Si duendes, magos y brujas dieron tormento a los vecinos de Salamanca, fueron superados con creces por otras huestes más terrenales que durante parte del siglo XIV y todo el XV convirtieron la villa en un sangriento campo de batalla. Llamaron a este período “la Guerra de los Bandos” y fue una época de escaramuzas, venganzas, intrigas, traiciones y algún que otro milagro. Los bandos eran dos: uno se agrupaba en torno a la parroquia de Santo Tomé y el otro alrededor de la de San Benito. Eran parejos en seguidores, y se calcula que cada uno de ellos contaba con unos ocho mil hombres. Aunque las rencillas podrían hacerse remontar hasta la época de la repoblación de la ciudad trescientos años atrás, el clímax de la refriega se hace coincidir con el envío de regidores a Salamanca por parte de los Reyes Católicos. Estos regidores, investidos para limitar la autoridad de las casas nobiliares, se ven obligados a apoyarse en ellas para consolidar su poder. Se forma el Concejo que, entre otras atribuciones, controla la propiedad de la tierra, causa de rivalidades seculares entre los nobles. Así comienzan los pactos, prebendas y alianzas que desembocarán en una guerra abierta en las calles.
Pero no solo la alta nobleza entra en disputa, ya que los grandes señores movilizan a su alrededor a cientos de caballeros de la baja nobleza. Todos ellos tienen parentela entre los clérigos, y sus criados forman una notable porción del pueblo llano de la ciudad. La Universidad también acoge las disputas, y sus autoridades se ven obligadas a dictar penas de suspensión de sueldo para los catedráticos, y de expulsión y destierro para los estudiantes que militaran en cualquiera de los bandos. Las rivalidades, pues, se extienden a todos los estratos y pronto los sentimientos empiezan a polarizarse en torno a las dos parroquias. Alrededor de San Benito se alineaban los linajes de Acevedo, Anaya, Figueroa, Fonseca, Godínez, Maldonado, Manzano, Paz, Pereira, Ribas, Sotomayor, Hontiveros y Nieto. Los “tomesinos” eran los Almaraz, Monroy, Puertocarrero, Solís, Tejeda, Valdés, Varillas, Vázquez Coronado, Garci Grande, Rodríguez, Enríquez, Ovalle, Flores, Montesino, Miranda, Villafuerte y Araujo.
La ciudad está erizada en torreones y mansiones defendidas como fortalezas y hay zonas por las que los viandantes no osan pasar. La Plaza del Corrillo recibe su nombre en estos momentos, con la designación de “Corrillo de la Hierba”. Allí crecía sin que nadie la pisara, pues era punto fronterizo entre los bandos. La tensión solía desbordarse y estallar violentamente en muchas ocasiones, aunque hubo cuatro momentos en los que la refriega adquirió cariz de auténtica guerra. La primera de las ocasiones se produjo cuando el bando de Santo Tomé decidió apoyar la política del condestable Álvaro de Luna en contra de las opiniones de los de San Benito, favorables a los Infantes de Aragón. Los bandos reabrieron las hostilidades directas con motivo del enfrentamiento entre Pedro I “el Cruel” y su hermano, el sublevado Enrique II. Los de Santo Tomé apoyaban a Pedro y los de San Benito al bastardo de los Trastámara.
En la segunda mitad del siglo XV, el bando de San Benito participará en las revueltas nobiliarias contra Enrique IV. Los de Santo Tomé apoyarán al rey y éste concede la ciudad al Duque de Alba. Esto provocará más revueltas que culminan con la revocación de la cesión de la casa de Alba y con la destrucción parcial del Alcázar de San Juan, refugio de rebeldes y desafectos al monarca.
