"-Dame una tierra, amor mío, en la que cualquier hombre pueda vivir libre, practicando su religión, y en la que no haya ni amos ni siervos. Una tierra en la que todos los ciudadanos sean iguales ante la ley y donde nadie pueda esclavizar a nadie, para que en ella puedan crecer libres y felices los hijos que el Dios que rige nuestros destinos quiera enviarnos.
-No lo dudes, amada mía. Te daré esa tierra."

La Edad Media es una época claramente seductora. A veces, una novela histórica nos ayuda a comprender mejor la mentalidad de la época que toca en sus páginas.
Considero que Barcelona, en los inicios de la Baja Edad Media, ya iba varios pasos por delante que los reinos vecinos.
En esta historia se enmarcan además varias historias de amor, una de ellas digna de mención por ceñirse a la realidad histórica, que no es otra que la del entonces conde de Barcelona, Ramón Berenguer el Viejo, y doña Almodis de la Marca.
Barcelona, mitad del siglo XI
Un joven y apuesto campesino de nombre Martí Barbany, procedente de una aldea donde ha dejado a su madre con varios criados, llega a Barcelona en la primavera del año 1052.
El joven solo cuenta con una acreditación para ver a un clérigo y un anillo que recibió tras la muerte de su padre, un soldado al que apenas conocía y al que guarda un inmenso rencor por haberles abandonado a él y a su madre a su suerte.
Eudald Llobet, antiguo compañero de armas del padre de Martí, le acoge en el Palacio Episcopal y le hace ver que sus tempestuosas ideas sobre su progenitor son erradas. Poco después le acompaña a casa de uno de los cambistas judíos más importantes de Barcelona, Baruj Benvenist, que le entrega una considerable fortuna que en vida ahorró su padre.
Martí tiene decidido convertirse en un ciudadano de Barcelona, honor que solo se conseguía con mucho esfuerzo, trabajo, dedicación y tesón. Toma a Eudald, una eminencia en el clero catalán, y al judío como consejeros que le ayudarán a tomar importantes decisiones.
Con la herencia recibida, compra casa y esclavos. Y allí, en el mercado de esclavos, ve por primera vez a la joven de ojos grises que será la dueña de su corazón en los siguientes años, Laia Betancourt.
Ramón Berenguer I tenía que lidiar muchas veces con su abuela, regente del condado en dos ocasiones, para seguir manteniendo el mando. Era un conde joven y luchador al que el pueblo quería, sus dos matrimonios habían sido concertados con doña Ermesenda de Carcasona, que todavía contaba con gran poder a pesar de la vejez. Del primer matrimonio, Ramón tuvo un hijo impulsivo y poco dado para las dotes de mando. En uno de sus muchos viajes, el conde fue a parar al castillo de Ponce de Tolosa, casado con una magnífica mujer. Almodis de la Marca y Ramón Berenguer se enamoraron y el conde de Barcelona raptó a la esposa de Ponce y se la llevó a Barcelona, después de repudiar a su segunda mujer. Doña Ermesenda viajó a Roma, donde consiguió que el Papa excomulgara a la pareja condal y, por tanto, Almodis vivía como una concubina. En esta situación, tomó a Eudald Llobet como confesor.
Laia Betancourt había tenido muchos admiradores pero su tutor, el consejero de finanzas de Barcelona, Bernat Montcusí, había despedido con cajas destempladas a todos los que habían pedido la mano de la joven. Laia era la hijastra de Bernat y la niña de sus ojos, a la que un hombre avaro como él le daba todo. Pero una única cosa movía su afán por despertar el interés de la muchacha: se había enamorado de ella.
Martí había investigado el comercio por mar y decidió embarcar en un periplo larguísimo con el fin de encontrar productos exóticos que escaseaban en Barcelona. Antes de su largo viaje, Martí había pedido la mano de Laia y su padre le puso como condición ser ciudadano de Barcelona.
