Contaría yo con 23 ó 24 años cuando una de las magistrales novelas del mundo llegó a mis manos. Recuerdo quién me lo recomendó y cómo lo cogí de la biblioteca de la universidad. Recuerdo cómo, con tan sólo unos pocos capítulos leídos de una edición antigua, fui a una librería y me lo compré. 3000 pesetas de entonces me costó. Recuerdo el velamen del navío que aparecía en portada. Un libro de pasta dura, con un cobertor amarillento y aquel barco.
Devolví la edición antigua a la biblioteca y volví a empezarlo de nuevo. Esta vez con las páginas intactas, pero merecía la pena volverlo a empezar porque Alejandro Dumas te atrapa de una forma mágica en esa novela.
El conde de Montecristo se convirtió en mi libro favorito. Desde entonces quiero conocer Marsella y la isla de If.
Lo presté y en estos momentos aquel libro con el velamen del navío sobre un fondo amarillento se encontrará en algún rincón de Salamanca. Eso sí, con mi nombre escrito en una de las primeras hojas del volumen.
Hoy en día tengo otro ejemplar, también en pasta dura. No conseguí encontrar la misma edición. Pero tampoco podía estar sin aquel libro, por si alguna vez se daba la circunstancia de que deseaba volver a leerlo.
Recuerdo a la perfección, aunque han pasado más de diez años desde que lo leí, los nombres de los personajes principales, los lugares, los hechos. Habitualmente suelo olvidar mucho de lo que leo, pero ese es uno de los pocos libros que recuerdo con bastante nitidez. A pesar del tiempo pasado.
Y recuerdo cómo disfruté de su lectura.
Desde entonces no he vuelto a prestar libros. Hasta entonces no me importaba, pero desde que no me devolvieron aquel, no he vuelto a dejar libros, excepto a mi cuñada. La gente que me conoce sabe que tengo en mi poder una cantidad ingente de libros, tantos que podría montar una librería. Me gusta comprarlos. Tengo carnets de dos bibliotecas de Salamanca y otro de aquí, pero cuando los he terminado me cuesta devolverlos, algo de mí se queda en los libros y algo de ellos se queda en mí. Así que hace muchos años que los compro. Y la gente que me conoce me suele pedir que les recomiende libros, yo encantada, pero jamás presto los míos. Quien quiera libros y no pueda o no quiera comprarlos, que los adquiera en una biblioteca. A mí me gusta conservarlos, y no en el iPad, que no me gusta leer ahí, me gusta tocarlos, escribir algo en los márgenes si cabe, subrayar a lápiz...
Sabía que llegaría un día en que habría de volver a leer El conde de Montecristo. Ese día ha llegado. Mañana buscaré el ejemplar y lo leeré. Será una especie de... lectura conjunta.
Me estoy saltando todas las reglas. Voy a hacer otra excepción ya que, pese a que nunca releo libros, éste sí que lo voy a leer de nuevo. Y éste es, sin duda alguna, un momento especial. Ha sido una coincidencia extraña. A veces ocurren cosas en un momento y un lugar determinado y esas circunstancias se dan porque tenían que ocurrir. Sin más. Me hace ilusión releer la novela de Dumas... junto a esa persona especial.

¡Oh! Como no podía ser de otra manera, he encontrado mi libro en internet. Al menos el navío que yo recuerdo. Así era...

¡Oh! Como no podía ser de otra manera, he encontrado mi libro en internet. Al menos el navío que yo recuerdo. Así era...
No hay comentarios:
Publicar un comentario