Pues ya tenemos Universidad. A partir de entonces, la ciudad junto al Tormes cambia su fisonomía para adaptarse al torrente de estudiantes que debe albergar cada año a partir del 19 de octubre, San Blas, día de comienzo de las clases. La llegada de esa barahúnda llegaba a duplicar la población habitual de la ciudad, por lo que no es raro que se produjeran todo tipo de altercados entre ellos y con los naturales del lugar: disputas por juego, disturbios por honor o por embriaguez, violaciones de muchachas, travesuras violentas... En 1391, Enrique III separa la justicia de la Universidad de la ordinaria y crea la figura del maestrescuela, cuya autoridad afecta tanto a profesores y estudiantes como a sus criados –que solían cursar también estudios-. El maestrescuela disponía de alguaciles, tribunales y prisión a su servicio. De este modo, los crímenes del bachiller tal o los engaños del doctor cual esquivaban la justicia del Concejo y caían en manos del maestrescuela, por lo general mucho más benévolo. Este “Fuero Escolástico” recogía privilegios adicionales para las gentes del Estudio, como la exención del pontazgo –impuesto por cruzar el puente- y la dispensa de ronda y vigilancia de la villa. Pese a estar tan protegidos, eran grandes las calamidades que pasaban muchos de ellos: el hambre y la sarna solían ser compañeros de estudio, sobre todo para los estudiantes de menos medios. Estos eran conocidos como sopistas o sopones por acudir a los conventos a recibir las sopas de caridad. También eran conocidos como gorrones o capigorrones por la pobreza de su atuendo, prácticamente reducido a una capa y una gorra. Torres Villarroel describe así la vida de estos desdichados:
Cuenta un sopón, sirviente de estudiante,
“Siete años ha que sirvo, hecho un guillote,/ a un escolar que vive de pegote;/ y es en la escuela tan corrida zorra/ que aunque viste de largo va de gorra;/ está roto, después es desgarrado;/ es bien nacido, pero mal criado./ Una vieja más vieja que la sarna,/ menos que no se encarna,/ suele de mes a mes muy aburrida/ guisarnos la comida,/ que lo demás del año no hay potaje;/ yo como de pillaje,/ y mi amo ¡alhaja honrada!,/ fingiendo que está lejos la posada,/ o con otro motivo que él enreda,/ donde le dan las doce allí se queda./ Lo que yo pillo, y lo que mi amo guarda/ de la mesa en que come aventurero,/ se junta por la noche en un puchero;/ repártese entre tres el almodrote:/ mi amo y yo al escote,/ a la vieja también damos su parte,/ y aunque no sea Cuaresma se la parte./ Es tal manca, coja, zancajosa,/ sorbida de mofletes, lagañosa,/ tiene flatos, verrugas y cuartanas,/ mucha sangre de espaldas y almorranas;/ ella es de enfermedades una odrina,/ y lo peor que tiene es mal de orina;/ para mí siempre es viernes, que el pescado/ es manjar muy salado,/ y aun cuando se me burla la esperanza,/ le canto una vigilia a la mi panza,/ que comer de vigilia, eso es mi yesca,/ que soy aficionado de la pesca,/ y tengo un paladar tan sazonado/ que hasta la carne para mí es pescado./ Yo como, como un rey cuando se rapa,/ y los más de los días como un papa,/ y muchas veces a llevar me obliga/ en silla de la reina a la barriga./ Un cartel muy funesto/ tengo en el cuarto donde tengo puesto:/ ‘Tiene pena de vida, alerta, alerta,/ el cochino que entrare por la puerta,/ el pollo, la gallina, el pavo, el gallo,/ el ganso, el carnero y el caballo’;/ porque montando en hambre un estudiante,/ no digo yo un caballo, un elefante./ Aunque no soy galán, cuanto al vestido,/ siempre lo traigo, pero muy traído;/ y aunque el sastre lo hubiese mal cortado,/ en mi estatura está bien acabado;/ y cuando me desnudo estos andrajos/ dejo sembrado el cuarto de trapajos,/ porque en cada agujero está un remiendo,/ y aquéstos sin coser los voy poniendo./ Téngolos oprimidos contra el pecho,/ y entre tal cual botón, aunque es mal hecho/ el tenerlos así tan apretados,/ porque caen en la tierra desmayados./ Sale del cuerpo, y es la maravilla,/ que queda hecha un harnero mi ropilla,/ que aunque yo soy tan noble, y soy tan guapo/ siempre me acompañé con todo trapo./ Las bragas muy manidas y muy tiernas/ solo tienen rodillas y entrepiernas./ ¿Aforro? No se nombre, que le ahorro;/ la caspa de los muslos es el forro,/ y cuando más, le pongo por juguete/ un almidón de grasa por ribete;/ y si fuera preciso el azotarme,/ no era menester desatacarme,/ y solo esto me falta en mi conciencia,/ además del ayuno, penitencia;/ pero por las mañanas, si me visto,/ allí sí, necesito de andar listo,/ llamando los trapajos a la audiencia/ a darlos su lugar y residencia;/ y como al revestirse cualquier cura,/ le va rezando a cada vestidura,/ yo como buen cristiano y como guapo,/ le rezo una oración a cada trapo;/ soy formal en vestir y tengo norma:/ nada hay de la materia, todo es forma,/ que solo en mi vestido y mi laceria/ puede existir la forma sin materia./ En cuanto a lo calzado,/ eso es lo que siempre anda muy tirado;/ lo más que traigo en naturales hormas/ son, cual niño amontado, estas dos cormas./ Estas no tienen suelas, y al desgaire,/ como tengo gran planta la echo al aire./ ¿La cama? Aqueso es risa,/ de sábanas no tiene ni aun camisa,/ solo tiene en el suelo dos cuartones,/ y dos negras obleas por colchones;/ una manta, un jergón, y allí hacia un lado/ un orinal muy viejo y muy barbado,/ porque nunca se afeita, y con enojo/ tiene echadas las barbas en remojo./ Una cruz de castaño muy funesta/ hacia mi cabecera tengo puesta,/ que como alguna vez en mis pasiones/ doy al diablo la cama y los colchones,/ con todo no quisiera la llevara,/ porque me hace gran falta si la hurtara./ ¿Qué más cruz que mi cama, donde añado/ el cuadro de mí mismo desdichado,/ y en tan triste talandro,/ toda la noche paso en cruz y en cuadro?/ La prevención del cuarto se reduce/ a un viudo candil que jamás luce,/ se arrincona, anda a obscuras y se queja/ porque se le murió la candileja;/ está enfermo, padece sin sosiego,/ y no puede ver luz de puro ciego;/ está manco, la cara tiene rota,/ y en su vida ha tenido mal de gota;/ una espada, un broquel y tal cual caja,/ de comedias un libro, una baraja,/ dos sillas cojas, un arquetón malo,/ y una mesa que tiene pie de palo./ Éste nunca ha llevado barredura,/ porque sirve de mucho mi basura/ que como el buen platero se acaudilla/ guarda su basura a la escobilla,/ de esta suerte también, Jigote amigo,/ suelo guardar mi estiércol para el trigo,/ y con mi triste capa hecha pedazos,/ si alguna vez lo barro, es a capazos./ Ya, mi Jigote, has visto/ de la suerte que como, bebo y visto;/ me sustento, me calzo y me bandeo,/ mi gusto, mi alegría y triste empleo,/ mis trabajos, mis mañas, mis engaños,/ cómo paso los días y los años;/ ahora mira tú, pues que porfías,/ si igualan tus miserias a las mías”.
