La vida, o las necesidades o las obligaciones, nos llevan a caminar deprisa, casi a correr, buscando el final de ese trayecto. Y corremos, corremos, sin darnos cuenta de que podríamos estar perdiéndonos cosas magníficas a lo largo del camino. En ese viaje, lo importante no es llegar al destino, sino disfrutar del camino en sí mismo. Como paralelismo, podría compararse a nuestra vida, donde no esperamos que llegue el final, sino que vamos viviendo cada momento.
Lamentablemente, en estos tiempos modernos, colmados de ruido, velocidad, estrés y ondas invisibles, no nos damos cuenta más que de llegar... a cualquier sitio.
Hace unos años, cuando aún era estudiante de alemán en Salamanca, regresaba al piso de estudiantes una noche templada y llevaba algo en las manos que cayó al suelo. En mis prisas por llegar y a cien metros del portal, me quedé completamente parada. Aún lo recuerdo hoy. Una bocacalle en cuyo nombre no me había fijado, Calle El Cristo, a pesar de que llevaba varios años viviendo allí, el color anaranjado de las farolas que despuntaban destellos dorados en esa piedra tan peculiar de los edificios de aquella ciudad, el reflejo de los adoquines y... el silencio. Esa paz que inundaba todo.
Recuerdo que se me puso la piel de gallina, que me permití unos minutos para reflejar en mis retinas la belleza de aquel momento. Todavía hoy atesoro esos instantes como recuerdos vívidos de algo que vemos pasar sin darnos cuenta.
Varios años después ya no vivo allí y aún recuerdo momentos mágicos. Como ese. Éste que me hizo ser consciente de lo rápido que vamos por la vida. Todavía hoy, cuando me doy cuenta de que quiero llegar a algo, cierro los ojos y rememoro ese instante. Y entonces miro a mi alrededor y hago una radiografía de todo lo que me rodea: los ruidos, los aromas, los silencios, los colores, los cambios...
Lamentablemente, en estos tiempos modernos, colmados de ruido, velocidad, estrés y ondas invisibles, no nos damos cuenta más que de llegar... a cualquier sitio.
Hace unos años, cuando aún era estudiante de alemán en Salamanca, regresaba al piso de estudiantes una noche templada y llevaba algo en las manos que cayó al suelo. En mis prisas por llegar y a cien metros del portal, me quedé completamente parada. Aún lo recuerdo hoy. Una bocacalle en cuyo nombre no me había fijado, Calle El Cristo, a pesar de que llevaba varios años viviendo allí, el color anaranjado de las farolas que despuntaban destellos dorados en esa piedra tan peculiar de los edificios de aquella ciudad, el reflejo de los adoquines y... el silencio. Esa paz que inundaba todo.
Recuerdo que se me puso la piel de gallina, que me permití unos minutos para reflejar en mis retinas la belleza de aquel momento. Todavía hoy atesoro esos instantes como recuerdos vívidos de algo que vemos pasar sin darnos cuenta.
Varios años después ya no vivo allí y aún recuerdo momentos mágicos. Como ese. Éste que me hizo ser consciente de lo rápido que vamos por la vida. Todavía hoy, cuando me doy cuenta de que quiero llegar a algo, cierro los ojos y rememoro ese instante. Y entonces miro a mi alrededor y hago una radiografía de todo lo que me rodea: los ruidos, los aromas, los silencios, los colores, los cambios...
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