domingo, diciembre 14, 2008

Prodigios de la naturaleza

Con siete u ocho años, la maestra nos dijo que cada uno de nosotros teníamos que llevar una caja de zapatos vacía. No sabíamos para qué era, pero muy pronto comprenderíamos uno de los prodigios maravillosos de la sabia naturaleza.
Al día siguiente nos repartió a todos unas bolas negras diminutas. Nadie podía imaginarse que aquellas "cagarrutas" tenían vida propia. En la caja tuvimos que hacer agujeros y esperar a que los huevos se convirtieran en gusanos o que éstos se dejaran ver. Eran unos bichos enanos, oscuros y hambrientos. La profesora nos dijo que su comida preferida eran las hojas de morera, aunque también comían lechuga. Sólo conocíamos a una persona que tuviera una enorme morera, ubicada en su corral, cercano a la escuela. Y se convirtió en algo habitual visitar a aquel anciano.
Muchos no vieron los progresos porque se olvidaron de darles de comer. Los pequeños gusanos eran tan tragones que en unas semanas habían engordado y crecido de una manera impresionante, su piel se había aclarado; aún no había terminado su transformación.
El día que vi los capullos de seda por primera vez sentí que había magia en aquellos pequeños insectos. La maestra nos explicó que de allí salía la seda. Era como una colmena individual y en diminuto, en cuyo interior se estaba formando la mariposa. Entonces se rompía la magia y cuando la crisálida ponía los huevos el proceso volvía a comenzar.
Era algo que me llamaba la atención, quizás porque fue la primera vez que concebí que ahí se estaba forjando vida.

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