domingo, abril 27, 2008

El bachiller, el Diablo y la tinaja. Misterios y saberes de la Cueva de Salamanca y algunas supersticiones más

El Diablo a la puerta de sus pagos
De tener que elegir una leyenda como estandarte de Salamanca, a la fuerza deberíamos olvidarnos de milagros de santos, gestas de valor o prodigios de sabiduría gestados en su Universidad. La mayor fama de la villa viene de más abajo, de su diabólica trastienda: la Cueva de Salamanca. No es exageración elevarla a esta categoría, pues es sabido que en muchos lugares de todo el mundo, la palabra “Salamanca” no es sinónimo de cátedra o de lugar piadoso, sino de aquelarre o reunión de brujas.
Si nos fiamos de la leyenda, en Salamanca existe una cueva donde antaño el diablo enseñaba oscura arte mágica. Esta cueva se encuentra aún hoy bajo los restos de la iglesia de San Cebrián –o San Cipriano- y fue en realidad su sacristía. El maligno dictaba desde el fondo de la oquedad tomando la forma de una mano sobre una silla, de un macho cabrío e incluso de una cabeza de alambre. Como todo lo oscuro es incierto, otros aseguran que el arcano maestro no era otro que el sacristán del templo, un truhán llamado Clemente Potosí. Las asignaturas que se ofrecían eran: arte mágica, astrología judiciaria, geomancia, hidromancia, piromancia, aeromancia, quiromancia y la repugnante nigromancia. Los estudios duraban siete años y siete era el número de los alumnos. Al finalizar los estudios uno de ellos, elegido al azar, pagaba por todos con su libertad, quedando al servicio del diabólico profesor. Uno de los alumnos que allí cursó estudios fue don Enrique de Aragón, marqués de Villena. Destacó en sus oscuros estudios y sacó provecho a todas las lecciones. Tanto que consiguió burlar a su propio maestro.
Don Enrique era nieto bastardo de Enrique II de Castilla. Nació en 1384 y muy pronto rehusó seguir la carrera militar para dedicarse a asuntos más excéntricos. Se dirigió a Salamanca y aceptó el trato del infame sacristán, asistiendo a las abominables clases subterráneas. Tras siete años de macabras enseñanzas llegó la hora del pago, y la suerte –o la astucia de sus compañeros- hizo que fuera Enrique quien debiera pagar con su libertad y permanecer encerrado en la cueva al servicio de las fuerzas del averno. No debió complacer a don Enrique aquel pronóstico, así que ideó un plan para liberarse. En la sacristía había una gran tinaja vacía y agrietada cubierta de extraños bártulos y utensilios. El fugitivo, aprovechando un momento de soledad, se metió en la tinaja y usó sus artes para volver a colocar encima todos los cacharros. Además, colocó sobre un atril un poderoso libro de conjuros –tal vez el mismísimo Libro de San Cipriano- y esperó.
El sacristán, al regresar, comprueba que don Enrique ha desaparecido, lo más seguro con ayuda de las artes del grimorio del atril. Rápidamente parte a buscar al fugado dejando la puerta abierta. Don Enrique sale de la tinaja y sube las estrechas escaleras hasta la iglesia. Temiendo que el astuto sacristán no ande lejos, se esconde tras las cortinas que cubren un altarcillo. El perseguidor regresa y cierra las puertas del templo, pues ya es tarde. Enrique pasa toda la noche en su escondrijo. Por la mañana, el sacristán abre las puertas para que algunas mujerucas hagan sus primeros rezos. El fugitivo, con mucho disimulo, se arrodilla entre ellas y, cuando ve la ocasión, corre hacia las puertas y la luz del día. El sacristán no es lo suficientemente rápido para atraparlo, pero con su peluda mano agarra la sombra de Enrique, que se desliza sobre el enlosado de piedra de la capilla.
El marqués de Villena logra escapar, pero pierde su sombra –su alma, tal vez- en el intento. Todavía dará mucho que hablar, pues será el autor de volúmenes como Especies de adevinança, Tratado de aojamiento o fascinología, Ángel Raziel, y otros que merecieron las iras de la Inquisición y tuvieron como destino el fuego. Compuso también obras de temas más respetables como Arte de trovar, Arte cisoria y tratado de arte de cortar con cuchillo o Tratado de la lepra. Tradujo a Dante y a Virgilio. Llegó a ser maestre de la Orden de Calatrava, pero fue desposeído por su mala fama. Algunos rumorean que uno de los secretos que aprendió en la sacristía maldita fue el de la inmortalidad, y que aún pasea por las calles de la ciudad sin una sombra que lo acompañe. Otros dicen que murió en Madrid en 1434 y que a su muerte Juan II ordenó al obispo de Segovia quemar su biblioteca.