Mientras Martí pasa dos años conociendo importantes puertos marítimos del Mediterráneo, llegando hasta tierras árabes donde descubre el "fuego griego", una especie de aceite negro que servía de combustible, Laia es vejada por su padrastro en infinidad de ocasiones, hasta que finalmente se queda embarazada. Indefensa y repudiada, el consejero la lleva a una masía lejos de Barcelona para que el embarazo no se convierta en escándalo. Bernat sabe que Martí Barbany está a punto de volver y quiere darle la mano de una Laia deshonrada.
Con mentiras y trampas, Martí cree todo lo que le dice el consejero, pero no así el confesor, Eudald Llobet. Una cuantiosa fortuna de las arcas de Barbany pasan por las manos de Montcusí en calidad de impuestos y Martí sabe que le está enriqueciendo sin que el consejero mueva un dedo.
Martí provee a la ciudad de Barcelona de iluminado público gracias al petróleo que sus barcos traen de lejanos países. Es un hombre rico y está enamorado. El día que se concierta la cita en casa de Bernat, Laia, enajenada por creer que no merece a Martí, se suicida.
Martí no consigue superar el trauma de perder a su gran amor y sus visitas a casa de Benvenist son cada vez más frecuentes. Ruth, la hija pequeña, sale a su encuentro siempre que puede. Ya no es una niña, y lo que Martí no sabe es que la bella judía está enamorada de él.
Los acontecimientos se suceden rápidamente. Martí recibe una misiva de una mujer que sirvió en casa de Montcusí y que le confiesa todas las iniquidades del consejero. Barbany rompe todos sus tratos con él y se declaran enemigos. La condesa le nombra ciudadano de Barcelona y Ruth es acogida en su casa. Mientras Baruj Benvenist es acusado y ahorcado injustamente por la falsificación de moneda del conde, Martí empieza a prepararse para enfrentarse a su temible enemigo, que cada día está más cerca del conde. Pero todo estalla cuando sus propiedades de Empúries arden por un incendio provocado y muere su madre. Al ser Martí un ciudadano de menor rango no puede enfrentarse públicamente con el consejero y, gracias a la ayuda de Eudald, concierta una entrevista con la condesa. Hay una vía, pero es harto difícil porque Montcusí es un hábil orador: la litis honoris, un careo entre dos ciudadanos donde éstos se juegan su honor. Martí acepta, sabe que va a ser difícil, pero debe intentarlo. Y gana. A veces la justicia vence sobre las batallas más difíciles.
-No lo dudes, amada mía. Te daré esa tierra."

La Edad Media es una época claramente seductora. A veces, una novela histórica nos ayuda a comprender mejor la mentalidad de la época que toca en sus páginas.
Considero que Barcelona, en los inicios de la Baja Edad Media, ya iba varios pasos por delante que los reinos vecinos.
En esta historia se enmarcan además varias historias de amor, una de ellas digna de mención por ceñirse a la realidad histórica, que no es otra que la del entonces conde de Barcelona, Ramón Berenguer el Viejo, y doña Almodis de la Marca.
Barcelona, mitad del siglo XI
Un joven y apuesto campesino de nombre Martí Barbany, procedente de una aldea donde ha dejado a su madre con varios criados, llega a Barcelona en la primavera del año 1052.
El joven solo cuenta con una acreditación para ver a un clérigo y un anillo que recibió tras la muerte de su padre, un soldado al que apenas conocía y al que guarda un inmenso rencor por haberles abandonado a él y a su madre a su suerte.
Eudald Llobet, antiguo compañero de armas del padre de Martí, le acoge en el Palacio Episcopal y le hace ver que sus tempestuosas ideas sobre su progenitor son erradas. Poco después le acompaña a casa de uno de los cambistas judíos más importantes de Barcelona, Baruj Benvenist, que le entrega una considerable fortuna que en vida ahorró su padre.
Martí tiene decidido convertirse en un ciudadano de Barcelona, honor que solo se conseguía con mucho esfuerzo, trabajo, dedicación y tesón. Toma a Eudald, una eminencia en el clero catalán, y al judío como consejeros que le ayudarán a tomar importantes decisiones.
Con la herencia recibida, compra casa y esclavos. Y allí, en el mercado de esclavos, ve por primera vez a la joven de ojos grises que será la dueña de su corazón en los siguientes años, Laia Betancourt.