Ya en este momento se adivinaba el motivo para una nueva guerra pues los de Santo Tomé, siempre fieles al rey Felipe IV, tienen muy claro que su hija Juana, mal llamada “la Beltraneja” sucederá a su padre en el trono. Cuando éste muere, en 1474, los de San Benito apoyarán la causa de su tía y opositora Isabel “la Católica” por considerar que Juana no era realmente hija del rey, aunque sí de la reina y su favorito, Beltrán de la Cueva.
Con el triunfo de Isabel llega el reinado de los Reyes Católicos. Éstos, acosados por mil problemas –en muchos casos similares al que sufría Salamanca- no consiguen investir una autoridad que ataje los incidentes. La Iglesia toma cartas en el asunto en la forma de un modesto fraile agustino: fray Juan de Sahagún.
Ya en estos primeros momentos, Juan arremetió contra los bandos y su violencia impía desde el púlpito, recibiendo tantas y tan feroces amenazas que se vio obligado a renunciar a su cargo de capellán. Abandona San Bartolomé y se traslada a casa del canónigo Pedro Sánchez, que observa estupefacto como el joven fraile toma por cama un haz de ramas secas y por almohada una dura roca. Asombra también su extrema generosidad, pues reparte todo lo que tiene entre los mendigos y conserva solo su pobre hábito. Estas ejemplares costumbres debilitan su frágil salud y cae enfermo de la temida enfermedad de la piedra. Los doctores Medina y Recio le extraen los cálculos en una operación que podemos imaginar brutal. Tras una larga convalecencia, y como prueba de su agradecimiento, toma el hábito en el convento de San Agustín en 1463, donde profesará al año siguiente. Durante ese año de noviciado fue nombrado refitolero –encargado del comedor-, labor que convirtió en milagrosa, pues el ecónomo del convento y el prior advirtieron que la cuba de vino de la que Juan abastecía a sus hermanos no menguaba en contenido.
Continúa con la predicación. Fustiga desde el púlpito a los responsables de la contienda de los Bandos. Ofende a gentes importantes. Una noche oscura, dos sicarios armados con garrotes le esperan en un callejón, a la salida de la iglesia de San Martín. Cuando se aprestan a descargar sus golpes sobre el fraile, quedan paralizados por una fuerza misteriosa y caen al suelo presas del terror. Juan se arrodilla junto a ellos y les da consuelo. Algo parecido le sucedió después de mofarse públicamente de las amenazas del propio don García de Toledo, duque de Alba, en sus propias tierras. Los hombres del duque le dan alcance en el camino de vuelta a Salamanca. Fray Pedro de Monroy, su acompañante, recoge piedras para defenderse. Juan le tranquiliza: “Ya luchará Dios por nosotros”. Las fuerzas misteriosas vuelven a actuar, pero esta vez no solo son los matones los que quedan paralizados y aterrados; el propio duque, en su palacio de Alba de Tormes, siente los síntomas. El de Sahagún restablece la salud y la tranquilidad a todos, haciéndose de este modo con la amistad de la casa de Alba.
Juan fatigó muchos caminos y tuvo accidentes y contratiempos. En una ocasión en que el fraile viajaba en burro cayó al Tormes, que venía crecido. Las aguas turbulentas se tragaron jinete y montura, y los presentes ya le daban por muerto cuando apareció en el camino. Tanto él como su pollino estaban en perfecto estado y, además, totalmente secos.
Los milagros se suceden y la fama del santo de Juan se extiende deprisa, ante su preocupación. Pero todo lo sucedido quedará pequeño a partir del día en que, al pasar junto al llamado “Pozo Amarillo”, oye los angustiosos gritos de una mujer. El fraile se dirige al lugar y ve a una multitud congregada en torno al brocal. Un niño había caído dentro y el agujero es profundo. Juan desata el cíngulo de su hábito y lo descuelga al interior del pozo. Murmullos escépticos; el cordón es obviamente demasiado corto. Pero en ese momento se produce el milagro. Las aguas comienzan a subir y el muchacho puede asirse al cordón y escapar de una muerte segura. Tras un momento de mudo asombro, la concurrencia estalla en vítores y avemarías. Besan la mano a Juan y no falta quien, con unas tijeras, trata de cortar un jirón de su hábito. El fraile se ve asaltado por la inmodestia así que, para despistar, agarra una cesta de sardinas, se la pone sobre la cabeza y grita: “Al loco, al loco”. Los presentes quedan estupefactos y Juan aprovecha para escapar a la carrera por las calles, tal vez con alguna pedrada como propina del pescadero.
