para participar en el torneo.
Ahmed se lamentó. Estaba versado en letras y conocía las ciencias, pero jamás había tocado un arma. Entonces el búho, que todo lo sabe, le contó que había en Toledo una gruta donde en el pasado se había escondido un musulmán huyendo de la dominación cristiana de la ciudad. En aquella cueva murió dejando tras de sí un encantamiento sobre sus pertenencias: armas, coraza, corcel. Sólo podría coger aquellos objetos un hermano musulmán, y cuando se los hubiera puesto nadie podría vencerle. Pero al ponerse el sol el poderoso embrujo desaparecería.
Y así se presentó Ahmed en el torneo. Dijo ser el "Peregrino del Amor". Como sólo podían participar nobles, finalmente tuvo que confesar quién era realmente.
Mas un caballero se rió de su religión y Ahmed luchó contra él, pero una vez puestos en batalla los objetos encantados no podían parar, así que el príncipe se resignó y luchó contra todos los caballeros, incluso con el rey. Y entonces se puso el sol y huyó, desapareciendo en el interior de la gruta.
Cuando al día siguiente el papagayo volvió con noticias de los rumores, se decía que toda la ciudad de Toledo estaba consternada y que la princesa se había desvanecido y estaba enferma. Ningún médico de la Corte conseguía curarla. Entonces el rey ofreció como recompensa a aquél que curara a su hija elegir un objeto de su tesoro.
Tras descubrir que la princesa lloraba de pena y amor por Ahmed, el búho, gran consejero, le dijo al príncipe que en el tesoro real había una caja con una inscripción que nadie había conseguido descifrar, excepto sus amigos búhos. Dento de la caja había una alfombra mágica que sólo su poseedor podría poner en movimiento.
Entonces Ahmed se disfrazó de beduino del desierto y consiguió entrar en el palacio para curar los males que aquejaban a la princesa. Comenzó a cantar pero la "enfermedad" de la princesa no se disipaba, así que recitó los versos de amor de su carta. De repente Aldegunda sonrió y el rey permitió al joven entrar en los aposentos de la princesa, anticipándose a sus deseos.
Ahmed le pidió la caja y extendió la alfombra a los pies de la princesa, mientras confesaba a todos la verdadera historia, y que hace mucho tiempo que los dos príncipes se amaban. Mientras tanto la alfombra iba subiendo al cielo y los jóvenes huyeron por los aires sin que nadie pudiera detenerlos.
El rey de Toledo decidió llevar sus tropas hasta Granada para rescatar a su hija. Allí fue recibido con grandes honores por Ahmed, ya convertido en rey pues su padre había fallecido, y Aldegunda. Y lo que en principio podría haber sido la más sangrienta de las batallas se convirtió en la más feliz de las fiestas.
Y es que no se puede negar a nadie el Amor ni nadie puede evitarlo. A todos les llega, tarde o temprano, y todos nos convertimos en víctimas de sus encantos y designios.
En el momento de su nacimiento, el rey llamó a la Corte a los mejores magos para que leyeran en las estrellas y auguraran el futuro de su hijo. Todos los sabios le dijeron que sería un noble soberano y su reinado sería próspero, que sería una gran persona, pero las buenas cualidades siempre van acompañadas de algo que las ensombrece. Así que a pesar de todo, este buen hacer del futuro príncipe podía desviarse del camino, puesto que si Ahmed caía bajo los designios del amor éste podía destruirle y toda su vida se tornaría desgraciada.
Así que su padre el rey mandó construir un bello palacio fortificado, que se viera por encima de las torres de la Alhambra, que estuviera suficientemente aislado del mundo. Allí envió a su hijo, al cuidado de un severo filósofo y rígido profesor que había venido y aprendido todo su saber en Egipto. Su nombre era Eben Bonabben. El rey le dio carta blanca para darle toda la educación a su hijo y de la manera que mejor creyera, pero debía privarle de las enseñanzas del Amor.
Ese palacio aislado del mundo era el Generalife.
A medida que fue pasando el tiempo, el joven que poseía una gran docilidad para acatar todo lo que le ordenaba su maestro, había aprendido todas las materias que su viejo profesor le iba enseñando. Había dos cosas que le llamaban expresamente la atención: la poesía y la música. Y así empezó a componer rimas y melodías a los elementos de la naturaleza, tanto animados como inanimados; sus letras cantaban a los pájaros y a las flores, a los árboles, al agua, al sol y a las piedras.
El profesor se alarmó ante estos deseos implícitos de adoración a la naturaleza y esos devaneos locos innatos e inevitables en todos los seres vivos, y encerró al joven príncipe en la más alta torre. Allí le enseñó un nuevo entretenimiento: el lenguaje de los pájaros. Ahmed lo aprendió rápidamente. Ya no se sentía tan solo allí arriba puesto que empezó a hablar con sus nuevos compañeros voladores: un gavilán, un búho, un murciélago, una golondrina que siempre habían tenido un lugar en aquella torre.
Al llegar la primavera y escuchar el trino de los ruiseñores a lo lejos y los demás cantos del resto de los pájaros, oyó por primera vez algo llamado "amor". Preguntó a sus compañeros voladores, aquellas aves que compartían aquella torre con él, pero ninguno supo o quiso explicarle "aquella tontería". Entonces el príncipe preguntó a su viejo profesor. Bonabben le aconsejó que era mejor olvidarse de aquella pesadilla pues altera los sentidos y vuelve locos a todos los que caían bajo sus efectos.
Pero el príncipe no estaba conforme ya que había observado en la naturaleza que donde había amor había alegría, que todos los que estaban bajo los efectos sedantes de aquella "cosa" gozaban de una inmensa felicidad y no conocían penas ni tristezas.
