martes, diciembre 02, 2008

Historias del internado

Por lo general, cuando se habla de un internado, la gente se aterroriza ante el tópico de una horrible estancia en un lugar así. Muchos lo llevan mal, otros no se consiguen adaptar, algunos se marchan...
Yo siempre dije que hay internados e internados, y obviamente tienen sus diferencias.
Cuando pienso en mi colegio tengo buenos -buenísimos- recuerdos. En un adolescente, cuya personalidad se está forjando, que todavía no está formado completamente, los valores impuestos por los curas son importantes. Durante cuatro años, pese a mi mente traviesa, adquirí unos valores como persona inigualables, madurez mental, una educación sublime...
Claro que hay momentos en que se pasa mal. Es más fácil dormir bajo las paredes conocidas de tu casa y entre los miembros de una familia que siempre te ha protegido. En el internado tienes que sacarte las castañas del fuego, someterte a unos horarios inflexibles, acatar unas reglas que en casa son inexistentes, estudiar cuando te lo dicen, incluso ir a misa.
Una de las primeras cosas en que te conciencias es la camaradería. Cuando la noche se cernía sobre nuestras cabezas, allí no había cursos ni diferencias, todos los internos, desde los más jóvenes hasta los mayores, éramos una gran familia. Teníamos un nexo común -del que carecían los alumnos externos- y esa unión tendía lazos invisibles entre todos. Claro que con los externos también podía haber confianza, pero era diferente, carente de esa camaradería que tenías con tus iguales. Es obvio que todos los internos también teníamos con los curas una relación diferente. Pasábamos demasiadas horas en el colegio.
Los secretos puertas adentro eran algo que los externos jamás hubieran imaginado. Trapicheo de exámenes que pasaban entre unas pocas manos destinadas a ocultar todo lo que ocurría en la oscuridad de la noche, los manojos de llaves de los que los curas desconocían su existencia y que se iban heredando generación tras generación, los escaqueos hacia los árboles frutales en cada estación para probar las frutas maduras (manzanas, cerezas, higos...), la limpieza de la piscina que sólo disfrutaban los internos, las miradas de complicidad en un aula de estudio silenciosa donde un profesor vigilaba que todos se sumieran en sus tareas, la media hora de misa de los jueves con la intención de librarse de unos minutos de estudio (no eran obligatorias), el descubrimiento de todos los recovecos ocultos del colegio, los horribles desayunos de leche llena de nata, los castigos de los viernes para barrer los patios, recoger hojas o limpiar las aulas, las escapadas al barrio de La Estrella...
Las últimas veces que he pasado por ahí está tan cambiado... Antes sólo se escuchaba a las ocho de la tarde la sirena de la fábrica de maderas que pegaba con los terrenos del colegio (en la imagen, situada en la parte inferior izquierda). Los inmensos terrenos se vendieron (granja y piscina incluidas) y ahora es una zona industrial, ya que Logroño se ha ampliado hacia esa parte. Se habilitó una entrada nueva. Y escuché que iban a cerrar el internado.
Al final, siempre me quedarán los recuerdos, los grandes momentos allí dentro y todo lo que aprendí (y en esto no me refiero al tema académico). Y, sobre todo, la gente. Allí hice las mejores amistades.

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