Cuando un estudiante llegaba a la ciudad debía matricularse en su facultad, satisfacer las tasas, jurar lealtad al rector y procurarse el alojamiento. El primer punto era sencillo: se tomaba el nombre –y a veces el apellido- además de una característica peculiar como lunares, cicatrices, forma de la nariz... El precio de la matrícula era relativamente asequible y dependía de la “carrera” elegida: leyes, cánones, teología, medicina, artes o gramática. Después venía el juramento al rector, cuyo mandato era vinculante so pena de excomunión. El asunto peliagudo llegaba a la hora de encontrar alojamiento. Los alumnos más ricos podían alojarse, con sus criados, en cualquiera de los cuatro colegios mayores o veintisiete menores de la ciudad. Otra alternativa para los menos pudientes era el alquiler, normalmente compartido, cuyo precio máximo estaba regulado. Y la tercera alternativa, la más fecunda en picarescas, burlas y engaños, era el pupilaje. Solo los bachilleres titulados tenían derecho a ejercer este negocio, o sea, a acoger estudiantes en su casa con alojamiento y pensión alimenticia. Las autoridades universitarias revisaban periódicamente el acomodo de los pupilos, que solían quejarse de mucho frío y poca alimentación. Sus anfitriones, como contrapartida, les acusaban de sisar y de guardar escalas de cuerda en sus habitaciones para salir de noche, cosa que estaba totalmente prohibida. Imaginemos aquella Salamanca de noche: oscura, gélida, enfangada. Y un tropel de estudiantes “fugados” de sus cuartos divirtiéndose en las tabernas y en los prostíbulos. Se tiene noticia de una travesura que causaba a los mozos mucho disfrute. Consistía en fingir una refriega violenta en una calle oscura entrechocando las espadas y dando grandes voces. La guardia acudía corriendo y, a su paso, algunos estudiantes ocultos alzaban una cuerda previamente tendida de un lado a otro de la calle. Podemos intuir el resultado.
Otras muchas picardías y delitos a secas se recogen en la historia de la Universidad, alguna de ellas con tradición propia. Las novatadas, conocidas como “patentes y barbas”, permitían amenazar, chantajear o, sin más, robar a los recién ingresados, de forma que se sabe de veteranos que vivían un año entero de sus frutos. Otra tradición muy celebrada era la de los “nevados”. Consistía en poner al novato en un corro y cubrirle de gargajos y esputos hasta dejarlo rebozado de saliva y otros condimentos. Aunque la escena no se sitúa en Salamanca, puede encontrarse la descripción de esta práctica en El Buscón, de Quevedo. Eran también frecuentes los libretazos colectivos –conocidos como “meter en rueda”-, azotes, palizas... En los colegios, todo ello era amenizado por “el Bobo”, un discapacitado al que estaban obligados a acoger, que solía tocar algún instrumento musical y que es el origen de la actual tuna.
El funcionamiento interno de la Universidad era extraordinariamente democrático. El rector era un alumno escogido por sus compañeros, que participaban asimismo en la elección de los catedráticos. La labor de los doctos maestros era revisada regularmente preguntando a los alumnos la calidad de las explicaciones, de su dicción, etc. La elección del rector producía por lo general gran agitación debido a las ofensas, manifestaciones y a los habituales sobornos –había estudiantes que vendían su voto por un puñado de bellotas-. En ocasiones los tumultos desbordaban las fuerzas del maestrescuela y sus gentes, y llegaban a producirse víctimas mortales. Un ejemplo de ello lo encontramos en lo sucedido el 27 de febrero de 1633. Un tal Alonso Carnero, del Colegio Mayor de Oviedo, había sido condenado a reclusión en su colegio. Sale de allí y el maestrescuela, que por aquel entonces era don Gerónimo Manrique, acude a detenerlo para llevarlo a la cárcel escolástica. Las autoridades se encuentran con una turba de estudiantes armados que los rodean y apalean al maestrescuela. Tanto él como un doctor envuelto en la intriga al que también amenazaban los estudiantes, deben refugiarse en los palacios del obispo y del arcediano, respectivamente. Esa misma noche los estudiantes, bien pertrechados, derriban las puertas de la prisión del Estudio, saltan sus instalaciones y liberan a todos los presos.
