Cuando he escuchado las campanadas, pensaba que era ya medianoche. En mi mente pensaba que mejor, porque me quiero ir a dormir. Ahora, antes de marchar, cuando he visto la hora en el portátil, me he quedado un poco sorprendida. Entonces he pensado que tendría una hora más para leer.
Ken Follett me tiene engachada. Irremediablemente. Sé que va a ocurrir. Y yo me permito engancharme, porque en realidad es un narrador extraordinario, de los mejores de la actualidad.
Adoro esa sensación que siempre llega con el agridulce sabor a frío invernal, la de taparme hasta la nariz y leer hasta que los párpados lentamente se me caen. A veces me quedo profundamente dormida perdiendo el punto del libro donde me encontraba. Pero adoro estar así. Eso sólo ocurre en invierno.
Hoy hacía una noche completamente invernal, una de esas noches en que la niebla lo cubre todo, donde ese aura blanca llega hasta el suelo y no ves absolutamente nada.
Una noche fantasmal, si no fuera porque mi corazón palpitaba rápidamente después de...
Le echo de menos. Intento que no, pero es que sí. No puedo evitarlo. Lo que daría por dormir esta noche con él y olvidarme de la niebla, del invierno, de Follett y de los vecinos locos.
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