lunes, diciembre 01, 2008

Y, finalmente, diciembre

Con diciembre llega un nuevo viaje a casa. Tengo ganas de ver a ciertas personas, pero a los que más ansío visitar es a los yayos. A mi abuela, porque cada día está más pachuchilla, más estresada, más nerviosa. Me sorprende siempre con sus "Ten cuidado" y "¿Ya tienes novio?". Y aún tiene el pelo negrísimo, chocante con mi abuelo, que tiene todo el cabello blanco. Mi abuelo, que no se hace a la idea de que hay ciertas cosas que debe dejar para los más jóvenes y cree que aún puede realizar actividades que ya no debe hacer. No se hace a la idea de envejecer, es diabético y debe cuidarse, pero necesita esa energía.
Siempre son los primeros a los que voy a ver, como antes lo era mi tío. Sabes que un día no estarán, como sabía que mi tío algún día podía no estar. Dejaba la maleta en el portal, cogía una tarrina de dvd's y me encaminaba a su casa. Cuando le grababa dvd's recuerdo que siempre tenía ese pensamiento que siempre intentaba desechar, empero siempre estaba latente. Pensaba entonces: "¿Y si no llegara a ver esta película nunca?". Siempre eran westerns, como a él le gustaban. En agosto de 2007 le grabé algo especial: fotos de cuando estuvimos en Madrid un tiempo antes y nada más que mi hermano se lo dijo quiso ver esas fotos. Fue genial escuchar al otro lado a mi hermano: "Nada más que llegué me pidió que le pusiera las fotos". Un mes después falleció.
Estoy llorando. No sé si es al recordar a mi tío o porque me relaja. Será la segunda Navidad sin él y el vacío es aún muy palpable.
No tengo muchas ganas de ir. Allí pasan cosas y no quiero que me salpique nada de la vida de allí. Lo peor de los pueblos es que no puedes escurrir el bulto, aunque no tenga nada que ver contigo, siempre te termina tocando. No sé si tener una conversación cara a cara para evitar o ignorar. ¡Ay la política! ¡Cuánto daño hace en los pueblos!
Por otro lado, aún tengo que comprar la lotería para poner en el grupo de amigos. Nunca me tocó nada. Tendré que quedarme con eso de que "lo importante es participar". Lo cierto es que antes, cuando aún no poníamos un décimo cada uno, me resbalaba la lotería. Veía a mi padre y hermano con un buen fajo de décimos y me sorprendía. Una vez compré un décimo para mí, sólo uno, y en el puente de diciembre se lo di a mi padre. Le hizo mucha ilusión porque no lo esperaba. Cuando el 22 de diciembre miró si había tocado algo, ese número aparecía en la pedrea. Lo miró: "Administración nº X, Gran Vía, Salamanca". Y fue gracioso su comentario: "¿Éste es el que me diste? ¿Por qué no cogiste más?". Y la respuesta obvia: "Claro, si hubiera sabido que iba a tocar...". Es la única vez.
La Navidad apesta.
Otra cosa que me pesa de diciembre es que veré a F. A estas alturas ya sé lo que debo hacer. Y no hay nadie que me pueda hacer cambiar de opinión. Ahora soy yo quien mueve ficha y es bastante amarga. A cada cual lo que se merece...

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