Un milagro de fray Juan
El revuelo fue tan grande que el prior prohibió a Juan que hiciera más milagros que conmocionaran a la ya de por sí agitada Salamanca. El fraile aceptó con su proverbial obediencia, pero el destino quiso ponerle a prueba. Va Juan caminando por la calle cuando, en un andamio cercano, un albañil pierde pie y se precipita al vacío. Grita: “¡Válgame fray Juan!”. El de Sahagún se disculpa explicando la prohibición de hacer milagros, pero pide al albañil licencia para acudir al prior y solicitar su permiso. Acude al convento, logra el acuerdo del prior, y vuelve al lugar donde el albañil le espera milagrosamente suspendido en el aire. Con suavidad, Juan tiende los brazos, recoge al obrero y lo deposita, intacto, en el suelo.
Algún tiempo después paseaba Juan por la calle de Santa Catalina sumido en piadosas meditaciones cuando escuchó un pesado galope y un potente bramido. Al levantar la vista del suelo, observó como un enorme toro embestía contra él. Con toda tranquilidad, levantó la mano y dijo: “Tente, necio”. El toro se detuvo con súbita mansedumbre. Pronto se cambiará el nombre de la vía por el de “calle Tentenecio”.
En 1471 Juan de Sahagún es ya prior del convento de San Agustín, del que se dice que todos sus frailes fueron santos, aunque ninguno pueda igualar la marca del futuro patrón de la ciudad: más de doscientos milagros certificados y una vida de ayuno y penitencia que le llevaba al límite de sus fuerzas. Encontró de forma milagrosa libros robados de la biblioteca de la Universidad y continuó con sus fueros e interminables sermones, en los que lloraba y reía, preso del éxtasis, pues mientras predicaba veía al hijo de Dios encarnado que le mostraba llagas como luceros resplandecientes. Temía por encima de todo una muerte súbita, por lo que se confesaba a diario declarando amargamente sus pecados.
Su esfuerzo en el intento de pacificación de los bandos de Santo Tomé y San Benito dio sus frutos tras doce años de sermones en los que llegó a instalar púlpitos ante las casas de los litigantes y a mezclarse en las reyertas. El 30 de noviembre de 1476 consigue reunir a varios caballeros de ambos bandos en la hoy llamada Casa de la Concordia, en cuyo pórtico aún hoy podemos leer el lema: “Ira odium generat, concordia nutrit amorem”. En esa reunión se asientan las bases de la paz definitiva, que llegará diecisiete años después, con el reparto de oficios entre los bandos y la distribución rotativa de cargos. Él no vivirá para verlo, pues murió en 1479 en condiciones harto misteriosas.
En efecto, la muerte del –entonces- futuro patrón de la ciudad sigue sin aclararse aún hoy. Se cree que San Juan de Sahagún, que pudo sobrevivir a las mareas de hombres armados de San Benito y Santo Tomé, pereció por causa del odio de una sola mujer. Muchas veces había manifestado Juan su piadosa cólera hacia las actitudes exhibicionistas y casquivanas de algunas damas de la ciudad. Objeto de sus iras era, especialmente, la costumbre de llevar escotes generosos. Castigó en sus prédicas a aquellas que los usaban, consiguiendo arrancar a muchas de ellas lágrimas de arrepentimiento y, a otras muchas, insultos y alguna que otra pedrada. En una ocasión retiró la mano cuando una mujer intentó besarla. El santo había leído un oscuro pensamiento de la dama: se disponía a asesinar al hombre que había abandonado a su hija. Aún adivinó más, pues vaticinó la solución del problema y la pronta boda de los muchachos. Y así fue.