Ramón Berenguer I tenía que lidiar muchas veces con su abuela, regente del condado en dos ocasiones, para seguir manteniendo el mando. Era un conde joven y luchador al que el pueblo quería, sus dos matrimonios habían sido concertados con doña Ermesenda de Carcasona, que todavía contaba con gran poder a pesar de la vejez. Del primer matrimonio, Ramón tuvo un hijo impulsivo y poco dado para las dotes de mando. En uno de sus muchos viajes, el conde fue a parar al castillo de Ponce de Tolosa, casado con una magnífica mujer. Almodis de la Marca y Ramón Berenguer se enamoraron y el conde de Barcelona raptó a la esposa de Ponce y se la llevó a Barcelona, después de repudiar a su segunda mujer. Doña Ermesenda viajó a Roma, donde consiguió que el Papa excomulgara a la pareja condal y, por tanto, Almodis vivía como una concubina. En esta situación, tomó a Eudald Llobet como confesor.
Laia Betancourt había tenido muchos admiradores pero su tutor, el consejero de finanzas de Barcelona, Bernat Montcusí, había despedido con cajas destempladas a todos los que habían pedido la mano de la joven. Laia era la hijastra de Bernat y la niña de sus ojos, a la que un hombre avaro como él le daba todo. Pero una única cosa movía su afán por despertar el interés de la muchacha: se había enamorado de ella.
Martí había investigado el comercio por mar y decidió embarcar en un periplo larguísimo con el fin de encontrar productos exóticos que escaseaban en Barcelona. Antes de su largo viaje, Martí había pedido la mano de Laia y su padre le puso como condición ser ciudadano de Barcelona.
Mientras Martí pasa dos años conociendo importantes puertos marítimos del Mediterráneo, llegando hasta tierras árabes donde descubre el "fuego griego", una especie de aceite negro que servía de combustible, Laia es vejada por su padrastro en infinidad de ocasiones, hasta que finalmente se queda embarazada. Indefensa y repudiada, el consejero la lleva a una masía lejos de Barcelona para que el embarazo no se convierta en escándalo. Bernat sabe que Martí Barbany está a punto de volver y quiere darle la mano de una Laia deshonrada.
Con mentiras y trampas, Martí cree todo lo que le dice el consejero, pero no así el confesor, Eudald Llobet. Una cuantiosa fortuna de las arcas de Barbany pasan por las manos de Montcusí en calidad de impuestos y Martí sabe que le está enriqueciendo sin que el consejero mueva un dedo.
Martí provee a la ciudad de Barcelona de iluminado público gracias al petróleo que sus barcos traen de lejanos países. Es un hombre rico y está enamorado. El día que se concierta la cita en casa de Bernat, Laia, enajenada por creer que no merece a Martí, se suicida.
Martí no consigue superar el trauma de perder a su gran amor y sus visitas a casa de Benvenist son cada vez más frecuentes. Ruth, la hija pequeña, sale a su encuentro siempre que puede. Ya no es una niña, y lo que Martí no sabe es que la bella judía está enamorada de él.
Los acontecimientos se suceden rápidamente. Martí recibe una misiva de una mujer que sirvió en casa de Montcusí y que le confiesa todas las iniquidades del consejero. Barbany rompe todos sus tratos con él y se declaran enemigos. La condesa le nombra ciudadano de Barcelona y Ruth es acogida en su casa. Mientras Baruj Benvenist es acusado y ahorcado injustamente por la falsificación de moneda del conde, Martí empieza a prepararse para enfrentarse a su temible enemigo, que cada día está más cerca del conde. Pero todo estalla cuando sus propiedades de Empúries arden por un incendio provocado y muere su madre. Al ser Martí un ciudadano de menor rango no puede enfrentarse públicamente con el consejero y, gracias a la ayuda de Eudald, concierta una entrevista con la condesa. Hay una vía, pero es harto difícil porque Montcusí es un hábil orador: la litis honoris, un careo entre dos ciudadanos donde éstos se juegan su honor. Martí acepta, sabe que va a ser difícil, pero debe intentarlo. Y gana. A veces la justicia vence sobre las batallas más difíciles.
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