La fundación de la Cueva es atribuida por algunos a Hércules, que llamaría “Helmantiké” a la ciudad por ser lugar de presagios y adivinaciones. Para otros, el demonio y sus prácticas son traídos a la cueva por los sarracenos que poblaron la ciudad intermitentemente a partir del siglo VIII. A los celtas también se les atribuye su fundación como lugar de culto. No falta quien dice que Salamanca entera se asienta sobre una gran caverna en forma de laberinto. Para ellos, ésta sería la auténtica academia del demonio, y la sacristía de San Cebrián una entrada a la misma, ni más ni menos importante que los accesos situados en la cueva de la Múcheres, en la de la Peña Celestina y en la de la Peña Pobre –que, por cierto, visitó el mismísimo Amadís de Gaula-. La sacristía de San Cebrián recibió su espaldarazo esotérico definitivo al ser incluida en 1600 en De disquisitionum magicarum, obra del jesuita Martín del Río y referencia inexcusable en el mundillo nigromántico.
Sea una pequeña sacristía o una inmensa gruta laberíntica, lo cierto es que los poderes maléficos se han manifestado muy frecuentemente cuando la noche cubre la ciudad. Un vecino cuya casa estaba cerca de la cueva declaró haber visto cómo se abría el suelo de una de sus cuadras y se tragaba su mejor mula. Al parecer el agujero era profundísimo y muy oscuro. Al poco tiempo, el animal bajó flotando en las aguas del Tormes, vivo e indemne. Además, había obtenido la facultad del habla, aunque no hay registros de lo que pudo contar de su viaje. Otro vecino del lugar presenció en varias ocasiones cómo unos gigantes salían de debajo de las casas que rodeaban la iglesia de San Cebrián. Después contempló, estupefacto, cómo los colosos bajaban al río para sacar horribles demonios y engendros de sus aguas. Se cuenta también que una niña, no sabemos cómo, quedó encerrada en la Cueva. Al poco tiempo apareció en casa de su madre una criatura con el rostro de una muchachita y el cuerpo de una enorme y horrible culebra. La madre se acercó y el monstruo la descuartizó sin piedad.
Si bien fue don Enrique el más famoso alumno de la Cueva, se sabe de otros que protagonizaron hechos sorprendentes, casi siempre reprobables. Uno de ellos quitó un ojo al puente y se lo puso a una lavandera tuerta, aunque luego lo restableció. Otro, enojado con una patrulla que le había requisado una bota de vino, alzó las aguas del río. Los guardias vieron el cauce seco y lleno de peces y corrieron hacia allí. Estaban en el centro de la cuenca recogiendo truchas a manos llenas, cuando el estudiante dejó caer las aguas, que arrastraron a los desdichados. Los alumnos de la diabólica sacristía, aparte del don de la adivinación y del aojamiento –o mal de ojo-, poseían gobierno sobre las tempestades, los sapos y los lobos y con unos y con otros amenazaban a agricultores y ganaderos. Las más de las veces todo se solucionaba con el pago de una buena suma al nigromante. Otro chantaje muy al uso era recurrir a sus artes para sacar el feto del vientre de las embarazadas. Exigían un rescate por el nonato y una propina por volver a colocarlo en el lugar del que no debió salir. Walter Scott, reputado erudito de la época, cita a los moradores de la Cueva y afirma que era tal su poder que, agitando una varita en las profundidades de la gruta, hacían tañer las campanas de Notre-Dame.
