Hacia el 323 a. C. murió Alejandro Magno y sus generales se disputaron su grandioso imperio. Al final, el reino se dividió en tres partes y dio comienzo la época helenística, un período de dominación griega en el mundo entero. Una de esas tres partes fue reclamada por un macedonio de amplias miras: Ptolomeo, que se nombró a sí mismo rey de Egipto en el 304 a. C., fundó la dinastía tolemaica y fijó su capital en Alejandría.
Los tolomeos eran intelectuales. Ptolomeo I fue historiador; Ptolomeo II, zoólogo; Ptolomeo III, mecenas de la literatura; Ptolomeo IV, dramaturgo. Cada uno de ellos escogió a destacados estudiosos y científicos como maestros de sus hijos y alentó a los sabios para que fueran a Alejandría.
Ptolomeo I fundó el Museo, un lugar donde los eruditos podían reunirse y compartir sus conocimientos. Con objeto de serles de ayuda, también creó la Biblioteca. En la época de Ptolomeo III, en el 246 a. C., existían dos ubicaciones: la biblioteca principal, cerca del palacio real, y otra más pequeña, situada en el santuario del dios Serapis, conocida como el Serapeo.
Los tolomeos eran ávidos coleccionistas de libros que enviaban legados a recorrer el mundo conocido. Ptolomeo II compró la biblioteca de Aristóteles, y Ptolomeo III ordenó registrar todas las naves que llegaran al puerto de Alejandría: si se encontraba algún libro se copiaba, se entregaba la copia al propietario y el original pasaba a engrosar la Biblioteca. Los géneros iban desde la poesía o la historia a la retórica, la filosofía, la religión, la medicina, la ciencia y las leyes. El Serapeo llegó a albergar unos 43.000 rollos, que se encontraban a disposición de todo el mundo, y el Museo otros 500.000, restringidos estos a los estudiosos.
¿Qué fue de todo aquello?
Según una versión, ardió cuando Julio César luchó contra Ptolomeo XIII en el 48 a. C. César ordenó incendiar la flota real, pero el fuego se extendió por la ciudad y redujo a cenizas la Biblioteca.
Otra versión culpaba a los cristianos, que supuestamente arrasaron la Biblioteca principal en el 272 d. C. y el Serapeo en el 391, cuando decidieron librar a la ciudad de influencias paganas.
Una tercera explicación atribuía a los árabes la destrucción de la Biblioteca después de conquistar Alejandría en el 642. Cuando se le preguntó al califa Omar qué hacer con los libros del tesoro imperial, se dice que contestó: “Si los libros están de acuerdo con el Libro de Alá son innecesarios; si contradicen las enseñanzas del Profeta son perversos. Destruidlos”. De manera que, durante seis meses, los rollos podrían haber alimentado las calderas de los baños públicos de Alejandría.
Realmente nadie sabe cuándo desapareció la Biblioteca de Alejandría. No cabe duda de que, cuando Egipto se enfrentó a un creciente descontento y a agresiones extranjeras, la Biblioteca fue víctima de la violencia popular y la ocupación militar, y dejó de disfrutar de privilegios especiales.
La leyenda insinúa que un grupo de entusiastas había logrado sacar rollo tras rollo, copiando unos y sustrayendo otros, para conservar esos conocimientos.
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