Un día entró por una ventana de la torre un palomo y el príncipe Ahmed le encerró en una jaula. El pájaro empezó a lamentarse de su mala suerte. Aunque el joven le daba toda una serie de caprichos, el palomo no probaba la comida y se quejaba de su desdicha. En sus quejas hablaba del Amor. Y esto interesó al príncipe.
Fue el palomo el que le explicó a Ahmed lo que era el Amor. Entonces el príncipe le dejó en libertad.
Mucho tiempo después, una tarde que estaba el príncipe paseando por el jardín, el palomo regresó y le dijo a Ahmed que había encontrado una princesa digna de él, más bella que todas las flores de su jardín. Le hizo una descripción tan cautivadora que Ahmed escribió a la joven unos versos de amor y el palomo se encargó de llevar la misiva a la cautiva.
Desde entonces, el príncipe deseó fervientemente conocer eso que llaman Amor, y conocer sobre todo a esa joven y su paradero, pues el palomo no había tenido ocasión de decírselo. Y un buen día decidió escaparse de esa prisión por cuyos barrotes se le estaba escapando la juventud. Pidió ayuda a sus compañeros, pero sólo pudo convencer al búho filósofo.
Así salieron de Granada en dirección a Sevilla. En esa ciudad el búho tenía como amigo a un viejo cuervo que sabía todos los secretos del mundo y no se le escapaba nada. Cuando llegaron a la ciudad, el cuervo, que se alojaba en la Giralda, no había visto ni oído hablar de la joven del retrato.
Tras escuchar la historia de Ahmed le aconsejó que fuera a ver a su amigo viajero, un personaje que había estado en muchos palacios y conocía a muchas princesas. A aquel viajero se le podía encontrar en el árbol más anciano de la Mezquita de Córdoba; era el Patio de los Naranjos su lugar preferido para contar historias de sus viajes. Hasta allí se dirigieron entonces el príncipe y el búho.
Cuando llegaron a la Mezquita, el viajero resultó ser un papagayo charlatán que contaba historias y congregaba a mucha gente a su alrededor.
Ahmed pidió hablar con él en privado. Y al enseñarle el retrato, el papagayo le dijo que era la princesa Aldegunda, hija de un rey cristiano de Toledo, pero que sería difícil verla, porque su padre la había encerrado para que nadie viera su belleza y porque iba a desposarla cuando cumpliera los 17 años.
El papagayo decidió acompañar a Ahmed y al búho. Y llegaron a Toledo. Desde la lejanía divisaron el palacio donde estaba encerrada la princesa. El papagayo se acercó y habló con Aldegunda, que estaba triste de amor. Al día siguiente la princesa cumpliría 17 años y su padre había convocado un torneo: quien lo ganara recibiría como trofeo la mano de su hija.
Debido a la fama de su belleza oculta, muchos eran los caballeros cristianos que habían venido de lejanas tierras para participar en el torneo.
Ahmed se lamentó. Estaba versado en letras y conocía las ciencias, pero jamás había tocado un arma. Entonces el búho, que todo lo sabe, le contó que había en Toledo una gruta donde en el pasado se había escondido un musulmán huyendo de la dominación cristiana de la ciudad. En aquella cueva murió dejando tras de sí un encantamiento sobre sus pertenencias: armas, coraza, corcel. Sólo podría coger aquellos objetos un hermano musulmán, y cuando se los hubiera puesto nadie podría vencerle. Pero al ponerse el sol el poderoso embrujo desaparecería.
Y así se presentó Ahmed en el torneo. Dijo ser el "Peregrino del Amor". Como sólo podían participar nobles, finalmente tuvo que confesar quién era realmente.
Mas un caballero se rió de su religión y Ahmed luchó contra él, pero una vez puestos en batalla los objetos encantados no podían parar, así que el príncipe se resignó y luchó contra todos los caballeros, incluso con el rey. Y entonces se puso el sol y huyó, desapareciendo en el interior de la gruta.
Cuando al día siguiente el papagayo volvió con noticias de los rumores, se decía que toda la ciudad de Toledo estaba consternada y que la princesa se había desvanecido y estaba enferma. Ningún médico de la Corte conseguía curarla. Entonces el rey ofreció como recompensa a aquél que curara a su hija elegir un objeto de su tesoro.
Tras descubrir que la princesa lloraba de pena y amor por Ahmed, el búho, gran consejero, le dijo al príncipe que en el tesoro real había una caja con una inscripción que nadie había conseguido descifrar, excepto sus amigos búhos. Dento de la caja había una alfombra mágica que sólo su poseedor podría poner en movimiento.
Entonces Ahmed se disfrazó de beduino del desierto y consiguió entrar en el palacio para curar los males que aquejaban a la princesa. Comenzó a cantar pero la "enfermedad" de la princesa no se disipaba, así que recitó los versos de amor de su carta. De repente Aldegunda sonrió y el rey permitió al joven entrar en los aposentos de la princesa, anticipándose a sus deseos.
Ahmed le pidió la caja y extendió la alfombra a los pies de la princesa, mientras confesaba a todos la verdadera historia, y que hace mucho tiempo que los dos príncipes se amaban. Mientras tanto la alfombra iba subiendo al cielo y los jóvenes huyeron por los aires sin que nadie pudiera detenerlos.
El rey de Toledo decidió llevar sus tropas hasta Granada para rescatar a su hija. Allí fue recibido con grandes honores por Ahmed, ya convertido en rey pues su padre había fallecido, y Aldegunda. Y lo que en principio podría haber sido la más sangrienta de las batallas se convirtió en la más feliz de las fiestas.
Y es que no se puede negar a nadie el Amor ni nadie puede evitarlo. A todos les llega, tarde o temprano, y todos nos convertimos en víctimas de sus encantos y designios.
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