Sin querer usurpar a la Cueva su protagonismo en asuntos de hechicería, no podemos dejar de lado a la bruja salmantina. Egoísta, cartomante, alcahueta, casamentera y remendadora de virgos desvirgados, la temida bruja salmantina encuentra una ilustre representante en la famosa Celestina. Estas brujas urbanas no son vagabundas y marginales, como sus primas del campo; al contrario, son verdaderas profesionales de su oficio y quitan y ponen el mal de ojo a cambio de unas monedas. Se relacionan con los bajos fondos y las altas esferas con igual desenvoltura y tejen a su alrededor redes de intrigas, pasiones y amores turbulentos. No tienen afición a transformarse en animales o remolinos de polvo, como las hechiceras rurales, aunque comparten con ellas su afición al vuelo previa unción de pócimas y filtros varios. Se sabe que las brujas de Salamanca volaban en una noche hasta los arenales de Sevilla, donde se juntaban con Satán. Allí danzaban en torno a la hoguera y renovaban su juramento al diablo por el clásico procedimiento de besarle en el culo. Otro lugar muy frecuentado por las brujas de la ciudad era el teso de San Cristóbal, cerca de Villarino de los Aires, donde podían departir a su gusto con los espíritus de los celtas antiguos. La fórmula más usada para emprender el vuelo hacia el aquelarre era: “Sin Dios ni Santa María, por la chimenea arriba”. Consta en acta un proceso que en 1591 se estableció contra dos brujas. Una era local, la otra de Aldeadávila de la Ribera.
Son también conocidos un par de episodios que tienen como protagonistas a los traviesos y molestos trasgos. Estos demonios juguetones dieron lugar a algunos informes de la autoridad. Citaremos dos. En el primero de ellos tenemos noticia de una vecina de Salamanca que regentaba una casa con cuatro mujeres a su cargo, dos de ellas mozas, sonrientes y mollares. Un trasgo se coló allí y tomó como diversión hacer caer piedras de variado tamaño desde los tejados con gran riesgo para las cinco damas. Además, profería obscenidades y groserías a las dos jovencitas, que andaban sobresaltadas de continuo. El corregidor de la ciudad toma cartas en el asunto con la certeza de que el origen del trastorno se debe a que las mozas ocultan en el desván a sus enamorados. Se pone vigilancia a la casa y no hay rastro de amantes escondidos. Además continúa la lluvia de piedras con más saña incluso que antes. Consta en el informe que, en un momento dado, el alguacil de la villa tomó del suelo una de las piedras y la lanzó a unos tejados contiguos diciendo: “Si eres demonio o trasgo, vuelve aquí esta piedra”. El pedrusco volvió volando de los tejados y alcanzó al alguacil en pleno cogote, quitándole la gorra y dejándolo en el suelo medio descalabrado. Ante la ineficacia de la acción de la justicia seglar, se manda llamar a un clérigo del pueblo de Torresmenudas que conjura y expulsa al trasgo juguetón. El segundo informe, más escueto, hace referencia a otro duende –tal vez el mismo en nueva residencia- que vivía bajo la cama de un estudiante. Interrumpía y turbaba su reposo causándole graves molestias.
Por la cuantía de estos sucesos, que alcanzan el registro de las instancias oficiales, podríamos deducir que en esta Salamanca había tantos cristianos como habitantes del trasmundo. Pero no estaban del todo indefensas las gentes contra las legiones del Malo. La protección más aconsejada eran las oraciones piadosas y recitadas con fe. Ahora bien, contra el aojamiento, nada como llevar una higa –amuleto en forma de puño con el índice cruzado sobre el pulgar- de azabache. Otros amuletos de gran prestigio eran las hojas de San Pedro de Verona –elaboradas por las monjas-, la Cruz de Caravaca, la Regla de San Benito, la pezuña de la gran bestia –en realidad, de alce-, el tronco de Nochebuena, la ruda y la piedra del rayo, que aparece en el lugar donde ha caído el relámpago y protege contra ellos.

Una bestia sale de la Cueva a beber

Aun así, es normal que tanta actividad necromántica aletargara a las autoridades, que investigan el asunto hasta que Isabel “la Católica” ordena tapiar los accesos a la Cueva. En 1580 se abandona por ruina la iglesia de San Cebrián y cuatro años más tarde se desmantela y sus piedras se aprovechan en la construcción de la Catedral Nueva. Es entonces cuando queda al descubierto la célebre sacristía, que aún se conserva, asomada entre fragmentos de muralla de distintas épocas. Y aunque ahora la luz penetre en la estancia sin obstáculo que la detenga, y no haya tinaja, ni sacristán, ni cabeza de alambre, la Cueva sigue hechizando a todo el que no sigue la despejada senda de los descreídos.

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