Mas fue otra mujer la que acabó con la vida del fraile al que todos amaban: la marquesa Isabel. Solo el nombre conocemos de esta mujer noble, que vivía amores ilícitos con el joven Iñigo, uno de los mozos más apuestos de la ciudad. Sucedió que, en uno de sus exaltados sermones en la iglesia de San Blas, Juan de Sahagún arremetió contra aquellos que andaban amancebados, amenazando sus corazones con las llamas infernales y la negra condenación. Gran mella hizo el discurso en el pobre Iñigo que, presa de terribles remordimientos, resolvió abandonar a la marquesa, su amante, de inmediato. Lo hizo mediante una misiva que explicaba su contrición. La marquesa Isabel resolvió con fría cólera tomar venganza hacia el fraile de Sahagún, que acababa de arrebatarle el más exquisito de sus caprichos. Así obró. Sabido por todos era que fray Juan sufría desarreglos gástricos que le procuraban grandes molestias, y conocido era también su médico. La marquesa Isabel acudió a casa del doctor y le ordenó mezclar un potente veneno entre las medicinas que suministraba a su paciente. El médico, horrorizado, se negó. Días más tarde, el médico fue avisado de una urgencia en un domicilio. Al personarse en el lugar no halló enfermo alguno y sí a tres embozados que lo obligaron, bajo amenazas para él y su familia, a firmar unos documentos. Según ellos, el pobre galeno aceptaba una orden real de traslado a Córdoba, y cedía puesto y pacientes a un tal López. Una vez cerrado el forzoso trato, uno de los secuaces se largó con las cartas y los otros dos “ayudaron” al doctor y su familia a empaquetar sus cosas y les condujeron a su nuevo destino. Por supuesto el tal López no demoró su tarea y preparó a fray Juan una infusión ponzoñosa. No acabó el fraile de tomarla, cuando se sintió fallecer. Poco después moría. De inmediato, comenzó a llover torrencialmente como, por cierto, él había pronosticado para el día de su muerte. Era once de junio de 1479.La marquesa Isabel prepara el crimen
El cadáver de fray Juan de Sahagún, mortificado por sus piadosas privaciones, su escasa salud y los efectos del veneno, fue objeto de una auténtica oleada de devoción. Durante el velatorio hubo que proteger el cuerpo con una verja para evitar ciertos excesos de sus admiradores. Fue sepultado en el convento del que había sido prior. De inmediato, comienza a producirse en torno a su sarcófago un auténtico rosario de milagros, penitencias y conversiones. Pero a los frailes agustinos les surge una duda. ¿Es realmente fray Juan el autor de los milagros? Es difícil averiguarlo, pues junto a la tumba de Juan se hallan las de otros santos hijos de la congregación. Así, los monjes toman una curiosa decisión: trasladarán los restos del fraile a otro lugar más apartado de la beatífica influencia de sus hermanos. Los milagros se repiten; era él.
Ciento veintidós años después, fray Juan de Sahagún conversa su fama y es beatificado por el Papa Clemente VIII. Pasarán otros noventa años hasta que, en 1691, es canonizado por Inocencio XII. Por fin, en agosto de 1868, es elevado a patrón de la ciudad de Salamanca.
