martes, abril 22, 2008

El placer de lo prohibido

Hace dos noches, cuando volvía a casa, al pasar por un jardín, mi mano se dirigía inconscientemente a arrancar un capullo de rosa que quedaba junto a mí. Me detuve a tiempo y, en vez de arrancarlo, estuve unos segundos contemplando la belleza de aquel capullo.

De pequeña, cada vez que pasaba junto al mismo jardín, me llevaba un capullo de terciopelo de un rosal. Siempre miraba a ver si nadie vigilaba entre los visillos de las ventanas, siempre miraba hacia todos los lados para que nadie pudiera echarme el alto. Mucho antes... cuando todavía no distinguía si arrancar una rosa de un jardín público estaba bien o mal, una vecina salió gritando por la ventana preguntándome si no me daba vergüenza arrancar flores. Sus gritos consiguieron justamente lo contrario a lo que se proponía, porque siempre que pasaba por allí, durante muchos años, elegía una rosa (casi siempre antes de florecer en su máximo esplendor) y me la llevaba a casa. Al principio las prensaba y las secaba, pero finalmente solo se trataba de hacer la travesura y, en los últimos metros hasta mi casa, iba deshojando la flor. Cualquiera podía haberme seguido la pista. A mí me causaba placer arrancar una rosa porque supuestamente estaba prohibido.

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