lunes, abril 16, 2007

Cuadernos de viaje I: Llegada a Granada (11 de abril)

<<Hay una Granada que miramos y otra que nos mira, buscando eternizar en el recuerdo un paisaje repleto de contrastes: luces y sombras, amaneceres y ocasos, que reclaman (otra mirada), ese instante en el que el tiempo parece detenido. Rincones cotidianos, que se transforman para ofrecerse al que nos mira, con la emoción de saberse descubiertos por primera vez. Una Granada oculta que sólo se muestra al que busca en la luz la soledad y el silencio.>>

Anoche llegué con ganas de tirarme en la cama y dormir. Hacía buena temperatura cuando a las 23.30h esperábamos un taxi. Lo primero que me impresionó fue la cantidad de gente mendicante que hay en esta ciudad, algo que hoy he tenido oportunidad de corroborar.
Amanecía nublado y poco imaginaba que esas nubes estallarían en una lluvia constante. El resultado es que me he tenido que volver al hotel a cambiarme de ropa. Los vendedores ambulantes provenientes de cualquier punto de África me miraban intentando venderme paraguas. ¿Pero no ves que con lo mojada que voy no necesito ya ningún paraguas?
Buscaba el hotel, inmerso en un caos de callejuelas estrechas en el centro de la ciudad.

Esta mañana tenía intención de ir a la Alhambra y al Generalife, pero mi lógica ha preferido pasar primero por una oficina de turismo cercana. Y allí he preguntado sobre las reservas de entradas a la Alhambra.
-Reservar entradas es complicado; está todo completo hasta mayo.
-¿Entonces no se puede ver?
-Sí, venden en taquilla 2000 entradas diarias. Deberías ir a primera hora para entrar en el día.
-¿Para las 8 a.m. o así?
-Te aconsejo que estés allí antes de las 8 a.m. Hay autobuses que salen desde la Plaza Nueva para la Alhambra.
Y eso. Mañana a las 7 a. m. intentaré estar en la plaza esa (que ni siquiera sé dónde está, aunque parece ser que no me pilla lejos) esperando al autobús.
Lo de las reservas no me parece bien. A cualquier ciudad que vayas puedes entrar en sus edificios sin tener que volver al día siguiente porque ya no hay más entradas. Ya me estoy oliendo dos horas de espera en la entrada de la Alhambra. Pero bueno, es una de las cosas que más merecen la pena y no me importa el tiempo que haya que esperar.

Los granadinos son muy agradables. He hablado con mucha gente. Y siempre te sonríen al contestarte. Si preguntas dónde está una calle o un edificio son proclives a una inmensa amabilidad. Y es que todo el mundo con quien he hablado hoy ha sido muy amable. Incluso los que te dan las entradas a los edificios, son más humanos, no parecen robots como en otros lugares.

Haciendo un recorrido por todos los sitios que he visitado hoy, el más llamativo es la Capilla Real. No se pueden hacer fotos dentro así que tendré que describirla.
La Capilla Real es uno de los lugares más sagrados de Granada. Lo primero que llama la atención son las estatuas yacentes de los Reyes Católicos, así como la de Juana la Loca y Felipe el Hermoso. Corta la respiración, sobre todo al bajar a la cripta y ver tras la cristalera los féretros antiguos donde reposan los restos de las figuras reales, unos ataúdes muy ajados por el paso de los siglos.
También están allí la Corona y el cetro de la reina Isabel y la espada del rey Fernando.
No tengo fotos más que del exterior, ya que dentro no se podía fotografiar nada.

(*) La Capilla Real la realizó Enrique de Egas entre 1505 y 1507 por encargo de los Reyes Católicos. Una magnífica reja del maestro Bartolomé de Jaén rodea estos mausoleos y el altar mayor. El retablo, con relieves de la toma de Granada, es obra de Felipe de Vigarney. Las estatuas yacentes de Fernando e Isabel, realizadas en mármol de Carrara por Doménico Fancelli en 1517, reposan junto a las de su hija Juana la Loca y su esposo Felipe el Hermoso, las dos esculpidas por Bartolomé Ordóñez. Bajando unos escalones se llega a la cripta que alberga los ataúdes de plomo donde reposan los regios cuerpos. En la sacristía se pueden observar obras de Van der Weyden y Boticelli, procedentes de la colección de la reina Isabel. En una urna de cristal se guarda la corona de la reina, la espada del rey y los estandartes de su ejército.

La Catedral no tiene altas torres aunque parece una fortaleza por esos muros tan gruesos. El interior tiene las paredes blancas, es muy luminosa, algo que llama la atención y que contrasta con otras catedrales de la época que, por lo general, tienen un aspecto bastante sobrio. Alonso Cano está enterrado allí, y además se exhiben sus pinturas y esculturas alrededor del altar mayor.

(*) La catedral se inició en 1523 por orden de los Reyes Católicos, según un proyecto gótico de Enrique de Egas, y la construyó el maestro renacentista Diego de Siloé, que también realizó la fachada. Su magnífica capilla mayor circular se sustenta sobre columnas corintias. Bajo su cúpula, las vidrieras del siglo XVI pintadas por Juan del Campo representan la Pasión. El pórtico occidental, barroco, fue proyectado por el granadino Alonso Cano, cuya tumba se encuentra en la catedral. Junto al arco de entrada, unas tallas en madera realizadas en 1677 por Pedro de Mena representan a los Reyes Católicos.


Escultura de Alonso Cano, en la sacristía de la catedral.









