Todos los domingos iba a tomar unos vinos y a comer unas tapas con Santos. Eran momentos hilarantes de álgido humor que terminaban siendo breves. Y a esperar al siguiente domingo. Mi padre va a echar de menos las guasas del Molinero.
Conocí a Santos siendo una niña. La primera vez que fui me asusté porque estaba pintado de harina. Abrió la boca para decir una de sus bromas y descubrí que le faltaban varios dientes. Su voz era muy ronca, de esas que parecen arrastrar las palabras. Sus ojos eran muy vivos, de esos que escrutaban sutilmente mientras tenía un público que se riera con lo que estaba contando. Y en definitiva son esos momentos los que mejor recuerdo de Santos. Era todo un humorista y con él las risas estaban aseguradas. Además, como uno de los mejores amigos de mi padre era como de la familia.
No era mayor ni estaba enfermo. Sin embargo, ayer se le paró el corazón. Es una extraña sensación la de pensar que aquel hombre de blanco que tanto miedo me dio la vez que le conocí ya no está aquí. Que sea algo tan repentino... cuesta asumirlo.
Q. d. e. p.
No hay comentarios:
Publicar un comentario