Entre todo este desbarajuste aún había quien se dedicaba al estudio. Las aulas eran extremadamente frías en invierno, cosa que se trataba de combatir con braseros, ropa gruesa y un cuartillo de vino reglamentado. La llegada al edificio de la Universidad estaba –y está- revestida de un carácter simbólico que previene al alumno contra los peligros de la sensualidad y la lujuria. El primer aviso lo encontrará en la famosa rana, que en su idioma de piedra advierte de que el desenfreno erótico conduce a la degradación moral y a una muerte escogida en el catálogo de enfermedades venéreas. Muchos atribuyen a este batracio la facultad de otorgar suerte en los exámenes, siempre y cuando el que lo busca lo encuentre en la fachada sin ayuda. El segundo aviso, de lectura más extensa, lo hallará en la balaustrada de la escalera principal. Sus relieves revelan que, cuando el mozo entra en el Estudio y asciende por la escalera, sigue la senda del amor puro. Al abandonar las aulas desciende por ella, hundiéndose en la mundana pasión. Otros consejos podían encontrar los alumnos en los llamados “Enigmas de la Universidad”, jeroglíficos tallados en piedra en el claustro superior. Algunos pueden ser descifrados así: “es conveniente ser equilibrado en todo, moderar la velocidad y avivar el reposo”; “es imposible evadirse del amor”; “Cerbero desgarra, tritura y se ríe”; “sé generoso con el Señor y Él lo será contigo”; “sé justo y la justicia regirá tu vida”; “apresúrate despacio”; “así, unos tras otros, siguiendo las mismas huellas, se van sucediendo los años”...
Vicio y virtud
La Universidad otorgaba tres grados: bachiller, licenciado y doctor –llamado maestro si se trataba de teología o artes-. Solo se realizaban exámenes para conseguir alguno de ellos, siempre de acuerdo a un estricto ceremonial: veinticuatro horas antes de la prueba, el maestrescuela convocaba al alumno para la elección del tema sobre el que habría de versar su exposición. Esto se hacía por el método “del pique”, según el cual, se introducía una navaja entre las páginas del libro de texto y se abría por allí. A partir de entonces, el candidato era encerrado en la Capilla de Santa Bárbara de la Catedral junto a sus libros, notas y apuntes. Tenía un día entero para reflexionar y prepararse acompañado de la frialdad de los sepulcros y de la luz de un par de cirios mientras un bedel espiaba por la cerradura persiguiendo acciones antirreglamentarias. Cumplido el plazo llegaban los miembros del tribunal, que escuchaban la exposición y debatían los argumentos del aspirante. El examen, que podía durar hasta cinco horas, concluía con otro ritual: cada miembro del tribunal introducía una bola en una vasija. Si el alumno merecía aprobado, boda dorada; si debía suspender, bola negra. Con el recuento de las bolas y el veredicto final, se tenía la prueba por concluida. Si el aspirante era reprobado, salía por la Puerta de Carros de la Catedral. Si por el contrario aprobaba, comenzaba una fiesta en la que participaba toda la comunidad universitaria. La magnitud de la celebración estaba perfectamente regulada, y era mayor cuanto más alto era el grado conseguido. Los fastos de un doctorado, por ejemplo, consistían en un paseo, una comida para unas sesenta personas –con alubias, truchas, tostón, higos y vino- y una corrida de toros en la Plaza Mayor. La sangre de esos toros, mezclada con pimentón, almagre y barniz, servía después para pintar un “vitor” en alguna de las paredes de la Universidad, para que el triunfo de ese día sea recordado. El coste de toda la ceremonia debía pagarlo el alumno y era carísimo. Pocos podían costearse el doctorado sin grandes sacrificios, por lo que en ocasiones se unían varios doctorandos para repartir costes. La fastuosidad del acto también se aliviaba si el celebrante se encontraba de luto, por lo que muchos aprovechaban la muerte de un ser querido para abaratar su graduación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario