El 9 de Junio, Día de La Rioja, tuve una boda diferente, la unión de una pareja según los preceptos de la Iglesia ortodoxa rumana. Tuvimos que ir a Logroño, al único templo riojano donde se celebran ceremonias ortodoxas.
Lo primero que llama la atención es la profusión de iconos. El arte religioso del cristianismo ortodoxo se considera inseparable de la tradición litúrgica.
La misa fue casi en su totalidad en rumano, si bien hubo ciertos momentos en que se hablaba en castellano: intercambio de anillos (que realiza el sacerdote varias veces entre los novios, las tres vueltas al altar entre novios y padrinos, etc.). Y el sacerdote no hablaba, sino que cantaba -literalmente- toda la misa. Los novios van acompañados de los padrinos, que en ningún momento pueden ser los padres, y además sólo puede ser otro matrimonio casado por la iglesia. El novio tiene dos hermanas, hubiera querido que fuera la más joven la que le acompañara en ese momento, pero ella no estaba casada, así que tuvo que ser la otra hermana y su cuñado. Los dos padrinos portaban unos cirios larguísimos, de algo más de un metro, adornados con flores. Estos cirios se mantienen encendidos durante toda la misa y, sólo al salir fuera, se apagan, aunque unos días después tienen que regresar los novios y los padrinos a la iglesia y volverlos a encender (se supone que los novios están casados cuando se gasten los cirios).
Al salir, nos repartieron unas pastas típicas de Rumanía. La mayoría de los familiares llevaban repostería a la iglesia para repartir, después, entre los invitados. Como no se podía tirar arroz, tiramos caramelos blandos.
La cena fue otro cantar, porque allí se canta y se baila mientras se cena, por lo que casi todo el mundo se levantaba de las mesas a bailar. Curioso, pero interesante, ya que aporta cierta alegría que está fuera de los cánones tan serios de las bodas a las que estamos acostumbrados (te levantas de la mesa entre plato y plato para echar un cigarro, pero la gente se mantiene en silencio, el baile ya llegará después).
Otra de las tradiciones es el robo de la novia. De repente, la novia desaparece del comedor y el novio tiene que pagar por ella a los supuestos ladrones. El nuestro pagó dos botellas de vino, aunque luego me contó que en Rumanía había bodas en que la novia no aparecía hasta el día siguiente y la broma, a veces, se hacía algo pesada.
Fue interesante.
La misa fue casi en su totalidad en rumano, si bien hubo ciertos momentos en que se hablaba en castellano: intercambio de anillos (que realiza el sacerdote varias veces entre los novios, las tres vueltas al altar entre novios y padrinos, etc.). Y el sacerdote no hablaba, sino que cantaba -literalmente- toda la misa. Los novios van acompañados de los padrinos, que en ningún momento pueden ser los padres, y además sólo puede ser otro matrimonio casado por la iglesia. El novio tiene dos hermanas, hubiera querido que fuera la más joven la que le acompañara en ese momento, pero ella no estaba casada, así que tuvo que ser la otra hermana y su cuñado. Los dos padrinos portaban unos cirios larguísimos, de algo más de un metro, adornados con flores. Estos cirios se mantienen encendidos durante toda la misa y, sólo al salir fuera, se apagan, aunque unos días después tienen que regresar los novios y los padrinos a la iglesia y volverlos a encender (se supone que los novios están casados cuando se gasten los cirios).
Al salir, nos repartieron unas pastas típicas de Rumanía. La mayoría de los familiares llevaban repostería a la iglesia para repartir, después, entre los invitados. Como no se podía tirar arroz, tiramos caramelos blandos.
La cena fue otro cantar, porque allí se canta y se baila mientras se cena, por lo que casi todo el mundo se levantaba de las mesas a bailar. Curioso, pero interesante, ya que aporta cierta alegría que está fuera de los cánones tan serios de las bodas a las que estamos acostumbrados (te levantas de la mesa entre plato y plato para echar un cigarro, pero la gente se mantiene en silencio, el baile ya llegará después).
Otra de las tradiciones es el robo de la novia. De repente, la novia desaparece del comedor y el novio tiene que pagar por ella a los supuestos ladrones. El nuestro pagó dos botellas de vino, aunque luego me contó que en Rumanía había bodas en que la novia no aparecía hasta el día siguiente y la broma, a veces, se hacía algo pesada.
Fue interesante.
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