Jesucristo crucificado, por Alonso Cano, en la sacristía de la catedral
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Órgano de la catedral.








Vidrieras sobre el altar mayor.











Monumento a Alonso Cano, en el interior de la catedral.










Tallas de los Reyes Católicos.






Decoración del techo. A la derecha, la cúpula principal policromada en azul y oro.






Una de las numerosas pinturas de Alonso Cano, que se exhiben a modo de museo, alrededor del altar mayor.





Junto a la Catedral se encuentra el Palacio de la Madraza, que estaba cerrado al público. Es impresionante la decoración de su fachada.

(*) Este edificio, cuya fachada data del siglo XVIII y que contiene un salón árabe con un mihrab ricamente decorado, fue universidad musulmana y posteriormente albergó el Ayuntamiento.

Otro edificio que llama la atención es el Corral del Carbón. Es uno de los edificios más antiguos de Granada. Se trata de un patio de dos pisos con una fuente en medio y con el suelo adoquinado. Los dos pisos tienen soportales que combinan ladrillo y yeso.

(*) Este patio porticado es una joya árabe. Fue almacén y posada para mercaderes. Tras la Reconquista se utilizó como corral de comedias y posteriormente fue lonja del carbón. Actualmente acoge un mercadillo de artesanía y una oficina de turismo.

Muchos edificios cuentan con patios con fuentes y estanques, paredes con azulejo donde domina el azul, palmeras y naranjas, candiles y farolillos, baldosas decoradas con motivos "andalusís". El barrio de San Matías (lo que queda de la antigua judería) es un lugar idílico lleno de tiendas que venden productos típicos, comunicadas unas con otras y unidas en un laberinto de callejas estrechas, muchas con tejadillo. Las ventanas y celosías árabes son típicas de esta zona. A pesar de su pasado judío, se asemeja más a un zoco árabe.

He llegado a la Plaza del Carmen, empedrada, y decorado el suelo con un gran escudo en piedra blanca, el escudo de la ciudad. Había mucha gente y policías en la puerta de un edificio. No ponía ningún letrero con la leyenda que explicara qué lugar era aquel. He atisbado un patio precioso en el interior. Había empezado a llover y no quería sacar el mapa, así que me he dirigido a la puerta y he preguntado a un policía. Era el Ayuntamiento. Simpatiquísimo, me ha dicho que se podía entrar al patio.
El detector de metales me ha pitado, pero al vaciar todos los bolsillos me han dejado pasar.
El patio del Ayuntamiento está policromado en rojo y se ve reformado. Tiene árboles y una fuente, cancelas muy trabajadas con las efigies de los Reyes Católicos, vidrieras de colores y escaleras de mármol.

Después de pasarme por Correos, que estaba al lado, en busca de un buzón, y donde el guarda de seguridad también ha sido muy amable conmigo, he llegado a las calles del tapeo.
Es la hora de las tapas. En Granada es típico el tapeo. Imagino que casi todos los días comeré tapas, aunque los efectos secundarios puedan resultar graves.
En el primer sitio donde he entrado, he pedido jerez y me han servido una manzanilla (yo no sabía que era un tipo de jerez hasta anoche). Lo que acompañaba eran "patatitas", o así lo ha llamado el camarero. Yo no he tocado el plato hasta que un señor mayor a mi lado me ha dicho que la tapa era para mí. Me ha explicado que es un plato parecido al cuscús árabe, con harina o sémola (éste llevaba sémola), patata deshecha y trozos de pan, junto s trozos de farinato y pimiento verde. Sabía bueno, aunque era un plato que llenaba bastante y más de la mitad ha quedado en el plato.
El siguiente sitio donde he parado ha sido un local selecto, pero un día es un día: jamón de bellota y vino de La Rioja. La camarera me ha invitado al café después. Era muy maja: ¿De La Rioja? Ahora entiendo por qué has pedido un rioja. La tapa era de pescado. Alguno me dirá que yo no pruebo el pescado, pero la tapa estaba buena. Era un pescado blanco y fino, aunque no sabría decir cuál.


"Patatitas" al estilo cuscús.








Tapa de pescado. Llama la atención la delicadeza con que se presenta.








Ración de jamón de bellota.





Para buscar el hotel me he pasado un rato bajo la lluvia. Ahora son las 5 p.m., me he cambiado de ropa y el pelo se me ha secado. Es posible que me dé una vuelta por el Albayzín.

En la zona de la catedral, junto al palacio de Madraza, una gitana ha intentado venderme romero. Gratis, me dice. Y yo: Deja, deja. Éste sería uno de mis primeros contactos con estas mujeres que te persiguen por las calles intentando darte algo que no quieres, a la voz de gratis, aunque me consta que luego empiezan a sacarte los cuartos (ya me engañó una en otra ciudad una vez, pero una y no más). Tampoco les miro a los ojos, no quiero que me echen un mal de ojo. Aparte de resultar pesadas dan miedo porque increpan a todos los turistas. En fin, menos mal que he aprendido a ignorarlas. También hay mucho mendigo, mucho más que en otros lugares que conozco.
Y la gente es simpática, alegre, abierta y tranquila; son buenos anfitriones. Ahora bien, me pregunto: ¿Dónde está esa malafollá?

El olor de Granada es dulzón, una mezcla entre flores de azahar y especias que se muestran en las calles típicas. Con la lluvia, también ese olor de después queda patente en el ambiente.(*) Información sacada de la guía turística.

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