Ya se ha hablado de la marquesa Isabel, y ahora se hablará de María de Monroy, otra mujer hija del turbio siglo XV que no dudó en vengarse de sus enemigos, aunque por medios mucho más feroces que la asesina de San Juan. Era María de Monroy viuda de Enrique Enríquez, señor de Villalba de los Llanos, vecina de Salamanca y, por más señas, del bando de Santo Tomé. Ya su difunto marido había tenido pleitos por apropiarse de forma ilícita de ciertos terrenos del campo de Muñodono, cerca de la ciudad. Y más pleitos debía tener la familia, puesto que Enrique Enríquez había sido corregidor de la villa en esos tiempos revueltos. Como ejemplo de ellos se sabe que, en 1466, un ballestero de Enrique IV debía tanto dinero a la viuda doña María que tuvo que vender su término de Calzada de Valdunciel para poder pagar. En las fechas de las que hablaremos, rondaría la de Monroy los cincuenta años. Había parido tres hijos: Alonso –que murió joven-, Pedro y Luis. Podemos imaginarla como un ama castellana enjuta y enlutada, tal vez de rancio carácter, aún vigorosa. Podríamos ponerle un moño de pelo gris.
Sucedió que, un funesto día, su hijo Luis, que no alcanzaba la veintena, se encontraba jugando a la pelota con Gómez y Alonso Manzano, hijos del bando de San Benito. No podía acabar bien la diversión entre mozos de bandos rivales y pronto se armó una disputa. Los Manzano, con ayuda de algunos de sus criados, rodearon a Luis Enríquez y le dieron muerte. Llenos de temor hacia Pedro, el hermano de su víctima, se ocultaron en una calleja para emboscarle. El mayor de los Enríquez cayó en la trampa y, sin tener tiempo siquiera de desenvainar, fue herido con un chuzo y rematado en el suelo. Después, Gómez y Alonso Manzano tomaron sus monturas y huyeron de la ciudad.
Cuando María de Monroy recibió la noticia no vertió una sola lágrima, ni se lamentó, ni reclamó los cuerpos sin vida de sus hijos. Dijo a sus parientes que hicieran con los cadáveres lo que les viniera en gana. Más tarde, ordenó preparar equipaje para retirarse a llorar a su señorío de Villalba de los Llanos, lejos de la ciudad que era fuente de su dolor. Mandó a veinte de sus criados que la acompañaran, alegando que temía recibir el mismo fin que sus hijos. Sale la comitiva de la ciudad y, no bien la pierden de vista, María se vuelve a sus criados y con gran fiereza les exhorta a la venganza y declara sus verdaderas intenciones: ni ella ni ninguno de los veinte descansarán hasta dar caza a los asesinos.
Algunos de sus sirvientes más avispados actúan como espías, indagando sobre el paradero de Gómez y Alonso Manzano. Un mes dura la búsqueda, pero por fin dan con ellos en una posada de Viseu. Algunos hombres de María vigilan las salidas de la fonda, mientras otros derriban las puertas con una gran viga. Después entran en tropel. Los Manzano aún están adormilados cuando los asaltantes irrumpen en sus habitaciones. La de Monroy, rodeada de sus gentes, ordena ejecutar y decapitar a Gómez y a Alonso. Después recoge sus cabezas “con la mano siniestra, para no manchar la diestra” y desaparece en la noche con sus secuaces.
En solo un día y medio regresa a Salamanca y, con macabra teatralidad, entra en la ciudad con las cabezas de los dos mozos ensartadas en sendas picas. Después las deposita sobre la tumba de sus hijos, aunque puede que antes las exhibiera como trofeo en la fachada de su palacio, colgadas de dos grandes clavos. Las gentes, a partir de entonces, la conocerán con el mote que ha perdurado hasta hoy: María “la Brava”.María de Monroy y su funesto trofeo
Por supuesto, la venganza de “la Brava” produjo una respuesta de sus enemigos, y no fue más que un eslabón –por insólito más conocido- de la larga cadena de atrocidades cometidas en la contienda que tiñó de sangre durante siglo y medio la ciudad. San Juan de Sahagún –o Hércules, o Helman el vacceo- nos libre de los desaires de la guerra, que son crueles, estériles y ciegos a la hora de golpear.
No hay comentarios:
Publicar un comentario