Muchas veces recuerdo un pueblo japonés que se encontraba en las montañas. Se llamaba Shirakawa-go y me costó mucho aprendérmelo de memoria, pero seis años después sigue resonando en mi cabeza tal cual sonaba: sirakavaago. Es quizás uno de los lugares más impresionantes que he visitado nunca. Y a veces me gustaría volver sólo para perderme entre las montañas y estar ilocalizable.
En realidad era un pueblo muy pequeño. Allí las casas estaban construidas de madera y los tejados estaban formados por algún material similar a la paja. Estaba prohibido fumar en todo el pueblo. Entre casa y casa se podían ver los arrozales y los canales a nivel del suelo donde nadaban carpas de colores, porque la carpa también es sagrada en Japón. Este pueblo me recordó un poco a los amish, porque si el tejado de una casa se pudre ayudan entre todos los habitantes a repararlo sin ayuda externa.
El recuerdo de este pueblo lo guardo como un tesoro. Es difícil explicar las sensaciones cuando has estado allí. Es como retroceder varias décadas en la Historia. Y se respira una tranquilidad y una calma inauditas.
Sin duda, si quisiera perderme, regresaría a ese lugar recóndito. Ni siquiera había letreros en inglés. Creo que incluso aprendería algo de japonés. La guía intentó que nos aprendiéramos los caracteres japoneses para Tokio. Eran dos porque es un idioma silábico, pero ya se me han olvidado.
Tokio: 東京
En aquel pueblo entré en un restaurante típico japonés, me senté en el suelo y probé por primera vez el wasabi. Creo que no me quedaron ganas de volverlo a probar, porque en cierto momento llegué a pensar que no podría soportar ese picante tan fuerte, tanto que se me saltaron las lágrimas y empecé a toser sin parar. Lo dice una persona que aguanta bien el picante.
2 comentarios:
¡Qué chulada!
Entonces te ha gustado... A mí me encantó, quiero volver.
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